
Para mí, Tintín es uno de los cómics de mi infancia (y con infancia me refiero a los 6-8 años). Aquellos tebeos que leía como simples historias de aventuras (pero qué pedazo de historias) luego demostraron tener un trasfondo político-social tan profundo que no lo he ido descubriendo hasta hace muy poco; y aún me queda. Pero Tintín no es de mis favoritos por eso (lo que no quita que ese trasfondo político me parezca la principal razón de que sea un tebeo clave para la historia del cómic europeo y, me atrevo a decirlo, mundial); lo es porque sus aventuras me calaron muy hondo: historias exóticas y atractivas, personajes carismáticos, muchísimo humor... Tintín lo tenía todo. Y llevo esperando la prometida adaptación de Spielberg desde hace años, cuando se anunciaba para el 2006 y se fue retrasando año tras año hasta que, bajo la producción de Peter Jackson (en una de esas uniones cinematográficas explosivas) y tras problemas de financiación varios, ha llegado a nuestras pantallas. Y han tirado la casa por la ventana; no solo por el riesgo que supone el estreno en EEUU (que apenas conoce a Tintín), sino por los medios utilizados, siguiendo las últimas tecnologías. Solo por eso queda claro que Spielberg se ha dedicado con pasión, cariño y, sobre todo, muchísima confianza en este proyecto. Las aventuras de Tintín por fin están aquí, y a lo grande.
A priori, la animación por captura de movimientos elegida por Spielberg y Jackson me causaba rechazo. Es una tecnología que no ha llegado a despegar a pesar del esfuerzo de algunos, en especial Robert Zemeckis: aunque presenta muchas múltiples posibilidades, la captura de movimientos parecía destinada al olvido. Y no es para menos: centrándonos en Zemeckis (y aun sin haber visto Beowulf), Polar Express y Cuento de Navidad podían ser películas de encomiable acabado técnico, pero argumentalmente dejaban mucho (o muchísimo) que desear, y Zemeckis se obsesionaba demasiado con el efectismo barato y sin sentido para justificar los efectos en 3D; aparte, era una tecnología aún por depurar, que no acababa de pasar del límite de "monigotes inexpresivos y grimosos". No es de extrañar que sus múltiples propuestas, todas anunciadas como revolucionarias, se hayan saldado con sonoros fracasos en taquilla: el gigantesco batacazo de Marte necesita madres ha terminado por enterrar el sueño de Zemeckis; pues bien, ahora Zemeckis debe de estar tirándose de los pelos, preguntándose qué hizo mal.
Esas primeras impresiones mías no son nada buenas. Esta película no tiene nada que ver con los experimentos de Zemeckis. La diferencia está en que, en esta ocasión, detrás de esta tecnología ya dada por perdida se sitúa un profesional como Spielberg con el apoyo de una de las mejores y más innovadoras empresas de efectos especiales del momento: WETA. Detrás de Tintín han trabajado manos maestras a años luz de Zemeckis. Y se nota: el salto cualitativo es enorme.
Por fin, señores, podemos decir que la técnica evoluciona por buen camino. Los monigotes digitales aún siguen dando algo de grima, lo reconozco (en especial determinadas sonrisas de Tintín), y les falta un ligero pulido a la hora de transmitir sentimientos. Pero son minucias. Porque Spielberg viene a demostrar que no eligió rodar la película como animación por azar, sino porque es perfecta para la película: permite que todo sea posible, y, lo más importante, por eso mismo nos lo creemos (no como ocurría en las cintas de Astérix, donde los efectos resultaban demasiado paródicos junto a actores de carne y hueso); pero, al mismo tiempo, la tecnología de captura nos hace esa animación mucho más cercana porque otorga a los personajes un increíble acabado realista sin alejarse nunca que son caricaturas. Así, los de WETA se superan una vez más en este complicado reto: visualmente, Las aventuras de Tintín es una sorpresa detrás de otra; no solo porque por primera vez me crea a estos monigotes, sino también porque el realismo logrado en las texturas de los paisajes es sobrecogedor. ¡Y estamos hablando de una película que nunca pierde su faceta de cinta animada!
Así, marcando un hito al moverse con estilo sobre la temible cuerda floja entre la animación 3D (que ha evolucionado hasta lo más alto en la última década) y el cine de imagen real, Spielberg ha podido hacer lo que le ha venido en gana. Utiliza la tecnología y no al revés (ESA es la diferencia clave con Zemeckis): no es este un recital de efectos digitales maravillosos sin trasfondo alguno, sino que toda esa capacidad técnica le ha venido genial para conseguir una espectacularidad que no hubiese sido alcanzar de otro modo, y que supone un "plus" impagable a la fuerza implícita de esta historia de aventuras, y para filmar unos planos imposibles con total libertad de movimiento de cámara. Está desatado, y firma todo tipo de virguerías: solo degustad el flashback del relato del caballero de Hadoque o el colosal plano secuencia de Marruecos para daros cuenta de que Spielberg tiene auténtico cine corriendo por sus venas y que sabe mejor que ninguno cómo planificar el espectáculo de una escena regalándonos imágenes poderosísimas (la entrada del Unicornio en el desierto es mi favorita) y utilizando con sumo talento recursos narrativos (las transiciones entre el relato y la realidad, por ejemplo), dotando a toda la película de un ritmo perfecto. Todos las "manías" de Spielberg están aquí, y hacen de esta película una de las más reconocibles de su filmografía. No os extrañe, por tanto, recordar a Indiana Jones en más de una ocasión (sobre todo, cuando Tintín y Haddock llegar a Baggar). La acción puede ser exagerada, sí, pero sin salir ni del clasicismo propio de las historias originales de Tintín ni de su carácter caricaturesco como cómic que es.
