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La Coctelera

Categoría: Cine

LAS AVENTURAS DE TINTÍN: EL SECRETO DEL UNICORNIO

Para mí, Tintín es uno de los cómics de mi infancia (y con infancia me refiero a los 6-8 años). Aquellos tebeos que leía como simples historias de aventuras (pero qué pedazo de historias) luego demostraron tener un trasfondo político-social tan profundo que no lo he ido descubriendo hasta hace muy poco; y aún me queda. Pero Tintín no es de mis favoritos por eso (lo que no quita que ese trasfondo político me parezca la principal razón de que sea un tebeo clave para la historia del cómic europeo y, me atrevo a decirlo, mundial); lo es porque sus aventuras me calaron muy hondo: historias exóticas y atractivas, personajes carismáticos, muchísimo humor... Tintín lo tenía todo. Y llevo esperando la prometida adaptación de Spielberg desde hace años, cuando se anunciaba para el 2006 y se fue retrasando año tras año hasta que, bajo la producción de Peter Jackson (en una de esas uniones cinematográficas explosivas) y tras problemas de financiación varios, ha llegado a nuestras pantallas. Y han tirado la casa por la ventana; no solo por el riesgo que supone el estreno en EEUU (que apenas conoce a Tintín), sino por los medios utilizados, siguiendo las últimas tecnologías. Solo por eso queda claro que Spielberg se ha dedicado con pasión, cariño y, sobre todo, muchísima confianza en este proyecto. Las aventuras de Tintín por fin están aquí, y a lo grande.

A priori, la animación por captura de movimientos elegida por Spielberg y Jackson me causaba rechazo. Es una tecnología que no ha llegado a despegar a pesar del esfuerzo de algunos, en especial Robert Zemeckis: aunque presenta muchas múltiples posibilidades, la captura de movimientos parecía destinada al olvido. Y no es para menos: centrándonos en Zemeckis (y aun sin haber visto Beowulf), Polar Express y Cuento de Navidad podían ser películas de encomiable acabado técnico, pero argumentalmente dejaban mucho (o muchísimo) que desear, y Zemeckis se obsesionaba demasiado con el efectismo barato y sin sentido para justificar los efectos en 3D; aparte, era una tecnología aún por depurar, que no acababa de pasar del límite de "monigotes inexpresivos y grimosos". No es de extrañar que sus múltiples propuestas, todas anunciadas como revolucionarias, se hayan saldado con sonoros fracasos en taquilla: el gigantesco batacazo de Marte necesita madres ha terminado por enterrar el sueño de Zemeckis; pues bien, ahora Zemeckis debe de estar tirándose de los pelos, preguntándose qué hizo mal.

Esas primeras impresiones mías no son nada buenas. Esta película no tiene nada que ver con los experimentos de Zemeckis. La diferencia está en que, en esta ocasión, detrás de esta tecnología ya dada por perdida se sitúa un profesional como Spielberg con el apoyo de una de las mejores y más innovadoras empresas de efectos especiales del momento: WETA. Detrás de Tintín han trabajado manos maestras a años luz de Zemeckis. Y se nota: el salto cualitativo es enorme.

Por fin, señores, podemos decir que la técnica evoluciona por buen camino. Los monigotes digitales aún siguen dando algo de grima, lo reconozco (en especial determinadas sonrisas de Tintín), y les falta un ligero pulido a la hora de transmitir sentimientos. Pero son minucias. Porque Spielberg viene a demostrar que no eligió rodar la película como animación por azar, sino porque es perfecta para la película: permite que todo sea posible, y, lo más importante, por eso mismo nos lo creemos (no como ocurría en las cintas de Astérix, donde los efectos resultaban demasiado paródicos junto a actores de carne y hueso); pero, al mismo tiempo, la tecnología de captura nos hace esa animación mucho más cercana porque otorga a los personajes un increíble acabado realista sin alejarse nunca que son caricaturas. Así, los de WETA se superan una vez más en este complicado reto: visualmente, Las aventuras de Tintín es una sorpresa detrás de otra; no solo porque por primera vez me crea a estos monigotes, sino también porque el realismo logrado en las texturas de los paisajes es sobrecogedor. ¡Y estamos hablando de una película que nunca pierde su faceta de cinta animada!

Así, marcando un hito al moverse con estilo sobre la temible cuerda floja entre la animación 3D (que ha evolucionado hasta lo más alto en la última década) y el cine de imagen real, Spielberg ha podido hacer lo que le ha venido en gana. Utiliza la tecnología y no al revés (ESA es la diferencia clave con Zemeckis): no es este un recital de efectos digitales maravillosos sin trasfondo alguno, sino que toda esa capacidad técnica le ha venido genial para conseguir una espectacularidad que no hubiese sido alcanzar de otro modo, y que supone un "plus" impagable a la fuerza implícita de esta historia de aventuras, y para filmar unos planos imposibles con total libertad de movimiento de cámara. Está desatado, y firma todo tipo de virguerías: solo degustad el flashback del relato del caballero de Hadoque o el colosal plano secuencia de Marruecos para daros cuenta de que Spielberg tiene auténtico cine corriendo por sus venas y que sabe mejor que ninguno cómo planificar el espectáculo de una escena regalándonos imágenes poderosísimas (la entrada del Unicornio en el desierto es mi favorita) y utilizando con sumo talento recursos narrativos (las transiciones entre el relato y la realidad, por ejemplo), dotando a toda la película de un ritmo perfecto. Todos las "manías" de Spielberg están aquí, y hacen de esta película una de las más reconocibles de su filmografía. No os extrañe, por tanto, recordar a Indiana Jones en más de una ocasión (sobre todo, cuando Tintín y Haddock llegar a Baggar). La acción puede ser exagerada, sí, pero sin salir ni del clasicismo propio de las historias originales de Tintín ni de su carácter caricaturesco como cómic que es.

Y os doy una buena noticia: es fiel al cómic. Logra unir con maestría las tramas de los tres cómics que han servido de principal inspiración (El secreto del Unicornio mayormente, elementos de El cangrejo de las pinzas de oro para presentar a Haddock y detalles de El tesoro de Rackham el Rojo) con los homenajes de rigor sin dejarse fagocitar por ellos (los créditos, el cameo de Hergé, los recortes de periódico en casa de Tintín y otros guiños sueltos). Y, lo más importante, respeta el espíritu de la obra de Hergé: su ingenuidad, su gusto por la aventura imposible, su detallismo (característica del dibujo de Hergé que encuentra su equivalente perfecto en Spielberg), sus paisajes exóticos, su plantel coral de personajes carismáticos... Tintín es el personaje moralista y cargante que también es en los cómics; es bueno al 100%, pero si hubiesen cambiado ese aspecto en la adaptación ya no tendríamos a Tintín en pantalla. Haddock es un divertidísimo y gamberro borracho, el eje carismático y argumental de la cinta. Hernández y Fernández funcionan como contrapunto cómico. Y Shakarine, villano nuevo pero resultado de la mezcla de varios personajes del cómic, es un buen antagonista, encontrando un equilibrio entre maldad y elegancia. No es momento para sacar de la chistera todo el mensaje de denuncia política que fue marca de Hergé durante muchos álbumes de la saga: si han escogido la historia del Unicornio es porque es la más "inofensiva" de todos los cómics, la que no tiene ninguna carga política y sí muchas dosis de aventura clásica: la aventura viene implícita, la acción ya la pone Spielberg.

Esta adaptación funciona porque se apoya en un guión hecho para el disfrute continuo: cada detalle funciona dentro del total de la película, y explica cada punto clave sin dejar nada al azar. La película comienza sin rodeos: presenta las situaciones y los personajes en unos pocos minutos y pasa a la acción enseguida pero de forma progresiva: de hecho, la película no despega definitivamente hasta que Haddock no aparece en escena y sus chistes y los gestos de un Andy Serkis completamente entregado a la caracterización digital de su personaje devoran por completo nuestra atención (y alivia lo encrespante que empezaba a ser Tintín). Y ahí, sin más, comienza el gran espectáculo, sin un momento de descanso. Estamos ante una película (comercial, al fin y al cabo), y este es un medio muy distinto al cómic: Spielberg y su equipo han tomado conciencia de ello y, por tanto, han realizado una de las mejores adaptaciones que recuerdo: el espíritu se mantiene pero se prepara con un llamativo envoltorio de entretenimiento típico de acción. Spielberg bebe del cómic pero no se deja dominar por él (impagable ese giro "realista" a los "pájaros en la cabeza"), y la película es rocambolesca e imposible cuando debe serlo porque se mueve en un universo rocambolesco e imposible, pero no se deja llevar por ello hasta la parodia. Las aventuras de Tintín está conducida con seriedad y con un gusto exquisito.

¿Puntos flacos? El final. Aunque fiel al cómic y coherente con el desarrollo de la película (es un enfrentamiento final y el esperado descubrimiento del tesoro), supone un bajón tras la brutal inyección de adrenalina de todo el nudo de la película (aproximadamente, desde la aparición de Haddock hasta el fin de toda la parte de Marruecos). Aparte, porque aquí a la película solo le queda una trama de venganza a través de los siglos que para mi gusto es la más floja del guión: no es necesaria; simplemente sirve de excusa para un enfrentamiento final cara a cara, pero una excusa es muy pobre cuando dicho enfrentamiento podría haberse producido sin ella. Y eso es un defecto importante en un guión calculado con tanto cuidado. La acción incluso se pasa de exagerada (esa pelea entre grúas, por favor). Y el desenlace, aunque fiel al cómic, deja un regusto soso. Igualmente, no nos libramos de algo de moralina marca de la casa (ese discursillo de Haddock a Tintín sobre el fracaso). Y me hubiese gustado que la efectiva banda sonora de Williams me hubiese dado un tema propio para Tintín que hubiese silbado alegremente al salir del cine: el maestro últimamente cumple, pero perdiéndose poco a poco.

Aun así, he de decir que he disfrutado mucho de Tintín, que no me la he podido quitar de la cabeza en estos días y que a medida que la recordaba lo hacía con una sonrisa cada vez más grande, valorándola aún más. Spielberg sí que ha realizado una auténtica revolución que, si me apuráis, quedará como referente de aquí a unos años: no perderá su calidad al mismo tiempo que su técnica envejecerá. Las expectativas se han visto cumplidas: el regreso de Spielberg a la aventura de verdad se ha saldado con una estupenda película que demuestra que el genio sigue vivo y en plena forma (y, por tanto, que Indiana Jones IV fue culpa de George Lucas; el Spielberg de Tintín tiene toda la energía que no mostró en el último Indy). Y, sinceramente, me han abierto el apetito de una segunda parte que puede ser aún mejor. Yo voto por El tesoro de Rackham el Rojo (¡y la aparición de Tornasol, al que eché de menos!), con elementos del binomio Las 7 bolas de cristal y El templo del Sol y, si me apuráis, introduciendo, aunque sea levemente, a Alcázar y Tapioca. ¿Demasiada ambición? Tal vez. Pero la ley de la "escalada" solo permite ir más arriba, y con esta pedazo de primera parte la que viene tendrá que ser casi colosal. Bueno. Yo ya deposité mi confianza con esta, y la prestaré de nuevo gustoso para la siguiente.

