
DESTRIPO TODA LA PELÍCULA.
Más que una crítica, esto es una pequeña reflexión. Está bien; reconozco que una crítica, en primera instancia, no es más que una reflexión del propio crítico hacia aquello que es susceptible de ser criticado (estoy siendo redundante a conciencia). Pero esta no va a ser una crítica al uso como las que suelo postear aquí. No va a haber puntuación final, por ejemplo.
Simplemente, posteo esto porque me apetece ser de las pocas voces contrarias que no ven ni de lejos a la última producción patria como la obra maestra que los críticos unánimemente han visto. Es que, señoras y señores, no lo entiendo. No entiendo cómo una propuesta tan vacía y fría ha conseguido encandilar a tantos profesionales.
¿Maniobra de márketing engañosa, producto difícil de digerir, muestra de profesionalidad poco vista en el cine patrio, propuesta diferente? ¿Cómo califico a No habrá paz para los malvados? ¿Es que no cumplió mis expectativas? ¿Es que en el fondo esperaba una cinta de acción y me encontré con un drama pausado y muy detallista? ¿Es eso, que no seguí el juego, absorbido como estoy por mi aficción a la casquería y al artificio barato? ¿O es que nos han dado gato por liebre a miles de espectadores que nos esperábamos ese drama? ¿O es que, sencillamente, esperaba una cinta de tensión, tuviese o no acción, y que me mantuviese clavado al asiento y, lo más importante, interesado hacia lo que veía en la pantalla, y no me encontré nada de eso? ¿Y por qué la palabra "estafa" no aparece, ni aparecerá, en esta crítica? ¿Qué demonios tendrá esta película para haberme provocado unas sensaciones tan encontradas? ¿Cómo, pregunto de nuevo, califico a No habrá paz para los malvados?
Vamos a ver, señores. Seamos claros, directos y sinceros desde un principio: la película es aburrida.
Y no porque no tenga acción, o porque sea lenta, o porque no haya apenas diálogos. No me voy a ir a esas excusas. No habrá paz para los malvados tiene un problema muchísimo mayor que la simple falta de tiros, persecuciones y palabras. Simplemente, que es una película que no interesa. Ni lo más mínimo.
Comienza bien. Demonios; comienza genial. Un prólogo pausado, contenido, realista, que va cargándose de tensión poco a poco, hasta que explota de forma visceral y contundente. Y, así, en todo el prólogo ya nos han presentado un contexto palpable, sucio y opresor como es la noche de los bajos fondos de Madrid (y gusta ver un entorno tan familiar pero reconvertido en algo oscuro que apenas conocemos pero sentimos terriblemente cercano), un personaje enormemente carismático con muy pocas palabras y muchos gestos (borracho, inconsciente, impulsivo, violento, desesperado, que abusa de su autoridad) y el conflicto sobre el que se moverá toda la película (el testigo fugado).
Pero ahí se queda la calidad de la película: en un prólogo sublime, con un ritmo perfecto in crescendo y que coloca con verdadero talento las piezas que construyen la base del nudo; en la actuación de Coronado, que no necesita diálogos para imponer y plasmar su carisma (aunque no hubiesen estado de más); y en la conseguida atmósfera, tan cercana (es Madrid...) y lejana a la vez (... pero no lo reconocemos en esta vertiente tan sórdida y perfectamente posible).
Se nos vende la película como una carrera contrarreloj: Santos Trinidad (interpretado por Coronado) deberá encontrar al único testigo de su triple asesinato y eliminarlo, antes de que una jueza logre atraparle; al mismo tiempo, se descubrirá una trama oculta relacionada con un atentado fundamentalista islámico. A priori, la premisa es impagable, y da para dos horas clavados al asiento. Craso error: no hay tensión, no hay emoción, no hay un desarrollo que enganche. En primer lugar, porque la trama de la investigación policial interesa menos que nada. No solo porque Helena Miquel en el papel de jueza esté pésima, forzada y para nada creíble (y leo alabanzas de todos los medios hacia ella, y tampoco las entiendo). El principal problema es que Urbizu, director y guionista, no llega a plasmar el espíritu trepidante de semejante carrera contrarreloj: la jueza SIEMPRE va un paso por detrás de Trinidad, llega a conclusiones y averigua pistas que nosotros ya conocemos, y su peso en la trama es mínimo ya que nunca llega a ser una amenaza creíble.
Y, luego, tenemos a Santos Trinidad. Y aunque sea un personaje carismático y Coronado se coma la pantalla cada vez que sale, también falla. Y mucho. Porque hay dos posibles salidas en esta película: o Santos Trinidad se redime finalmente, o acaba condenado por su terrible crimen. Es un antihéroe, y como tal se tambalea entre el bien y el mal. Contra eso no tengo ninguna pega. Pero Urbizu se muestra demasiado ambiguo: Trinidad, sencillamente, es un policía cabrón, una bala perdida, un buen hombre corrompido y que ha tocado fondo. No merece nuestra compasión. Urbizu ha podido aprovechar para que la trama policial le pusiese contra las cuerdas, y fuésemos testigos de la desesperación de un policía arruinado que ya no tiene nada que perder, pero que piensa cumplir con su obsesiva venganza contra el testigo. Y ahí, señores, sí tendríamos un detonante de tensión e interés hacia la historia.