Y os doy una buena noticia: es fiel al cómic. Logra unir con maestría las tramas de los tres cómics que han servido de principal inspiración (El secreto del Unicornio mayormente, elementos de El cangrejo de las pinzas de oro para presentar a Haddock y detalles de El tesoro de Rackham el Rojo) con los homenajes de rigor sin dejarse fagocitar por ellos (los créditos, el cameo de Hergé, los recortes de periódico en casa de Tintín y otros guiños sueltos). Y, lo más importante, respeta el espíritu de la obra de Hergé: su ingenuidad, su gusto por la aventura imposible, su detallismo (característica del dibujo de Hergé que encuentra su equivalente perfecto en Spielberg), sus paisajes exóticos, su plantel coral de personajes carismáticos... Tintín es el personaje moralista y cargante que también es en los cómics; es bueno al 100%, pero si hubiesen cambiado ese aspecto en la adaptación ya no tendríamos a Tintín en pantalla. Haddock es un divertidísimo y gamberro borracho, el eje carismático y argumental de la cinta. Hernández y Fernández funcionan como contrapunto cómico. Y Shakarine, villano nuevo pero resultado de la mezcla de varios personajes del cómic, es un buen antagonista, encontrando un equilibrio entre maldad y elegancia. No es momento para sacar de la chistera todo el mensaje de denuncia política que fue marca de Hergé durante muchos álbumes de la saga: si han escogido la historia del Unicornio es porque es la más "inofensiva" de todos los cómics, la que no tiene ninguna carga política y sí muchas dosis de aventura clásica: la aventura viene implícita, la acción ya la pone Spielberg.
Esta adaptación funciona porque se apoya en un guión hecho para el disfrute continuo: cada detalle funciona dentro del total de la película, y explica cada punto clave sin dejar nada al azar. La película comienza sin rodeos: presenta las situaciones y los personajes en unos pocos minutos y pasa a la acción enseguida pero de forma progresiva: de hecho, la película no despega definitivamente hasta que Haddock no aparece en escena y sus chistes y los gestos de un Andy Serkis completamente entregado a la caracterización digital de su personaje devoran por completo nuestra atención (y alivia lo encrespante que empezaba a ser Tintín). Y ahí, sin más, comienza el gran espectáculo, sin un momento de descanso. Estamos ante una película (comercial, al fin y al cabo), y este es un medio muy distinto al cómic: Spielberg y su equipo han tomado conciencia de ello y, por tanto, han realizado una de las mejores adaptaciones que recuerdo: el espíritu se mantiene pero se prepara con un llamativo envoltorio de entretenimiento típico de acción. Spielberg bebe del cómic pero no se deja dominar por él (impagable ese giro "realista" a los "pájaros en la cabeza"), y la película es rocambolesca e imposible cuando debe serlo porque se mueve en un universo rocambolesco e imposible, pero no se deja llevar por ello hasta la parodia. Las aventuras de Tintín está conducida con seriedad y con un gusto exquisito.
¿Puntos flacos? El final. Aunque fiel al cómic y coherente con el desarrollo de la película (es un enfrentamiento final y el esperado descubrimiento del tesoro), supone un bajón tras la brutal inyección de adrenalina de todo el nudo de la película (aproximadamente, desde la aparición de Haddock hasta el fin de toda la parte de Marruecos). Aparte, porque aquí a la película solo le queda una trama de venganza a través de los siglos que para mi gusto es la más floja del guión: no es necesaria; simplemente sirve de excusa para un enfrentamiento final cara a cara, pero una excusa es muy pobre cuando dicho enfrentamiento podría haberse producido sin ella. Y eso es un defecto importante en un guión calculado con tanto cuidado. La acción incluso se pasa de exagerada (esa pelea entre grúas, por favor). Y el desenlace, aunque fiel al cómic, deja un regusto soso. Igualmente, no nos libramos de algo de moralina marca de la casa (ese discursillo de Haddock a Tintín sobre el fracaso). Y me hubiese gustado que la efectiva banda sonora de Williams me hubiese dado un tema propio para Tintín que hubiese silbado alegremente al salir del cine: el maestro últimamente cumple, pero perdiéndose poco a poco.
Aun así, he de decir que he disfrutado mucho de Tintín, que no me la he podido quitar de la cabeza en estos días y que a medida que la recordaba lo hacía con una sonrisa cada vez más grande, valorándola aún más. Spielberg sí que ha realizado una auténtica revolución que, si me apuráis, quedará como referente de aquí a unos años: no perderá su calidad al mismo tiempo que su técnica envejecerá. Las expectativas se han visto cumplidas: el regreso de Spielberg a la aventura de verdad se ha saldado con una estupenda película que demuestra que el genio sigue vivo y en plena forma (y, por tanto, que Indiana Jones IV fue culpa de George Lucas; el Spielberg de Tintín tiene toda la energía que no mostró en el último Indy). Y, sinceramente, me han abierto el apetito de una segunda parte que puede ser aún mejor. Yo voto por El tesoro de Rackham el Rojo (¡y la aparición de Tornasol, al que eché de menos!), con elementos del binomio Las 7 bolas de cristal y El templo del Sol y, si me apuráis, introduciendo, aunque sea levemente, a Alcázar y Tapioca. ¿Demasiada ambición? Tal vez. Pero la ley de la "escalada" solo permite ir más arriba, y con esta pedazo de primera parte la que viene tendrá que ser casi colosal. Bueno. Yo ya deposité mi confianza con esta, y la prestaré de nuevo gustoso para la siguiente.
Las aventuras de Tintín por fin están aquí, y a lo grande.