Las aventuras de Tintín por fin están aquí, y a lo grande.

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NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS

DESTRIPO TODA LA PELÍCULA.

Más que una crítica, esto es una pequeña reflexión. Está bien; reconozco que una crítica, en primera instancia, no es más que una reflexión del propio crítico hacia aquello que es susceptible de ser criticado (estoy siendo redundante a conciencia). Pero esta no va a ser una crítica al uso como las que suelo postear aquí. No va a haber puntuación final, por ejemplo.

Simplemente, posteo esto porque me apetece ser de las pocas voces contrarias que no ven ni de lejos a la última producción patria como la obra maestra que los críticos unánimemente han visto. Es que, señoras y señores, no lo entiendo. No entiendo cómo una propuesta tan vacía y fría ha conseguido encandilar a tantos profesionales.

¿Maniobra de márketing engañosa, producto difícil de digerir, muestra de profesionalidad poco vista en el cine patrio, propuesta diferente? ¿Cómo califico a No habrá paz para los malvados? ¿Es que no cumplió mis expectativas? ¿Es que en el fondo esperaba una cinta de acción y me encontré con un drama pausado y muy detallista? ¿Es eso, que no seguí el juego, absorbido como estoy por mi aficción a la casquería y al artificio barato? ¿O es que nos han dado gato por liebre a miles de espectadores que nos esperábamos ese drama? ¿O es que, sencillamente, esperaba una cinta de tensión, tuviese o no acción, y que me mantuviese clavado al asiento y, lo más importante, interesado hacia lo que veía en la pantalla, y no me encontré nada de eso? ¿Y por qué la palabra "estafa" no aparece, ni aparecerá, en esta crítica? ¿Qué demonios tendrá esta película para haberme provocado unas sensaciones tan encontradas? ¿Cómo, pregunto de nuevo, califico a No habrá paz para los malvados?

Vamos a ver, señores. Seamos claros, directos y sinceros desde un principio: la película es aburrida.

Y no porque no tenga acción, o porque sea lenta, o porque no haya apenas diálogos. No me voy a ir a esas excusas. No habrá paz para los malvados tiene un problema muchísimo mayor que la simple falta de tiros, persecuciones y palabras. Simplemente, que es una película que no interesa. Ni lo más mínimo.

Comienza bien. Demonios; comienza genial. Un prólogo pausado, contenido, realista, que va cargándose de tensión poco a poco, hasta que explota de forma visceral y contundente. Y, así, en todo el prólogo ya nos han presentado un contexto palpable, sucio y opresor como es la noche de los bajos fondos de Madrid (y gusta ver un entorno tan familiar pero reconvertido en algo oscuro que apenas conocemos pero sentimos terriblemente cercano), un personaje enormemente carismático con muy pocas palabras y muchos gestos (borracho, inconsciente, impulsivo, violento, desesperado, que abusa de su autoridad) y el conflicto sobre el que se moverá toda la película (el testigo fugado).

Pero ahí se queda la calidad de la película: en un prólogo sublime, con un ritmo perfecto in crescendo y que coloca con verdadero talento las piezas que construyen la base del nudo; en la actuación de Coronado, que no necesita diálogos para imponer y plasmar su carisma (aunque no hubiesen estado de más); y en la conseguida atmósfera, tan cercana (es Madrid...) y lejana a la vez (... pero no lo reconocemos en esta vertiente tan sórdida y perfectamente posible).

Se nos vende la película como una carrera contrarreloj: Santos Trinidad (interpretado por Coronado) deberá encontrar al único testigo de su triple asesinato y eliminarlo, antes de que una jueza logre atraparle; al mismo tiempo, se descubrirá una trama oculta relacionada con un atentado fundamentalista islámico. A priori, la premisa es impagable, y da para dos horas clavados al asiento. Craso error: no hay tensión, no hay emoción, no hay un desarrollo que enganche. En primer lugar, porque la trama de la investigación policial interesa menos que nada. No solo porque Helena Miquel en el papel de jueza esté pésima, forzada y para nada creíble (y leo alabanzas de todos los medios hacia ella, y tampoco las entiendo). El principal problema es que Urbizu, director y guionista, no llega a plasmar el espíritu trepidante de semejante carrera contrarreloj: la jueza SIEMPRE va un paso por detrás de Trinidad, llega a conclusiones y averigua pistas que nosotros ya conocemos, y su peso en la trama es mínimo ya que nunca llega a ser una amenaza creíble.

Y, luego, tenemos a Santos Trinidad. Y aunque sea un personaje carismático y Coronado se coma la pantalla cada vez que sale, también falla. Y mucho. Porque hay dos posibles salidas en esta película: o Santos Trinidad se redime finalmente, o acaba condenado por su terrible crimen. Es un antihéroe, y como tal se tambalea entre el bien y el mal. Contra eso no tengo ninguna pega. Pero Urbizu se muestra demasiado ambiguo: Trinidad, sencillamente, es un policía cabrón, una bala perdida, un buen hombre corrompido y que ha tocado fondo. No merece nuestra compasión. Urbizu ha podido aprovechar para que la trama policial le pusiese contra las cuerdas, y fuésemos testigos de la desesperación de un policía arruinado que ya no tiene nada que perder, pero que piensa cumplir con su obsesiva venganza contra el testigo. Y ahí, señores, sí tendríamos un detonante de tensión e interés hacia la historia.

Pero No habrá paz para los malvados es muy torpe en ese sentido. Lo único que tenemos durante dos horas de metraje es puro desarrollo de la historia, y nada más. Las bases están sentadas, se desarrolla la compleja historia (todo hay que decirlo, y en hilar tan enrevesada historia Urbizu muestra mucho talento y, ante todo, conocimiento de lo que está contando) y esperamos a que, simplemente, ocurra algo. Pero solo obtenemos dos horas de Trinidad investigando, hablando, entrando en escenarios distintos, sigue de un lado para otro, sigue interrogando, sigue visitando nuevos escenarios; y la jueza y los policías, imitando cada maldito paso de Trinidad, sin que ocurra nada más, sin que de verdad sintamos el peligro de que se están acercando cada vez más a la verdad. Y, si Trinidad no está en la cuerda floja, nosotros como espectadores no nos vemos agobiados, ya sea porque queremos que escape de la justicia para redimirse o que sea atrapado para que se le condene. Dicho mal y pronto, Trinidad es un aburrido, y la jueza una inútil. Así, la película no es más que monótono y nada interesante nudo, en el que no hay ni giros, ni clímax, ni puntos de inflexión, ni situaciones límite.

Si el espectador se acostumbra a que la policía va a ir siempre por detrás de Trinidad, entonces esa sub-trama deja de interesarle. Y si encima nos damos cuenta de que la amenaza de la justicia sobre Trinidad no será palpable en toda la película porque avanza el metraje y la policía sigue lejos de él, y que este policía corrupto y asesino seguirá impune al menos mientras dure la película, entonces la tensión argumental en general se viene abajo. Luego, como una especie de broma pesada, en los últimos momentos sí que hay emoción: pero ya nos da igual que hayan pillado a Trinidad, que este cumpla su sangriento objetivo y que por fin haya alguna escena más movida, porque la película ya ha acabado y todo lo que debió aparecer hace una hora se concentra en diez minutos.

¿Y la sub-trama del atentado islamista? Pues Urbizu toca la tecla correcta, porque sabe que, aunque sea inverosímil, producirá incomodidad en el espectador español, que está envuelto en el horror del terrorismo y que sufrió la barbarie del 11-M. Lo que yo me pregunto es: ¿y de qué sirve a la historia? En serio, ¿es que nadie ve que no es más que un pegote que podría haber sido sustituido por cualquier otro atentado? ¿Habría alguna diferencia si en lugar de islámicos hubiesen sido etarras? ¿O anti-sistemas contra la cumbre del G20 que tanto mencionan pero tampoco sirve para nada? ¿Y hubiese mejorado la historia si Urbizu hubiese desechado una trama tan inútil y se hubiese centrado en los narcotraficantes colombianos, lo que hubiese dado muchísimo más juego puesto que la película comienza con ellos?

Al final, irónicamente, Trinidad acaba con la posibilidad del atentado por puro azar, sin haberlo descubierto siquiera, en medio de su acción última de venganza y ocultación de pruebas, cuando ya no tiene nada que perder porque ya ha sido descubierto. En los últimos minutos de película. Un final, como digo, irónico; que el personaje principal acabe redimido porque impide fortuitamente con una matanza que ni siquiera conocía. Pero, ¿de verdad hacía falta? ¿A un personaje tan moralmente discutible como Trinidad pero al que no llegas a odiar porque no provoca empatía alguna en el espectador? Si no le hemos visto con el agua al cuello en toda la película como consecuencia de su crimen, ¿de verdad nos importa que Urbizu lo redima o lo condene? Trinidad no descubre el atentado, por lo que no es un héroe consciente; tampoco es un héroe inconsciente, porque solo actuaba obsesionado con callar una boca que, paradójicamente, no le iba a delatar. Urbizu no puede ni condenarle ni santificarle. Tal vez quería jugar con la ambigüedad y con cierto pesimismo casi nihilista, porque en el fondo da igual qué acabe siendo de Trinidad: el antihéroe que se convierte en salvador involuntario. Pero, sencillamente, después de dos horas insustanciales, me da igual.

No sé qué habrá querido ofrecer Urbizu: si era una película de cine negro pausada y que acumulase emoción in crescendo, falla; si era una cinta de tensión e investigaciones a contrarreloj, falla; si era una denuncia al burocratizado sistema policial y jurídico español, falla. Al final, No habrá paz para los malvados no es más que un conjunto de sorpresillas aisladas en un mar de indiferencia y aburrimiento.

Y, además, terriblemente sobrevalorado.

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LOS INMORTALES

¡Soy el único! ¡Soy el dios de la Venida del Reino! ¡DAME EL PREMIO!

Lo malo de la etiqueta "película de culto" es que en ella se agrupa fauna cinematográfica de toda clase: ahí entran películas incomprendidas que han necesitado de mucho tiempo para ser aceptadas, películas que a pesar de que envejecen terriblemente mal siguen estando bien consideradas por la nostalgia de unos cuantos, y películas cutres de Serie B (o menor categoría) que ya sea por su carisma o por lo malas que son se convierten en tema recurrente de cachondeo. Blade Runner entra en la primera categoría, Batman de Tim Burton en la segunda, y Plan 9 del Espacio Exterior o TRON en la tercera.

Si echamos un vistazo a las listas de películas de culto (hay cientos de ellas en la red), vemos cómo la mayoría de las películas que las forman pertenecen a dos décadas muy distintas: los años 50 y los años 80. Y me voy a centrar en los años 80: es la década maldita, de la que muchos reniegan pero a la que otros tantos quieren volver. Es parte de la infancia de muchísima gente, y los recuerdos de la infancia, reconozcámoslo, son muy fuertes, y nos hacen pensar que todo lo que vivimos en ella era insuperable: en una época en la que solo nos dedicamos a pasarlo bien, y en la que (y esto es lo más importante) aún podemos sorprendernos, el cine y la televisión son los medios más fuertes para impactarnos y formar unos recuerdos que no se podrán borrar y que condicionarán todo lo que veamos a continuación.

