(Continúa del post anterior)

Los años noventa fueron cruciales en el campo de las "nuevas músicas". El término, muy vago, recoge infinidad de géneros que, en la forma, se alejaban de la música popular, y que en esta década recibieron una acogida tremenda. La música new age, la instrumental, la celta, el folk, la electrónica, el chill-out... todo sonaba a nuevo, aunque no lo fuese, y calaba por ello en el oyente; de ahí el nombre "nuevas músicas", pues a finales de los setenta y toda la década de los ochenta todos estos géneros destacaban entre un panorama dominado por el rock (entre todas sus variantes) y el synth-pop. Fue una eclosión de artistas que, por primera vez, podían hacerse famosos con una música diferente que, aun así, bebía de multitud de influencias (donde influyeron mucho la electrónica y la "world music"): Enya y su estilo único, Loreena McKennitt y su evolución hacia una música multicultural, Chris Spheeris y su vertiente tradicional, Karl Jenkins y su proyecto Adiemus, los inclasificables Dead Can Dance, Yanni como autor autodidacta, Himekami mezclando la tradición japonesa con la electrónica, Kitaro como representante multi-instrumental japonés, Michael Cretu y su proyecto Enigma como experto en el uso de samples... y otras decenas de artistas con mayor o menor fortuna.
Esta música calaba en el oyente y le envolvía en atmósferas atractivas gracias al uso de sugerentes juegos de sintetizadores, voces y multitud de instrumentos exóticos. Obviamente, solo unos pocos lograban el estrellato, pero por lo general esta música estaba de moda, y se ganó un público fiel que la consumía continuamente a través, primero, de circuitos de venta limitados, y luego, a medida que esta moda se fue consolidando, en grandes superficies comerciales. Fueron éxitos continuos; las "nuevas músicas" copaban anuncios de radio y televisión a lo largo de la década de los noventa, y compartían los primeros puestos de ventas junto a artistas del pop más comercial; incluso quienes no tuvieron esa suerte, se ganaron el calificativo de "músicos de culto" o tenían éxito en pequeñas discográficas especializadas en esta música que afloraron entonces (como las míticas Narada o Windham Hill).
Obviamente, en cuanto la comercialidad envenenó a las "nuevas músicas" estas comenzaron a caer y se convirtieron solo en una moda pasajera y, a la larga, molesta. Así, nos encontrábamos con decenas de artistas que creyeron que con cuatro efectismos baratos y algunos sonidos evocadores con "slow motion" eran artistas de éxito. Los álbumes de chill-out insustancial y de new age tramposo comenzaron a multiplicarse y el género se agotó rápido, fruto de la hartura de un público que se vio saturado. Lo que empezó siendo algo nuevo y llamativo acabó por convertirse en una música vacía, aburrida y falsamente exquisita. Y muchos de los antiguos artistas que estuvieron en lo más alto cayeron en multitud de vicios y se encasillaron en trabajos de poca calidad, perdiendo o desaprovechando su talento.
Casi todos los músicos de la época quisieron probar a aplicar a sus trabajos los sonidos y estilos de las "nuevas músicas", con mayor o menor fortuna. Entre ellos encontramos a Mike Oldfield; esta larga introducción sirve como explicación a por qué un genio de su categoría desaparece en apenas cinco años, entre una serie de discos en los que intentó explorar multitud de géneros sin tener en cuenta su personalidad y desperdiciando su talento. Con excepciones, claro está, pero ha de quedar claro que el Mike Oldfield de esta etapa ya no es el mismo que el de los 80: es un Oldfield acomodado, que no quiere demostrar nada a nadie ni tiene que hacerlo; un Oldfield asombrado por esa explosión de géneros y que se cree con capacidad de poder aportar su huella en cada uno de ellos. Y el talento nunca le ha faltado a Mike Oldfield, pero esta etapa necesitó de más experiencia y, sobre todo, muchísimas más ganas.