Pero No habrá paz para los malvados es muy torpe en ese sentido. Lo único que tenemos durante dos horas de metraje es puro desarrollo de la historia, y nada más. Las bases están sentadas, se desarrolla la compleja historia (todo hay que decirlo, y en hilar tan enrevesada historia Urbizu muestra mucho talento y, ante todo, conocimiento de lo que está contando) y esperamos a que, simplemente, ocurra algo. Pero solo obtenemos dos horas de Trinidad investigando, hablando, entrando en escenarios distintos, sigue de un lado para otro, sigue interrogando, sigue visitando nuevos escenarios; y la jueza y los policías, imitando cada maldito paso de Trinidad, sin que ocurra nada más, sin que de verdad sintamos el peligro de que se están acercando cada vez más a la verdad. Y, si Trinidad no está en la cuerda floja, nosotros como espectadores no nos vemos agobiados, ya sea porque queremos que escape de la justicia para redimirse o que sea atrapado para que se le condene. Dicho mal y pronto, Trinidad es un aburrido, y la jueza una inútil. Así, la película no es más que monótono y nada interesante nudo, en el que no hay ni giros, ni clímax, ni puntos de inflexión, ni situaciones límite.
Si el espectador se acostumbra a que la policía va a ir siempre por detrás de Trinidad, entonces esa sub-trama deja de interesarle. Y si encima nos damos cuenta de que la amenaza de la justicia sobre Trinidad no será palpable en toda la película porque avanza el metraje y la policía sigue lejos de él, y que este policía corrupto y asesino seguirá impune al menos mientras dure la película, entonces la tensión argumental en general se viene abajo. Luego, como una especie de broma pesada, en los últimos momentos sí que hay emoción: pero ya nos da igual que hayan pillado a Trinidad, que este cumpla su sangriento objetivo y que por fin haya alguna escena más movida, porque la película ya ha acabado y todo lo que debió aparecer hace una hora se concentra en diez minutos.
¿Y la sub-trama del atentado islamista? Pues Urbizu toca la tecla correcta, porque sabe que, aunque sea inverosímil, producirá incomodidad en el espectador español, que está envuelto en el horror del terrorismo y que sufrió la barbarie del 11-M. Lo que yo me pregunto es: ¿y de qué sirve a la historia? En serio, ¿es que nadie ve que no es más que un pegote que podría haber sido sustituido por cualquier otro atentado? ¿Habría alguna diferencia si en lugar de islámicos hubiesen sido etarras? ¿O anti-sistemas contra la cumbre del G20 que tanto mencionan pero tampoco sirve para nada? ¿Y hubiese mejorado la historia si Urbizu hubiese desechado una trama tan inútil y se hubiese centrado en los narcotraficantes colombianos, lo que hubiese dado muchísimo más juego puesto que la película comienza con ellos?
Al final, irónicamente, Trinidad acaba con la posibilidad del atentado por puro azar, sin haberlo descubierto siquiera, en medio de su acción última de venganza y ocultación de pruebas, cuando ya no tiene nada que perder porque ya ha sido descubierto. En los últimos minutos de película. Un final, como digo, irónico; que el personaje principal acabe redimido porque impide fortuitamente con una matanza que ni siquiera conocía. Pero, ¿de verdad hacía falta? ¿A un personaje tan moralmente discutible como Trinidad pero al que no llegas a odiar porque no provoca empatía alguna en el espectador? Si no le hemos visto con el agua al cuello en toda la película como consecuencia de su crimen, ¿de verdad nos importa que Urbizu lo redima o lo condene? Trinidad no descubre el atentado, por lo que no es un héroe consciente; tampoco es un héroe inconsciente, porque solo actuaba obsesionado con callar una boca que, paradójicamente, no le iba a delatar. Urbizu no puede ni condenarle ni santificarle. Tal vez quería jugar con la ambigüedad y con cierto pesimismo casi nihilista, porque en el fondo da igual qué acabe siendo de Trinidad: el antihéroe que se convierte en salvador involuntario. Pero, sencillamente, después de dos horas insustanciales, me da igual.
No sé qué habrá querido ofrecer Urbizu: si era una película de cine negro pausada y que acumulase emoción in crescendo, falla; si era una cinta de tensión e investigaciones a contrarreloj, falla; si era una denuncia al burocratizado sistema policial y jurídico español, falla. Al final, No habrá paz para los malvados no es más que un conjunto de sorpresillas aisladas en un mar de indiferencia y aburrimiento.
Y, además, terriblemente sobrevalorado.