Y ahí los 80, ahora mismo, tienen muchísima fuerza. Da igual que muchísimos críticos afirmen que fue una década nefasta para el cine o la música, porque lo único que se buscaba era la comercialidad y el riesgo de la década de los 70 había desaparecido. Pero yo reivindico esa década, más que nada, porque aun así hubo talento. Jungla de cristal, Indiana Jones, Rambo, Regreso al futuro, Star Wars y otras muchas sagas tenían como objetivo conseguir una gran taquilla, pero detrás había gente con talento que de verdad quería hacer disfrutar al espectador con un trabajo bien hecho. Ahora mismo, la verdad, se ha perdido esa capacidad de impresionar, y el cine se ha vuelto algo mecánico y frío; pero entonces, bajo toda esa estética hortera y ls música electrónica había optimismo y diversión sin pretensiones, buenas historias y artesanos exprimiendo las posibilidades del cine para conseguir espectáculos palomiteros de calidad. Muchas veces digo que he nacido en la década equivocada, y que me hubiese encantado vivir (más bien sobrevivir) en los 80, el mito de los 80.

Bromas aparte, Los Inmortales entra en ese juego. Película de culto, más relacionada últimamente con subproductos de serie B pero que forma parte de la memoria de muchos a los que marcó de niños y que la han elevado a una categoría privilegiada. La pregunta es: ¿de verdad Los Inmortales es una película que merezca la pena, más allá de sus limitaciones, o estamos ante el enésimo caso de cinta cutre y sobrevalorada quién sabe por qué? ¿Aguanta un visionado hoy en día?

De modo que enfrentarse a esta película sin haberla vivido en su momento es algo muy peliagudo, lo reconozco. Los Inmortales me habría hecho 'flipar' muchísimo hace veinte años, pero ahora las cosas han cambiado, y sus fallos son muy evidentes (algunos también lo eran hasta en 1986).

Fallos como las peleas. Joder. Las peleas. Que podrán ser impactantes, sí, pero es que no aguantan ningún visionado crítico. Qué cosa más mala. Cabriolas, volteretas, florituras exageradas, chispas por todas partes, acero que es capaz de destrozar cualquier cosa, poses de guardia exageradas, golpes increíblemente falsos... Todo muy vistoso, sí... ¡pero también terriblemente cutre! También Russel Mulcahy. Director de la película y máximo responsable. E insuficiente con la cámara en mano. No es por la realización videoclipera, que a eso uno se acostumbra y pega en cierto modo con el ambiente de la película. Es por el montaje apresurado y mediocre, y porque no termina de dar la talla tras la cámara. Demuestra en varias ocasiones que sabe qué quiere contar (esa preciosa escena al son de "Who wants to live forever", o algunas impresionantes transiciones entre épocas), pero en general se deja llevar por efectismos sin venir a cuento (¿pero cuántos planos habrá de la mirada cabreada de Christopher Lambert?). Tampoco ayuda, dicho sea de paso, algunas horteradas en la estética de la película, que tiran por tierra todo rigor: esa excesiva obsesión por meter en la historia todo tipo de culturas y razas, dando como resultado a un espadachín de la corte española de Carlos I vestido con una capa de plumas de pavo real y armado con una katana, por ejemplo. En Los Inmortales cabe todo: a McLeod con gabardina y katana, a Kurgan vestido a la moda punk y empuñando ¡una espada montable!, o a un espadachín acróbata con un sable español. En una maniobra bastante pueril, como la película va de guerreros medievales al son de la música de Queen, pues todo vale, y se flipa demasiado: escenas de éxtasis cuando muere un inmortal, poses exageradas y chulescas, chispas durante las batallas, destrucción masiva (¡si es que no queda ni un decorado en pie!), todas las épocas posibles, paisajes espectaculares, rayos y luces por todas partes, frases rimbombantes... Porque sí. Porque mola.

Pero es que mola, y mucho. Aunque sea algo exagerado. Aunque la historia sea una excusa vaga para meternos un cóctel hipertrofiado de fuegos artificiales y todo tipo de influencias sin sutileza alguna, y encima ligeramente pretencioso (como si fuese la historia épica medieval a través del tiempo definitiva). A pesar de todo ello, Los Inmortales sí que merece ser una película de culto.

Porque tiene una historia de base increíble. Guerreros inmortales que están destinados a luchar entre sí a través de los siglos hasta que solo quede uno. Y no hace falta más. No hay que comerse la cabeza buscando razones, porque no son necesarias. Y la premisa funciona: tiene muchísima fuerza como para crear una historia épica. Porque la película aprovecha muchas de las opciones que abre semejante base: el héroe que descubre su condición de inmortal, el entrenamiento a manos de la figura típica de maestro paternal, el rechazo a lo diferente, la historia de amor a través de los años imposible por culpa de la vejez, el verse destinado a luchar sin poderse oponer, la preparación para una batalla final que llegará inevitablemente, el enemigo que representa todo lo contrario a ti y que es más poderoso que tú...

La premisa de Los Inmortales da para una mitología impresionante. Las posteriores secuelas y series de televisión han acabado hundiéndola, convirtiéndola en material friki marginado o en carnaza de serie B. Pero si nos quedamos con la primera película, el resultado merece mucho. Porque no sabemos quiénes son los inmortales, pero sí que hay fuerzas que los controlan, como si fuese un juego cósmico en el que son simples piezas. Y esa mitología se hace más y más grande, pudiendo abarcar infinidad de épocas y culturas. A fin de cuentas, esa extraña amalgama en la que "todo vale" tiene sentido, y hace más interesante la historia. Una historia típica de héroes contra villanos, pero con un añadido como es el de la inmortalidad que le añade un plus extra, con un potencial enorme que la película sabe aprovechar. Con matices: ese inmortal negro sobra, no es necesario que Kurgan secuestre a la chica cuando la batalla final se va a realizar sí o sí, que no me creo que dos inmortales vayan a ser amigos cuando saben que tienen que darse caza por instinto, que no se aprovechen del todo los espacios sagrados (que actúan como "tierra de nadie"), o que finalmente McLeod consiga poderes nuevos cuando ya no es necesario porque la película ha acabado, o que lo de que haya que detener a Kurgan porque si sobrevive la Tierra vivirá sumida en el caos eterno sea una excusa muy tópica. Pero, fuera de los matices, Los Inmortales sabe qué clase de premisa tiene entre manos, y la aprovecha muy bien. Es un universo que da para muchísimas historias más.

¿Que hay gente que se queja de su poco presupuesto? No es necesario demasiado si hay talento y ganas. Y talento tal vez faltó, pero no la intención. Con recursos cutres, todo hay que decirlo, Mulcahy monta una película que, en lo referente al aspecto, consigue entretener si desconectamos el cerebro y aceptamos todo lo que vemos sin quejarnos demasiado. A todo ayuda, hay que decirlo, la impagable estética de la película. Y sí, reconozco que me dejo llevar por mi gusto hacia los 80. Paso por alto sus fallos estéticos, sí. Pero estamos hablando de cine, de un asunto muy sujeto a los gustos de cada uno. Y a mí, que me encanta toda la estética ochentera, esta película me ha encantado en ese aspecto: en la iluminación azulada, en el vestuario, en los efectos especiales. Y, sobre todo, en dos cosas: en los impresionantes paisajes, que aumentan la épica de la historia aunque sea de una manera algo burda; y en la Banda Sonora de Queen, que es toda una gozada a lo largo de las dos horas de película.

Así que Christopher Lambert puede ser un cara de palo y Russel Mulcahy un inexperto dirigiendo; en la estética habrá envejecido muchísimo; la historia podría haberse aprovechado algo más; y la película podría haberse ahorrado muchas fantasmadas. Pero Los Inmortales, detrás de todos esos fallos, esconde algo que no todos ven, en mi opinión: una entretenidísima película de aventuras, tal vez demasiado grande para lo que se podía conseguir con pocos medios, pero ahí reside su ventaja. Tiene, de fondo, una historia verdaderamente buena. Y al ritmo del Queen más desfasado y cargado de sonidos electrónicos. No engaña a nadie: quien espere ver una película excelente, que busque en otra parte; quien quiera, por el contrario, una buena película de culto que hace honor a su título y con la que poder fliparse durante mucho tiempo, es bienvenido. Sus fallos ahí están: el resto, cuestión de gustos.

 

TOTAL:

 

 

 

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SUPER 8

Los tiempos han cambiado, pero siempre podemos mirar atrás.

Con solo un simple tráiler, unos cuantos detalles sueltos y la expectación formada en Internet durante un año, J. J. Abrams me tenía comprado ya de antemano para su nueva película: Super 8. Eso reafirma el enorme talento del productor-guionista-director para vender todo aquello que pasa por sus manos, ya sea una serie que se ha convertido en un fenómeno televisivo (Perdidos), un reinicio de una franquicia clásica (Star Trek), una convencional cinta de monstruos pero con un potencial de mercado enorme (Cloverfield), la resurrección de una saga muerta (Misión Imposible 3), o el caso que nos ocupa: un homenaje al cine con el que ha crecido. Cine en dos facetas: tanto las películas que deleitaban a niños y adultos por igual en los años 70 y principios de los 80 (cuando importaban las historias y había ganas de hacer grandes cosas), como los cortometrajes que esos niños realizaban con un enorme cariño hacia el placer de contar historias con una cámara, pocos medios y mucha ambición. Super 8 es el testimonio de Abrams, su autobiografía. No es perfecta, pero solo por sus intenciones merece la pena darle una oportunidad.

Ante todo, Spielberg, el productor de la película, es el centro del homenaje. Spielberg fue el máximo exponente de cine de entretenimiento de calidad, sentando bases que aún hoy en día influyen (pero que no se han conseguido ni imitar ni continuar, por desgracia) y conociendo perfectamente tanto los entresijos de la industria como el lenguaje cinematográfico. Pero Spielberg encontró su marca más característica en que él como ningún otro supo acercar el cine a los niños sin tratarlos como idiotas, simplemente convirtiéndoles en protagonistas de sus películas, tan fuertes que eclipsaban a los adultos y eran capaces de lograr grandes hazañas por sí mismos; en una época en la que el merchandising aún no había dominado el cine, pero ya empezaban a surgir las primeras películas de consumo y las sagas de culto, el cine de Spielberg se quedó grabado en la retina de muchos niños porque les hacía importantes, y aún lo sigue haciendo: rodó todas aquellas historias que él mismo hubiese querido ver de pequeño, cuando le entusiasmaban las películas de monstruos, aventureros y alienígenas. Spielberg es el niño grande de Hollywood, y por eso sabe perfectamente qué teclas tocar en el espectador para emocionarle y conectar con el niño que lleva dentro, que veía el cine como algo mucho más allá del simple entretenimiento.

A Abrams se le ha llamado "el Spielberg del siglo XXI". Y sí, se nota que Abrams no solo conoce también a la perfección los entresijos del márketing, sino también del cine; no solo como producto taquillero, sino como medio de llegar al espectador, de entregarles magia con la que viajen a lugares que solo existen en los sueños y disfruten de mundos que querrían que fuesen reales. Sabe cómo dirigir, domina el lenguaje técnico cinematográfico: ha bebido CINE (mayúsculas requeridas) desde que era un niño de teta. Cada plano de Super 8 está calculado, y hay algunos que tienen una fuerza argumental tremenda (atentos al que abre la película, por ejemplo). Super 8, así, es el homenaje impecable de un director que también disfrutaba del cine como algo más que una película: un mundo de sueños donde todo era posible, una experiencia, un puerta a la fantasía hecha realidad. Y, como hizo Spielberg en su día, Abrams se dedica a materializar las historias que él hubiese querido ver en pantalla, a las que han influido géneros como la ciencia-ficción, el terror o la aventura. Las comparaciones son Spielberg, por tanto, son odiosas, y tienen sentido.

Pero Abrams no es Spielberg. Mientras que este fue de los que inventó el márketing en el cine (junto con gente como su amigo George Lucas), Abrams ha nacido en una época en la que el cine es principalmente un negocio basado en la publicidad. Son dos épocas completamente distintas. Super 8 tiene su mayor valor (y su mayor punto negativo, también) en que nos demuestra cuánto han cambiado las cosas en estos años: que aún se pueden hacer buenas películas, que hay ganas y ambición en la industria y que aún hay quienes se interesan por contar historias; pero también que, en la actualidad, las normas del cine ya no son las que eran, y ahora prima el espectáculo y el artificio superficial, favorecido por brutales campañas de publicidad. Super 8 tiene una parte de película que bebe directamente de Spielberg y que es una joya, y otra que es de cosecha propia de Abrams y que, pese a ser buena, no termina de encajar con la otra historia, indudablemente superior; una es una preciosa historia sobre la infancia, y la otra es un entretenimiento más de los que vemos hoy en día, que está muy bien hecho, pero no termina de cuadrar.

Super 8 tiene personajes carismáticos apoyados en unos actores excelentes pese a su edad (olvidemos el doblaje): Joel Courtney es uno de esos chicos actores simpáticos que ya no se encuentran en el cine, y Elle Fanning está genial y hace con él una pareja estupenda y entrañable. Es una historia típica, con niños que tienen su propio mundo aparte, que pasan todo el tiempo posible juntos, que se divierten con cosas que a los adultos les parecen poca cosa, que empiezan a sentir algo por las chicas, que hablan por walkie y van en bici a todas partes; un grupo de amigos con estereotipos y cualidades propias que Abrams explica con claridad al comienzo de la película (algo necesario, pues llega un momento en el que esas habilidades se vuelven tremendamente importantes para la historia). Amistad pura por todas partes: niños que hablan de cosas sin importancia (salvo para ellos), que hacen tonterías, que son todos para uno. La compenetración entre Abrams y ellos es completa, están genialmente dirigidos.

Los guiños al cine de Spielberg son continuos: se puede decir que Super 8 es una eficaz mezcla entre el espíritu de Los Goonies y el de E.T., pero pasada por el tamiz del cine actual. Se respira durante buena parte de la película ese aroma clásico a las películas de la niñez, al cine de los 80 que hizo soñar a muchos. Es un reflejo de la infancia al estilo Spielberg: esto es, aventuras puras con niños que protagonizan situaciones que cualquiera a su edad querría vivir también. Todos los elementos del cine de Spielberg están aquí: los militares son tipos siniestros que guardan secretos, meten las narices donde no les llaman y ponen trabas a los protagonistas; los padres despegados de sus hijos; las tragedias familiares que marcan el desarrollo de la historia; barrios acogedores donde todos son como una familia... Y goza, para que este homenaje sea más redondo, de una muy buena ambientación. Y, sí, recae en el mismo exceso de moralina "manipuladora" (nótense las comillas) de Spielberg, pero sin llegar a la excelencia del maestro. Se nota que esta ha sido la película mimada de Abrams, en la que ha actuado como un auténtico niño rodeado de niños; eso sí, ahora Abrams es un niño grande, con medios suficientes como para hacer realidad esa historia de infancia también a lo grande; y no escatima en gastos, recursos ni espectacularidad. Incluso la muy buena Banda Sonora de Michael Giacchino bebe de John Williams. Esta parte de la película, sin duda, es una auténtica gozada.

Pero, por desgracia, le sobra el factor Abrams: le sobra pirotecnia, los homenajes a su cine están fuera de lugar (viendo la película, por momentos temí que Super 8 fuese una precuela encubierta de Cloverfield), y le falta emoción, que conectemos aún más con los personajes más allá del "sabemos que todo va a acabar bien"; y Super 8 tiene capacidad como para conseguir que nos quedemos clavados al asiento esperando un final feliz que, aunque es previsible, no quita que pueda emocionar, pero Abrams peca de frialdad, de lejanía con la historia y los personajes durante el tramo final, olvidando varias de las tramas en pos de un desenlace espectacular. Y eso es un fallo imperdonable. Cuando en Super 8 entra en escena el alienígena (es decir, el cine de Abrams), no solo la historia toma otros derroteros, sino que el propio lenguaje cinematográfico, la forma de rodar, se aleja por completo de la "influencia Spielberg" y cae por completo en las manos de Abrams "el manipulador de historias" (de su mente han salido Perdidos y Cloverfield; Abrams es único a la hora de encubrir y enrevesar hasta las historias más simples en beneficio de la publicidad). Esto no tiene que ser un problema, puesto que por muy homenaje que sea, Super 8 sigue siendo una película del 2011 dirigida a un público actual. El problema no está, por tanto, en que tengamos una segunda historia de simple entretenimiento, con acción exagerada a la orden del día: está en que ambas historias no terminan de conectar; y pueden hacerlo (¿por qué no van a conectar una historia de amigos con un alien que aterroriza a un pueblo?), pero Abrams no remata la faena.

Hay momentos muy buenos, muy emotivos con medios muy sencillos: frases, gestos, pequeñas acciones. Todos funcionan. Ahí, Super 8 es una gran película sobre la infancia y la amistad; la diferencia está en que se interpone un bicho, y ahí tenemos una película distinta. La historia tiene potencial para que ambas historias, la del alien y la de los niños, se mezclen, y para que la historia evolucione grancias a ello. Pero Super 8 no termina de conseguirlo, más allá de que ambas historias se unen para ofrecer suspense y espectacularidad. Dicho sin rodeos: el monstruo podría influir más en la evolución de los personajes, más allá de servir para conseguir una película de acción y unas cuantas escenas de acción/suspense espectaculares. Todo está muy bien escrito, eso sí, y todos los detalles están muy bien cuidados y convenientemente explicados: no se trata de que no funcione porque "no lo han explicado", sino porque esos detalles no terminan de cuajar. Es lógico que, por ejempo, Joe vaya a rescatar a Alice y necesitemos que sea un momento de suspense máximo, que también se aprovecha para que otros secundarios por fin encuentren su sitio en la película (el niño de los petardos); o que el padre de Joe vaya en busca de su hijo en cuanto sabe que está en peligro. Pero no es eso a lo que me refiero. Necesito que Abrams me diga "meto al extraterrestre porque le hace falta a la historia, porque hace que la relación del chico con su padre mejore, porque hace que el chico deje que el recuerdo de su madre muerta se vaya, porque hace que lo de los niños rodando el corto avance, porque hace que la relación entre el chico y la chica tenga sentido"; y no que esa sensación de "dos películas distintas" no desaparece.

Y se nota que Abrams quiere que haya cohesión entre las dos historias. Me quedo con un detalle del alienígena que demuestra que Abrams no le ha metido con calzador, sino que ha intentado darle un lugar en la historia principal, aunque luego haya fallado: se recalca la humanidad del bicho con algo tan sencillo como una mirada puramente humana. En el momento en el que Joe intenta convencerle de que no toda la humanidad es mala (momento "moralina alcanzando niveles diabéticos"), el monstruo abre sus párpados, y su gesto cambia mínimamente de ser un bicho aterrador a ser un alienígena con entendimiento cercano al humano. Esa mirada podría decir muchísimo más si yo como espectador hubiese conectado más con el alienígena; no sentir cariño por él (es un alienígena que devora hombres, por favor; no necesitamos un segundo E.T.), pero sí sentirlo como un personaje importante y poder ponerme en su lugar, ya sea para odiarle o compadecerme de él; Super 8, en ese sentido, se queda en un ambiguo punto medio. Precisamente, todo lo que Abrams construye falla justo en el final: hay muy buenas bases antes, ya que la trama del monstruo y los militares sí que comienza a ser fundamental en el rodaje del corto (raíz de la película, al fin y al cabo), en la relación de Joe con su padre y en el "hay algo más" entre Joe y Alice. Pero cuando el final debería ser el culmen de todas esas historias, la catarsis de todos los personajes y, por qué no, un clímax brutal y espectacular, Abrams tira por lo fácil, por la salida rápida, descuidando personajes y situaciones en un desenlace apresurado. Por eso, los minutos finales, que contienen mensajes con un potencial enorme que ponen punto y final a toda la película (el monstruo huyendo de la Tierra, los padres reconciliándose con los hijos, Joe dejando ir al recuerdo de su madre a través de una metáfora tan efectiva como manida como el colgante volando, Joe y Alice dándose de la mano), no emocionan como deberían, podrían haber sido más. Veo las intenciones de Abrams de crear un desenlace coherente con las tramas de la película, una especie de metáfora de que la presencia del monstruo ha servido para conseguir que los personajes evolucionen (una película, en sí, no es más que eso), pero de las intenciones al hecho hay un trecho que Abrams bordea sin conseguir aterrizar en él. Podría haber sido el clímax definitivo, que cerrase todas las tramas y cohesionase toda la película. Pero falla, porque en el tramo final Abrams se ha dejado llevar por algunas de sus manías personales; falla, porque el alienígena, que debería ser el catalizador de todas las tramas hacia su desenlace, no llega a conectar con la audiencia más allá de su papel de "amenaza latente", sin acercamiento emocional.

Aun así, Super 8 es, en definitiva, un sólido y eficaz entretenimiento. Le estoy metiendo mucha más caña de la que debería. Juega con la baza nostálgica para crear una película muy calculada en todos sus aspectos. Le falta para ser verdaderamente memorable, necesita un último empujón; necesita emocionar de verdad. El cine infantil de los 80 es insuperable e inimitable: esto no es más que un calco con el filtro de ahora (es decir, espectacularidad por un tubo, predominando en ocasiones sobre la historia), y no puede compararse con los originales. Pero es un homenaje que no solo funciona con esa condición, sino también como película. No es una película del todo infantil, aviso (el bicho es aterrador para un espectador niño). De modo que os recomiendo Super 8; como declaración de amor a un cine que ya no existe y a los sueños de la infancia de VIVIR historias fantásticas, y como uno de los entretenimientos más sólidos del verano. Además, es un paso adelante en la carrera de J. J. Abrams, al que auguro una evolución muy positiva si consigue dejar atrás su alma de vendedor y se centra más en la de narrador de historias. Super 8, afortunadamente, es un buen siguiente paso. Aunque a Abrams le falten todavía tablas para conseguir emocionar e involucrar por completo a los espectadores. Pero bienhallado sea.

TOTAL:

PD: Tener el Don't bring me down de la ELO en los créditos finales fue toda una gozada. Al igual que incluir el corto al final de la película: ahí está el verdadero espíritu de Super 8, que quedó diluido en el último tramo de película.

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HARRY POTTER Y LAS RELIQUIAS DE LA MUERTE

Todo tiene un fin

SPOILERS A SACO: DESTRIPO EL FINAL

La Navidad pasada tenía una crítica planeada para la primera parte de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte; sin embargo, siguiendo con la desgana y el ritmo irregular de publicación que se han convertido en marca de este blog, ni la hice ni la publiqué. Sin embargo, ahora, cuando el final de la saga ha llegado a las pantallas y he podido verlo, he decidido lanzar mi crítica; y no a las dos películas por separado, sino en conjunto, lo que me parece más coherente y completo. Después de todo, no estamos hablando de dos películas distintas, sino de una sola que se ha dividido por intereses puramente comerciales.

De modo que allá voy. Harry Potter, ahora sí, ha llegado a su fin.

No es un secreto que el que se haya dividido el desenlaxe de la película se debe más que nada a motivos puramente comerciales más que por fidelidad al libro: si la Warner hubiese estado preocupada por la fidelidad, entonces también habríamos tenido dos partes para El Cáliz de Fuego (lástima que no fue así) y para La Orden del Fénix. Pero ha sido Las Reliquias de la Muerte la única que se ha beneficiado de esta división. Y la jugada ha salido redonda, porque en apenas dos semanas la segunda parte se ha convertido en la más taquillera de la saga, lo que unido a la recaudación de la primera lleva a un total de casi dos mil millones de dólares mundiales. Y creciendo. Cifras de infarto.

Además, a ningún lector de la saga se le escapa que podemos dar gracias de esta división, porque el séptimo libro era casi inadaptable en una sola película. Primero, por la enorme cantidad de información que contiene, que se traduce en que Rowling se encuentra en el momento de redactarlo con un elemento que ha introducido en El misterio del Príncipe y al que tiene que dar un desarrollo y un desenlace rápidos en un único libro, los Horrocruxes, y que se empeña en crear un clímax espectacular donde aparezcan de nuevo todos los personajes y elementos de la saga, un culmen a todo el universo que creó. Segundo, porque las adaptaciones de la saga al cine han sufrido unos altibajos terribles y no han seguido una coherencia interna, de modo que el guionista, Steve Kloves se ha encontrado con la titánica tarea de tener que adaptar un desenlace que no solo fuese fiel al libro sino también al desarrollo de todas las películas anteriores, que muchas veces han seguido un camino distinto al de la saga literaria.

Y ese esfuerzo por crear una película que pueda existir independientemente de los libros (y, hasta la fecha, casi ninguna película de Harry Potter lo ha conseguido) es encomiable, y en ocasiones se nota, pero llega tarde como para salvar a la saga en conjunto. Sin embargo, este esfuerzo ahí queda, y por fin, tras años (y cuesta reconocerlo), tenemos otra película de Harry Potter que es tanto una buena película en sí como una buena adaptación, en el sentido estricto de la palabra.

Eso sí, nada salva a Harry Potter y las Reliquias de la Muerte de ser un alboroto de situaciones, datos, personajes y elementos que solo el lector de los libros sabrá apreciar. La película conecta con todas las entregas anteriores: con TODAS. Personajes como Scrimgeour o Mundungus Fletcher llegan tarde, las reapariciones de otros como Dobby u Olivander son simplemente circunstanciales tras tantos años de abandono en el cine, y los flashbacks y escenarios pasados obligarán a quien no ha leído los libros a desempolvar los recuerdos de otras películas. Y, aun así, habrá momentos que parecerán deus ex machina, es decir, con soluciones como por arte de magia, que solo el lector podrá comprender: ese ha sido el error de toda la saga, pero ya era demasiado tarde para rectificarlo. Por fin Harry Potter se hace saga cinematográfica, un todo coherente: irónicamente, en el último capítulo.

Pero eso nos permite disfrutar de una enorme película (casi cinco horas, ni más ni menos). Enorme, tanto por los datos como por la producción. Porque por fin se toma su tiempo para desarrollar tramas y personajes (ya era hora), y porque no ha escatimado en gastos a la hora de crear un broche digno de despedida. Todos coincidiréis que la Primera Parte no es más que una introducción que sienta las bases para una Segunda Parte en la que todo es acción sin freno. Personalmente, lo he agradecido, porque ello ha servido para crear una atmósfera de peligro latente, constante y omnipresente, de soledad absoluta, de personajes indefensos superados por las circunstancias y enfrentados a la muerte cara a cara. Hay más tiempo para desarrollar este aspecto, se pueden recrear en situaciones más allá de la simple acción. Tal vez por eso lo que más me gustó de la Primera Parte fuesen todos esos momentos de silencio, en los que la música desaparecía y el trío protagonista se encontraba solo en enormes y vacíos paisajes oscuros, impotentes, o frente a peligros mortales ante los que no tenían más ayuda que su habilidad. Al fin y al cabo, no son más que tres chicos con una tarea titánica para su edad: ese ha sido siempre la base de la saga, y en esta película por fin lo he visto representado con fidelidad; y es que no son grandes magos, no son grandes luchadores, y tienen miedo, mucho miedo. Momentos como la incursión en el Ministerio o el baile entre Harry y Hermione provocan risa aunque intentan transmitir esa sensación de indefensión, pero fallan tanto por una pésima dirección de actores como por la sosez de Daniel Radcliffe, respectivamente, y no por la historia. Hay, pues, un esfuerzo en crear personajes y situaciones creíbles, de dar a la película una atmósfera convincente y trabajada, y siempre mostrada con sutilidad. Y con momentos de dolor que nos hacen conscientes del enorme peligro que suponen Voldemort y sus lacayos, como la tristísima escena de la muerte de Dobby.

Luego llega la Segunda Parte, y todo se transforma en pura acción. Épica, palabra de la que se abusa mucho pero que no se limita a espectacularidad, sino también a combates en los que se entrega todo el esfuerzo posible en pos de una victoria no clara. Y esta Segunda Parte, que se centra casi exclusivamente en la Batalla de Hogwarts, nos ofrece esa acción épica continuamente. No se puede perdonar que caiga en licencias más propias de Hollywood, como la reaparición de Potter en el colegio acompañado de la Orden del Fénix o el discurso de Neville: tópicos de "la fuerza de nuestro corazón" o "lucharemos todos juntos" y que podían haber evitado. Pero, salvo eso, esa sensación de lucha hasta el último aliento, de pérdida de seres queridos, de amenaza latente, de combatir desesperadamente por la vida propia y ajena, aparece con más fuerza en la Batalla, en la que el castillo se debe defender contra peligrosos magos oscuros sin escrúpulos con un puñado de estatuas de piedra, enrededaderas y unos cuantos muchachos (en esta película, por primera vez, ni Voldemort ni sus mortífagos van a tener compasión: hay momentos muy crueles, y muertes sin concesiones en el bando de los buenos, porque de los villanos NINGUNO muere con dignidad; parece que la desintegración se ha puesto lamentablemente de moda, a saber por qué, amén de victorias poco contundentes y demasiado rápidas). De nuevo el silencio, la soledad, y el estar rodeado de un peligro constante que no te va a dejar ni un segundo de respiro, porque tras cada amenaza va a llegar otra mucho peor. Y, mientras, el trío protagonista en plena búsqueda acelerada de los Horrocruxes, que van cayendo uno tras otro mientras que el castillo se derrumba a su alrededor y Harry comienza a ser cada vez más consciente del vínculo que le une a Voldemort, en unas escenas en las que queda completamente claro que la destrucción de cada Horrocruz daña también a Potter, un crescendo continuo que llega finalmente tanto a revelaciones sorprendentes (los recuerdos de Snape son, sin duda, una de las escenas más duras y conmovedoras de la saga, y por ello de las mejores) que convierten a Harry en un auténtico héroe, como a una batalla final alargada en exceso por exigencias de un desenlace más espectacular y completo, una carrera contrarreloj para acabar con Voldemort de una vez por todas (con sus momento ridículo, en este caso Voldemort y Harry volando juntos sobre todo el castillo entre muecas y tirones de pelo, pero en general una batalla final que me ha gustado, que tiene más sustancia que el insípido final del libro).

Tal vez no miento si digo que ese aspecto del espíritu del libro se ha trasladado a la perfección: esa soledad, esa impotencia, el enfrentarse al destino porque nadie más puede hacerlo. Y eso me lleva a afirmar que estamos ante una buena adaptación: no perfecta, por aquello de la cantidad ingente de datos que se meten con calzador porque no hay otro remedio y de la que he hablado antes, fruto de querer por fin darle coherencia a la saga demasiado tarde. Pero los cambios que se han realizado siguen un camino bien establecido: se trata de crear una película, una entidad propia, y el guión debe beber del libro original pero también distanciarse de él. Y, como ya he dicho, Harry Potter y las Reliquias de la Muerte es la primera película de la saga en años que sabe mirar al libro desde la distancia, aunque no logra independizarse de él. El límite entre ambos lados se encuentra en la personalidad que aporte el director de la película, que en teoría debería tener tan asumida la historia que puede darle su toque personal mientras la adapta sin perderla de vista: por eso El Prisionero de Azkaban es tan grande, porque Cuarón hizo una película personal, en la que cambió todo el imaginario impuesto por Colombus y supo crear una película con espíritu propio que respetaba el libro pero seguía su propio camino; y es en lo que han fallado el resto de películas a partir de él, esclavas de todo el trabajo que les precedió y obsesionadas con trasladar el libro punto por punto pero omitiendo, irónicamente, detalles de vital importancia, a la vez que eran incapaces de tener una personalidad propia fuerte.

Con Yates ocurre lo mismo: y es que no hay tiempo para dar personalidad ni para florituras de estilo; tienes que cumplir a rajatabla con el guión, porque estamos hablando del desenlace de una saga mítica y cualquier riesgo puede ser fatal para la taquilla, así que lo mejor es cumplir con tu tarea, y punto. Yates ha mejorado muchísimo en su técnica, desde una fría La Orden del Fénix hasta una por momentos emocionante y muy bien hecha Las Reliquias de la Muerte. Lo que no quiere decir que sea un director con personalidad, con un sello propio: cumple, es mucho más profesional de lo que fueron Colombus y Newell y sabe transmitir algo. Pero sigue siendo un director sin carisma. Por lo menos, la Warner apuesta sobre seguro: sobre un director que cumple holgadamente con esta titánica tarea y se sacude las manos al terminar. Aun así, es una adaptación que cae en los mismos errores del libro, y me da pena, porque era una oportunidad perdida para solventar momentos mal conseguidos en el libro como las frías muertes de Fred, Lupin y Tonks (que en papel son exactamente iguales a la película: Harry llega, los ve muertos y se marcha), la entrada de Ron en la Cámara de los Secretos (ridícula), el enrevesado asunto de la fidelidad de las varitas (del que se zafan burdamente en la película) o el reencuentro con Dumbledore (tópico puro).

¿Y qué más nos queda? Pues todo el aspecto técnico, en el que nignuna película de Potter ha decepcionado jamás y por el que ver cada película era una delicia, si quitábamos el guión. Y aquí se han superado. Tenemos, para empezar, una estupenda sorpresa en el soberbio corto animación de la Fábula de los Tres Hermanos. Aparte, una fotografía magnífica, que refuerza ese sentimiento de soledad y de paisajes desoladores; y a esto también ayudan las excelentes partituras de Alexandre Desplat, una inmejorable elección para poner fin musical a la saga de la mano de uno de los mejores compositores cinematográficos del panorama actual, que sin perder de vista las composiciones anteriores sabe crear unas joyas de bandas sonoras tremendamente emotivas y que ayudan enormemente a crear esa atmósfera. Y unos efectos especiales de enorme calidad, que son el complemento perfecto para toda la espectacularidad necesaria en la batalla final y que nos ofrecen planos que se graban en la retina (como ese de los mortífagos disparando al unísono contra la barrera protectora del castillo, o los tres amigos corriendo a través del patio entre muerte y destrucción). Punto y aparte, como siempre, para las actuaciones: con el trío protagonista, me decanto entre el notable y lo mediocre, sobre todo en el caso de Radcliffe, que por momentos me parece un soso de cuidado, otros un actor que parece que se va a morir en su esfuerzo de parecer angustiado, y otros un intérprete solvente y que se cree lo que está haciendo (Grint me gusta bastante, y Watson ha madurado mucho); Fiennes da vida, por fin, a un gran Voldemort, por fin un villano memorable (aunque el doblaje y esa ridícula risa malvada hacen que le pierda el respeto); Bonham Carter tan histriónica y temible como siempre, y el momento en el que interpreta a Hermione con Poción Multijugos es una muestra del talento de la actriz para parecer una chica de diecisiete años (cosa que los tres actores adultos de la escena del Ministerio no lograron, y acabaron por ser burdas caricaturas); y Gambom, Smith, Walters y todo el plantel de experimentados y míticos actores británicos están, como siempre, muy bien. Pero esta es la película de Alan Rickman, de Snape, el personaje más grande de la saga, el más olvidado y quien literalmente devora la pantalla en escenas tremendas como la que ya he mencionado de sus recuerdos, su impasibilidad ante el poder de Voldemort o su trágica muerte: Rickman está sencillamente colosal.

Harry Potter, en definitiva, y enlazando con el comienzo de la crítica, llega a su fin. Hemos tenido grandes sorpresas y grandes decepciones; hemos pasado de todo a lo largo de todo este tiempo. Pero lo hemos disfrutado. Y han podido fracasar estrepitosamente en este último capítulo, pero por suerte no lo han hecho. Diecinueve años después, los tres amigos han madurado y llevan a sus hijos al andén 9 y 3/4. Volvemos a encontrarnos con paisajes de nuestra infancia. Y es que han pasado diez años, y se dice pronto. La magia sigue ahí, escondida, viva. La música nos trae recuerdos, el escenario es tal y como lo recordábamos. Nada ha cambiado, todo va bien, hay oportunidad para los finales felices. Y aunque el maquillaje de envejecimiento sea terriblemente cutre, eso no cambiará el hecho de que Harry Potter, con sus más y sus menos, ocupará siempre un puesto privilegiado en los recuerdos de infancia y adolescencia de muchos de nosotros.

Suena cursi, lo sé, pero, ¿qué otra cosa puedo decir si ese desenlace me hizo recordar cuando, con nueve años, salí de esa misma sala del cine soñando que la magia era real y que en una pantalla de cine todo lo que leía era posible? Pues que ahí está la huella de este fenómeno, en el recuerdo: esa es la verdadera magia de Harry Potter.

 

TOTAL:

 

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X-MEN: PRIMERA GENERACIÓN

Los mutantes, ahora sí, han vuelto

 

Se ve que este año será para mí aquel en el que recuperé la confianza en sagas a las que ya creía muertas. Hace poco, confesaba que Piratas del caribe: En mareas misteriosas me había reconciliado con Sparrow y compañía. Ahora, la saga X-Men me ha demostrado que, siempre que caiga en buenas manos, aún puede dar guerra. Cuando hice mi crítica a la nefasta X-Men Orígenes: Lobezno, me lamentaba de que ninguna película de mutantes hubiese sido capaz de situarse a la altura de las dos de Brian Singer, y me preguntaba si era tan difícil hacer una precuela de la saga con un mínimo de calidad: muy bien, hoy me alegra saber que X-Men: Primera generación no es solo una película de superhéroes muy entretenida, sino que es una dignísima heredera de la obra de Singer y una precuela más que convincente.

Señores, X-Men: Primera generación es la mejor película basada en los mutantes desde X-Men 2. Han pasado ocho años; ya era hora. Es la película sobre los X-Men que llevo esperando tanto tiempo.

Y mirad que pintaba muy, muy mal. Un proyecto que se llevó adelante solo para mantener los derechos de los personajes en la Fox. Un vaivén de guionistas hasta que se termina el guión definitivo.Brian Singer anuncia que vuelve para luego verse obligado a marcharse, poniéndonos en su lugar a Matthew Vaughn (director de la preciosa Stardust y de la correcta Kick-Ass, pero todo indicaba que estaba ahí como solución "in extremis"). Reparto de caras jóvenes de revista quinceañera que nos hacen pensar en un "High School X-Men"; a ellos se suman actores consagrados como Kevin Bacon o James McAvoy, lo que aumenta nuestro desconcierto. Un rodaje que se tiene que realizar a marchas forzadas. Una post-producción que se tiene que hacer en apenas seis meses, y un equipo de FX que se ha visto sobreexplotado. Una promoción pésima, en la que el director no pudo meter mano y que nos ha dado pósters horribles e imágenes promocionales que parecían hechas por un niño de cinco años utilizando Photoshop.

Pues no sé si esa prisa ha ayudado, pero lo cierto es que me he tenido que tragar todas las pestes que eché sobre la película, y las bajas expectativas que tenía se han visto superadas de largo. Matthew Vaugh en su día iba a dirigir X-Men 3, y ojalá lo hubiese hecho y hubiese arreglado ese desaguisado final que fue la tercera entrega, porque es un tipo que sabe perfectamente qué tiene entre manos cuando realiza una adaptación de cómic: no es un director con personalidad, pero sí con ojo; aún le falta mucho que recorrer, pero nadie le podrá quitar su labor de artesano, tanto para sacar adelante proyectos personales (Kick-Ass, que financió de su propio bolsillo; o Stardust, hecha con enorme mimo) como para realizar encargos de última hora y bajo cientos de presiones, amoldándose a ellas. En serio, le admiro. X-Men: Primera Generación funciona perfectamente: Vaughn no solo sabe mirar con total respeto a la obra de Singer, sino que se desmarca de ella y logra darle a X-Men: Primera generación un estilo propio, cercano al desenfado del cómic de los años sesenta pero sin perder un tono actual.

Y es que X-Men: Primera generación vuelve con acierto a lo que hizo tan grande al cómic original y que Singer supo trasladar con gran acierto a la pantalla: X-Men es una historia de seres rechazados, que optan bien por la lucha por su aceptación por parte de la Humanidad, bien por la lucha contra esa Humanidad que les teme. Es un cómic de personajes, de seres que luchan por defender a quienes les temerán siempre. Y, a la vez, esos personajes se enfrentar a situaciones imposibles, a aventuras cargadas de acción gracias a la enorme variedad de poderes que les confiere su naturaleza mutante. En el cómic el espectáculo estaba servido, pero también el drama. Las últimas películas de X-Men no fueron más que un desfile de cameos inservibles y de efectos especiales sin sentido. Ahora, la cinta de Vaughn se convierte en una adaptación estupenda porque se esfuerza por crear un entorno argumental creíble, de desarrollar unas motivaciones para los personajes que les definan y justifiquen sus acciones: Erik odia a la Humanidad tras ser torturado en un campo de concentración, Xavier estudia a los mutantes por pura curiosidad científica, los jóvenes reclutas no son más que muchachos que deben enfrentarse a un mundo más hostil de lo que desearían. Pero también se habla de la aceptación social e individual, de parecer normal y luchar por ello. Es decir: la película funciona desde el guión porque se esfuerza en crear un reparto de personajes creíble y con el que podemos empatizar, cada uno con una personalidad propia y unos dilemas contra los que enfrentarse.

Y a ello ayuda el más que solvente reparto. James McAvoy, actor que me da siempre una de cal y otra de arena (insoportable, para mí, en Wanted, por ejemplo), me ha convencido como Xavier. Michael Fassbender interpreta a un Magneto que, de lejos, tiene las mejores escenas de toda la película: está enorme derrochando carisma, "magnetizando" (valga la redundancia) al público con su personalidad cruel y cabrona y un pasado doloroso que despierta empatía; su epifanía ya como villano tiene una fuerza arrebatadora, es una escena colosal, y en ella Fasbbender se vuelve Magneto (aparte, claro está, que es el personaje más alucinante en cuanto a poderes, ¿o no?). Y, sobre todo, Kevin Bacon: es el villano por excelencia, una especie de precuela de lo que será Magneto, un villano cargado de maldad que sabe aprovechar; Bacon se vuelve odioso, impone, es un villano con todas las de la ley.

No solo funciona a nivel de personajes e historia. La acción es buena, muy buena. No solo porque Vaughn dirija con ritmo y emoción, subiendo la intensidad poco a poco y haciendo que disfrutes con escenas explosivas y trepidantes (el comienzo de la película es brutal, desde los orígenes de Xavier y Erik hasta asalto al barco de Shaw); disfrutas del despliegue de poderes y de su variedad, es un auténtico gozo ver cosas imposibles y pasárselo como un crío. Pero también porque los villanos son una amenaza palpable y temible; son capaces de manejar el mundo a su antojo, pueden atacar a quienes quieran con resultados fatídicos (el asalto al cuartel de la CIA es trepidante, asusta de verdad, es un despliegue de poderes tal que te sientes impotente; aparte de que Vaugh maneja la escena magníficamente). Y porque el uso de los poderes en la película no se limita solo a ser una exposición de efectos especiales (que sí, que a nivel de FX es muy decente): los poderes sirven no solo para asombrar al personal, sino para enfrentarlos unos contra otros de manera inteligente. Si cada bando tiene a un telépata, pues la trama sigue su curso sabiendo que cada equipo podrá leerle la mente al otro; si hay personajes que vuelan, pues los combates entre ellos aprovecharán al máximo sus posibilidades; si se enfrentan un teletransportador y otro que es puro físico, tendré que hallar un equilibrio entre la agilidad y la fuerza bruta; si un personaje controla el metal, entonces tendré que explotar sus posibilidades al máximo si quiero que resulte espectacular (y, oh sí, lo es). Así, la acción es tremendamente entretenida y asombrosa y, lo principal, tiene sentido. Y así es como X-Men: Primera generación termina de convertirse en una película terriblemente inteligente y muy bien construida.

¿Fallos? Los hay. En primer lugar, el que ya arrastran de por sí las adaptaciones de Singer y el propio cómic: el aire de "buenrrollismo" que se respira en el bando de los héroes. Comprensible, pero los discursos de superación y de "qué estupendo es el mundo" terminan por cansarme. En segundo, que la película va a toda pastilla; tal vez por las prisas durante el rodaje y la post-producción, tal vez porque no quieren perder al espectador en ningún momento, pero eché en falta algunas pausas en momentos puntuales. Y, en tercero, que, volviendo al primer punto, la película pierde ritmo en cuanto se centra en los jóvenes mutantes: ahí tenemos falta de acción, discursos bonitos y romances que no vienen a cuento. Sinceramente, yo prefiero la película cuando entra en el meollo: cuando en los momentos de descanso los personajes evolucionan y las piezas se van colocando inteligentemente para el acto final, cuando la trama política (metida en la película y que queda como un guante) avanza aumentando la tensión, cuando los villanos atacan sin piedad, cuando Xavier y Magneto entran en acción, cuando los jóvenes se enfrentar a auténticos retos, cuando la acción no descansa, cuando la realidad del mundo les golpea de lleno; ahí sí que hay emoción, ahí sí que estoy disfrutando de lo que veo en la pantalla, clavado en mi asiento. Ahí es donde funciona X-Men: Primera generación, y yo lamento que haya una parte entre medias que falle en ese aspecto. Le quitaría también algunos detalles ridículos (Magneto y Mística, y paro de hablar) y un poco de la BSO, aunque en momentos determinados ayuda a aumentar la tensión que da gusto.

Dicen que van a hacer secuelas. Pero podrían, y deberían, quedarse aquí. Y, así, ser una precuela muy digna, repleta de guiños al lector de cómics, pero sin sobresaturarse de ellos, y de detalles que conectan perfectamente con la saga original (el casco, Cerebro, el hecho de que Magneto y Mística conozcan tan bien a Xavier y la mansión). Pero, claro está, han dejado algunos cabos sueltos que, bien entrelazados en futuras películas, podrían cerrar aún mejor esta historia previa; como fans, lo admito, queremos ver qué será de esta generación de mutantes, cómo llegaron a entrar en el grupo los que aparecieron en X-Men y X-Men 2, qué fue de esos primeros miembros de la Hermandad de Mutantes, cómo evolucionarán Xavier y Magneto ya como enemigos y si entre Mística y Azazel ocurrirá lo que muchos pensamos.

Ah, un último detalle. Dije que esta es una excelente adaptación. Lo es hasta sus últimas consecuencias. Estamos en los años 60, y la eficiente ambientación hace maravillas. Se respira un ambiente pop desenfadado que da gusto. Solo así pueden funcionar, sin parecer ridículos, los trajes, ciertos momentos de rebeldía adolescente y otros de violencia "camp", ese aire de nostalgia cutre-hortera y algunos detalles para el lector de cómic que no quiero revelar (justo en el plano final está el mejor ejemplo de esto, aviso). Porque la película utiliza sabiamente esta ambientación para ser lo más fiel posible al material original, el cómic: un material desfasado en el tiempo a nivel estético, pero precisamente esa estética se puede aprovechar para darle un toque más actual y, al mismo tiempo, permitirse algunas licencias artísticas que no quedarán ridículas. No es un Batman & Robin, no da vergüenza ajena: simplemente, X-Men: Primera generación es un ejemplo de buen cine de superhéroes, entretenido, ameno, bien planteado y con grandes personajes, un guión sin agujeros y un espectáculo de efectos especiales arrollador. Y es una película que se encuentra muy a gusto en la ambientación sesentera, porque sabe que le debe muchísimo: que el cómic actual, en realidad, nació en los años 60, con todo lo que eso conlleva. Y le realiza el mejor homenaje que he visto en una película de superhéroes: es la primera que respeta lo que es, simplemente, el espíritu del cómic de superhéroes clásico. Es la sorpresa del año, la película de superhéroes que ha ido de tapada y que auguro que envejecerá muy bien. He dicho.

 

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PIRATAS DEL CARIBE: EN MAREAS MISTERIOSAS

Renovando la saga, y los ánimos del espectador

 

Piratas del Caribe es una franquicia que dejó de interesarme hace tiempo: tras una primera película que sin duda metería entre lo mejor del género de aventuras, llegaron dos secuelas que lo echaron todo al traste; una segunda que no era más que un insustancial prólogo de dos largas horas, y una tercera que era una estupidez enrevesada y caótica empeñada en conseguir la madre de todas las escenas espectaculares. Donde la primera fue sencillez y espectacularidad al mismo tiempo, las otras dos intentaron un "más difícil todavía" continuo, y si bien los fuegos artificiales fueron de órdago (todavía recuerdo la batalla final de "El el fin del mundo" como una de las más impresionantes que he visto en mi vida), estos no hacían más que eclipsar una historia con enormes lagunas y alargada en exceso: ojalá hubiesen realizado dos secuelas autoconclusivas en sí mismas, una segunda a mayor gloria de David Jones (personaje muy desaprovechado, en mi opinión) y una tercera centrada únicamente en los misterios de Oriente y el Fin del Mundo (como prometía en un principio).

Así que recibía la noticia de esta cuarta parte con mucha suspicacia. De entrada, la renovación del reparto ha sido casi total; después, la trama nos prometía un regreso a la sencillez inicial, a la aventura pura en forma de viejas leyendas marinas (sirenas, zombis y Barbanegra). Mis expectativas eran muy bajas, y me esperaba solo que me entretuviese durante dos horas y no me tratase demasiado como a un imbécil (¿cuántas veces habré dicho ya eso? Qué mal está el cine si mi único deseo es ese cuando voy a ver una superproducción).

Pues tal vez ha sido porque me esperaba muy poco, pero esta cuarta parte de la saga de los Piratas me ha gustado. Y sin tirar cohetes. Pero he de reconocerlo: lo han conseguido, han conseguido que recupere el interés.

Esta vez, la historia nos lleva a la búsqueda de la Fuente de la Juventud; españoles, ingleses y piratas emprenderán un viaje lleno de peligros hacia la vida eterna. Y, por supuesto, ahí está Jack Sparrow (tal y como anunciaba el final de la tercera parte), que en esta ocasión se las tendrá que ver con Angélica, un antiguo romance sedienta de ajustar cuentas.

Es un regreso en toda regla a la sencillez inicial. Y, si bien no es un regreso triunfal y completo, funciona. Tenemos mitología marina (sirenas, esta vez), la piratería, los escenarios paradisíacos, la búsqueda de un tesoro y el elemento sobrenatural propio de la franquicia (en esta ocasión el vudú y la magia negra, donde antes teníamos maldiciones de dioses paganos). Y no busquéis más que eso: no hay espectacularidad que ahogue el guión, aunque tampoco hay un guión lo suficientemente fuerte que sostenga a la película. La cuarta parte de Piratas del Caribe tiene solo su historia para seguir adelante.

¿Por qué? Pues porque el presupuesto es menor, porque se nota la crisis, y porque no pueden arriesgarse a cometer los errores pasados; en tiempos tan impredecibles para la taquilla como son estos, lo más sensato es no hipertrofiar la película que presentas, para evitar el descalabro económico. En Disney, han tomado una decisión que puede cabrear a quienes esperasen más entretenimiento, pero que a mí me ha parecido lo más lógico viendo los tiempos que corren: arriesgarse poco, apostar por recursos limitados sobre los que partir para un reinicio de la franquicia antes que ofrecer un producto exagerado que puede fallar; si fracasas, mejor con algo sencillo, ¿no? Y si lo que quieres es recuperar una saga a la que muchos daban por perdida, lo mejor es dar un paso pequeño pero seguro.

Así que en Piratas del Caribe: en mareas misteriosas no hay batallas marinas, no hay efectos especiales explosivos, no hay tramas enrevesadas. Se tienen que conformar con los pocos medios que poseen (dirección artística, escenarios, acción con "los pies más en la tierra" al contrario que en las entregas anteriores) y con la historia de búsqueda del tesoro, que es la que los sustenta. Es decir, es una película que solo se puede valer del entretenimiento más puro y del devenir del guión. Pues me vale. Como ya he dicho antes, es una vuelta a los orígenes, pero sin conseguir el perfecto entretenimiento que cabía esperar; no obstante, aplaudo tanto esa decisión como el hecho de que han acariciado el nivel de La maldición de la Perla Negra: porque En mareas misteriosas es aventura sin pretensiones, que es lo más importante, y, aunque no cautiva como aquella primera entrega, es tanto una película veraniega justita y a la que no se puede pedir más como una secuela digna de la saga y un reinicio de la misma prometedor. Casi podríamos decir que esta cuarta entrega es la "hermana pobre" de la saga: mucho más sencilla, pero con ganas de volver a las raíces que tan bien funcionaron en el pasado y que nunca se debieron abandonar en pos del efectismo grandilocuente pero vacío.

Salvo el resto, pues dentro de esa renovación de la saga tenemos un Johnny Depp que, lógicamente, demuestra por qué era el centro de atención de las entregas anteriores, en una interpretación que nos da lo que era de esperar: queda a decisión de cada uno si eso es bueno o no. Barbossa sigue ahí en manos del impagable Geoffrey Rush. Y, para nuestro alivio, los dos lastres de la trilogía anterior, Bloom y Knightley (que cumplieron en la primera entrega, pero en las dos siguientes eran una molestia) han desaparecido para dar paso a nuevas incorporaciones: una Penélope Cruz que, sorprendentemente, encaja, y una historia de romance entre un misionero y una sirena que recuerda en empalagosería (y en momentos ridículos, véase "Sirenia") a la de Will y Elisabeth (y que, roguemos, no regrese en una futura quinta parte). Ah, y Barbanegra, en manos de un Ian McShane que se lo tuvo que pasar en grande: es un personaje que, si bien no alcanza un nivel adecuado para ser memorable, es todo lo mínimo que espero de un villano de Piratas del Caribe: poderes sobrenaturales, excelente presencia y cierto "hijoputismo", si se me permite la expresión. Aparte dejo la ESPECTACULAR secuencia de las sirenas y la impresionante primera aparición de Barbanegra, momentos que me devuelven al espíritu original y puro de la saga: el entretenimiento espectacular sin más.

Por lo demás, le perdono que Zimmer solo cumpla, que Rob Marshall sea solo un director que se dedique a cumplir un contrato de manera totalmente impersonal (es una película sin rutinaria en la dirección, Marshall no es más que un "mandado" del estudio), un inicio demasiado apresurado y en el que se dan demasiadas cosas por sentadas (y con salidas ilógicas y cameos innecesarios, ya veréis por qué) y algunos agujeros, sin duda debidos a una falta de un pulido final al guión, que hacen que el ritmo de la película se resiente. Y señalo el detalle religioso-político muy leve que tiene la historia, que ya faltaba; estamos en el siglo XVIII, señores, y junto a la piratería, lo sobrenatural y la Compañía de las Indias tenemos a naciones que se mueven únicamente por asuntos de fe (y, sí, los españoles en esta película tenemos un papel muy acorde al que hemos realizado en toda la historia: llegar con orgullo, arrasar y marcharnos, jejeje).

En definitiva, a mí esta película me ha convencido, me ha gustado lo justo (sin echar cohetes). No tengo demasiadas cosas a su favor, pero tampoco en su contra. Y tengo ya ganas de ver la quinta. Han sentado unas bases terriblemente jugosas para una continuación muy potente: una vez veáis la película, comprobaréis que la quinta parte (que tendremos, pues esta está funcionando muy bien) promete muchísimo. Solo espero que no se dejen llevar por ellas y nos den una birria hipertrofiada, como la segunda y la tercera parte.

Jack Sparrow, señoras y señores, ha vuelto. Y, si bien su regreso no ha sido por la puerta grande, sí que lo hace con la cabeza bien alta; esperando, eso sí, que el siguiente paso sea mucho más impresionante que este, un tímido cuarto paso. El siguiente puede ser o algo colosal o derrumbarse por su propio peso. Crucemos los dedos, pues.

 

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THOR

Me quedo con la primera mitad; el resto es basura

AVISO: destripo la película.

Cuando llega a la cartelera una nueva película de superhéroes, los aficcionados estamos curados de espanto. En diez años hemos visto de todo, desde el esperpento más indefinible hasta el drama más profundo. Es un género que ha ido afianzándose con el paso de los años y que ha ganado, si no prestigio, atención por parte de grandes actores y directores. Y, seguramente, es el género que siempre podrá contar con el apoyo del público. Su supervivencia está asegurada.

Ahora, con tantos años de experiencia a su espalda, el género se atreve con propuestas más maduras o más ambiciosas. Para Marvel, su propuesta más grande será "Los Vengadores", que se estrenará el año que viene. Y ha estado preparando el camino hacia este gran evento por medio de películas que presenten a los personajes que compondrán el grupo: "Iron Man" y su secuela, "El increíble Hulk", esta "Thor" y "Capitán América" este verano.

Y ese es el límite en el que se mueve la película del dios del trueno, siguiente paso en el megaproyecto de Marvel. Seamos claros: ¿qué le puedes pedir a unas películas que están limitadas desde el mismo momento en el que su razón de ser está en dar pie a una película mayor, ante la que irremediablemente quedarán empequeñecidas? ¿Qué le exiges a una película que siempre mirará desde abajo a otra mucho mayor y en la que de verdad estará puesto todo el empeño del estudio Marvel? Tal vez ese sea el mayor escollo de Thor: creerse y mostrarse más humilde de lo que podría ser, verse muy limitada.

Porque, hablando en plata, Thor no deja de ser un prólogo más de un personaje con un destino cinematográfico futuro mucho mayor.

Me parece que estoy siendo demasiado duro. No es así. Como película de cómics, Thor cumple las expectativas mínimas y consigue lo que otras muchas no lograron: no molestar y ser digna. Aunque sea solo un proyecto de encargo con grandes nombres, una película destinada solo a hacer caja y a decirle al mundo que hay un superhéroe llamado Thor que aparecerá de nuevo el año que viene (como bien nos recuerdan los créditos finales del "film"). Aunque Branagh simplemente cumpla en la que es su primera superproducción (y realice una labor solvente, a pesar del molestísimo 3D, carente de definición). Aunque se mueva entre tópicos y situaciones ya vistas. A pesar de todo eso, es consciente de sus limitaciones e intenta superarlas; se queda a medias, pero su esfuerzo honra a una película simplemente correcta.

Empieza bien: sí, con situaciones manidas y personajes estereotipados que no pasan de ser "el padre sabio y anciano", "el héroe orgulloso y temerario desde niño" y "el hermano pequeño relegado al segundo puesto", pero precisamente por ello presenta unos personajes bien establecidos y que no necesitan desarrollos complejos. Desde el comienzo, sabemos que tenemos un héroe, un hermano en la sombra en el que no se puede confiar y un padre que intenta mediar entre ambos; no necesitamos más, todo queda bien dispuesto. Se vislumbra un drama familiar a partir de un triángulo al que dan base la estupenda labor de sus actores (qué decir de Hopkins; Hemsworth es una grata revelación que da la talla; Hiddlestone funciona bien como villano sibilino y traicionero).

Ya en el prólogo tenemos una trama establecida, un contexto asombroso (el diseño artístico y técnico de Asgard es precioso y, a pesar de los temores iniciales, encaja perfectamente) y una película que promete. Nos dan conflictos, sientan las bases para todo lo que queda de película. Y hay acción, y de la buena: ver a Thor dar golpes a diestro y siniestro es una gozada, es lo que de verdad quería ver. La violencia desatada y la magia de Asgard aparecen en todo su esplendor y consiguen atrapar al espectador.

Pero entonces comienza lo que es la trama principal de la película: el destierro de Thor. La historia se divide entonces entre una parte en la Tierra, en la que se nos narra el esfuerzo de Thor para volver a su hogar, y otra en Asgard, donde se intentan desarrollar los conflictor que ya estaban dispuestos en forma de revelaciones familiares y amenazas de guerra. ¿El problema? Que comienza a dejar de funcionar.

Porque la parte de la Tierra no cuaja. La verdad, me gustó la contraposición entre Asgard y la Tierra, en el sentido de que lo que en Asgard te parece completamente normal y asombroso, en cuanto lo trasladan a la Tierra se vuelve ridículo; como debe ser. Pero no necesito ver chistes cada dos por tres de cómo Thor no encaja en nuestro mundo, ni que la compañera científica esté soltando comentarios absurdos sin motivo; no necesito situaciones infantiles. Y tampoco a Portman: un personaje inútil, un estorbo, que se dedica únicamente a quejarse y a enamorarse perdidamente del gigante nórdico rubio y a convertir su bravuconería en empalagosería (y lo siento por Portman, porque hace lo que puede con un personaje más plano que un folio de papel, que no sirve para nada salvo ablandar al protagonista y dar el ¿necesario? contrapunto romántico en toda historia de superhéroes; y nada más). En el momento en el que confunden el heroísmo (que se supone que debía aprender Thor en su destierro) con poses a lo galán de cine, miradas perdidas, besos apasionados, los "mátame a mí en su lugar" a cámara lenta y amenazas a lo "voy a ir a por ella y la haré sufrir", algo está fallando: cuando confunden la humildad con servir platos con una sonrisa y un delantal puesto, la película se ha ido a tomar por saco.

Ante una película que no termina de funcionar en lo argumental, lo único que buscamos es lo que nos queda: acción, acción y más acción. Porque ahí está el Destructor, y Loki está haciendo de las suyas en Asgard (escalando posiciones, llevando a cabo un plan oculto que aún no se revela). Y aunque la cosa esté degenerando en la Tierra, aún podría solucionarse en el momento en el que Thor vuelva a su reino. Pero no es así. Nos prometen dos clímax: el primero es corto y frío, poco espectacular, así que depositas todas tus esperanzas en la típica batalla final de cómic entre el héroe (Thor) y el villano (Loki) que podría ser la madre de todas las batallas, que te deje pegado al asiento; de nuevo, gran decepción.

Al final, la Tierra acaba siendo un escenario de momentos cada vez más ridículos y giros forzados, y en Asgard todo lo que se había construido en un principio cae también en la mediocridad: nos quedamos sin villano, pues Loki, que prometía en un principio, revela un plan sin sentido y endeble, una amenaza que nunca se hace real (porque... ¿dónde queda la prometida guerra contra los gigantes de hielo?). Thor es una película con buenas bases sobre las que partir, que se acaba dividiendo en dos subtramas que podrían haberse aprovechado muchísimo más. Toda la parte final es mediocre, muy mediocre; aburre y no sorprende. Me quedo con la primera parte, en la que sí había acción, el humor no había caído aún en la vulgaridad, el romance aún prometía y se adivinaba un drama familiar potente; a partir de un momento en concreto, (el fracaso de Thor al querer recuperar su martillo, para ser más exactos), la película cae en picado: el romance se vuelve insufrible, el humor, tosco, la acción se da por perdida y el drama pierde sentido.

Para más INRI, el final, obviamente abierto, se deja llevar por lo sentimentaloide. No sé cómo sentirme ante esta película, que tiene sus cosas buenas, muy buenas, pero que acaba completamente perdida, como si los guionistas hubiesen perdido el control sobre la historia: no es tan sirvengüenza como Iron Man, por lo que no perdura, pero tiene un mejor punto de partida que, por ejemplo, El increíble Hulk. ¿Entonces? Entonces, bueno, me deja a medias. Vista en conjunto, no voy a ponerla a parir solo por su desenlace. Porque, por muy mediocre que sea, al final no me sentí insultado; simplemente, lo dejé estar. Tiene dos terceras partes de película que merecen la pena, satisfacen lo mínimo que se exige de este cine: buena historia, buena acción, buenas intenciones. Si luego justo en el final se les va de las manos, es una pena, pero todo lo anterior tiene lo que muchas películas de superhéroes intentan conseguir sin éxito: quedarse en la fórmula conocida pero despuntar pese a ello.

Thor ha podido ser mucho más, pero también mucho menos. No han dejado libertad absoluta; Thor está atada a Los Vengadores eso lo sabemos. Podrían haberse desmarcado un poco de esto, haber hecho una película más arriesgada, como parecía en un principio, sin salirse de sus limitaciones impuestas. Pero también podría haberse rendido y terminar siendo un fiasco absoluto desde el comienzo. Thor se queda a medio gas: no termina de ser valiente, de sacar su enorme potencial, pero tampoco se acobarda, no se convierte en un producto más; no tiene personalidad propia, pero tampoco es un calco vacío y plano.

A mí, visto el panorama del cine de suerhéroes, me vale. Thor no necesita desmarcarse y ser una película diferente y única, aunque un poco más de atrevimiento, pese a sus limitaciones, no le hubiese venido nada mal. Si quiero profundidad, ya me iré a X-men o El Caballero Oscuro; y si quiero diversión desenfadada, a Iron Man. Lo bueno es que, tras diez años, sé lo que me puedo esperar de cada nuevo estreno y, lo que es más importante, tengo variedad entre la que puedo elegir.

TOTAL:

PD: por cierto, curioso cameo y buena escena tras los créditos, poniéndonos los dientes largos para El Capitán América y Los Vengadores.

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