En 1994, Mike Oldfield sorprendió a todos al anunciar que iba a realizar su primer disco compuesto íntegramente con sonidos sintetizados y computerizados, empleando las últimas técnicas no solo sonoras sino también audiovisuales, e inspirándose en el libro de Arthur C. Clarke "Cánticos de la lejana Tierra". Así nació The Songs of Distant Earth, el álbum que rompió con todo el estilo de Oldfield de antaño; del rock sinfónico y multi-instrumental y el pop pasamos a la música electrónica. Fue un cambio tan brusco que dividió a los fans. Sin embargo, Mike estaba en uno de sus mejores momentos profesionales: Tubular Bells II y la posterior gira había sido un colosal éxito que le había devuelto a lo más alto; así que el músico de Reading pudo permitirse este capricho. El paso del tiempo ha confirmado a The Songs of Distant Earth como el capricho que ha salido mejor parado de todos los que realizó Mike Oldfield en esta etapa: es un disco que ha envejecido muy bien en el colectivo de fans de Oldfield, ya que, con mayor o menor fuerza, caló en él como pocos álbumes del inglés. Es un disco que llegó en el momento justo.
Y es que, tras el éxito de Tubular Bells II, el mundo esperaba expectante qué sería lo nuevo de Oldfield, de modo que The Songs of Distant Earth contaría con el apoyo mediático nada más salir a la venta. Fue el disco que afianzó a nuevas generaciones que habían descubierto a Oldfield dos años antes (no en vano, Tubular Bells II y este disco han iniciado a muchos en la música de Mike; yo incluido); fue, en este ambiente de "nuevas músicas", la mejor aportación que realizó un músico ya consagrado como Mike Oldfield a este género. Sin ser un disco perfecto, pero sí más que decente. En esta época, en la que los sonidos de las "nuevas músicas" copaban el mercado, los dos últimos trabajos de Mike fueron un éxito merecido y lógico, dadas las circunstancias.
Escuché este disco a los doce años. No puedo realizar una crítica demasiado objetiva de él: en una época en la que había escuchado poca música, este álbum de Oldfield fue para mí el descubrimiento de algo nuevo que me cautivó por completo. El evocador y absorbente comienzo (con In the Begginning y Let there be Light) es una maravilla, y Supernova no se queda atrás (aún se me ponen los pelos de punta cuando lo escucho). A partir de Magellan el disco comienza a decaer, y se convierte en música relajante con poco atractivo, música ambiental en el que los paisajes sonoros apenas cambian y Oldfield nos ofrece algunos detalles que otros grupos abordaron con mayor suerte (Enigma, en particular, experimentó con sonidos en los que claramente se inspiró Oldfield, pero consiguió discos más completos): guitarras ocasionales, coros gregorianos o tribales, pianos, sonidos espaciales, efectos de sonido naturales... No hay apenas progresión hasta que llegan The Chamber e Hibernaculum y logran aumentar ligeramente el interés. Tubular World es una reinterpretación de la melodía tubular, consiguiendo una nueva melodía muy pegadiza. The Shining Ones es una preciosa melodía muy pegadiza y agradable que nos lleva de nuevo a los sonidos relajantes con Crystal Clear. The Sunken Forest es un tema hipnótico, misterioso y tranquilo. Y el clímax lo encontramos con Ascension, una especie de remezca de los mejores momentos del disco a la que le falta un poquito más de épica, pero que no desmerece en absoluto. Finalmente, A New Beginning como curiosidad y correcto final al disco en el que Oldfield, sin ser maestro de la música electrónica, consiguió ofrecer un trabajo muy decente y que, para bien o para mal, envuelve a quien lo escucha y lo traslada a mundos espaciales al instante.

A partir de aquí, los tumbos de Mike son constantes. No consigo explicarme cómo después de años de buenos trabajos pudo crear algo como Voyager. Este disco, publicado en 1996, es otro resultado de la experimentación de Oldfield con la música que estaba de moda entonces y que tanto le había cautivado; solo que, esta vez, el resultado no fue nada bueno. Mike se trasladó a vivir a Ibiza y, bajo el pretexto de que por sus venas corría sangre irlandesa, decidió crear un disco de música celta (moda del momento). Pero si The Songs of Distant Earth fue un experimentado afortunado, Voyager no lo fue.
Porque no tiene perdón que, con un material tradicional y folclórico tan rico y complejo como el que utilizó para el disco (porque de los diez temas que lo componen casi todos son tradicionales del folk mal llamado "celta"), crease un trabajo tan aburrido e insustancial. Voyager no es más que un disco a lo new age, poco trabajado, anodino, carente de fuerza. The Song of the Sun es una versión de un tema de Luar Na Lubre (O son do ar), bajo el que palidece. Celtic Rain funciona como tema relajante, pero nada más. The Hero se salva, aunque no permanece, gracias a un clímax forzado aunque efectivo. Women of Ireland es innecesariamente largo y repetitivo. The Voyager es pegadizo, y tal vez por eso también se salva de la quema. No perdono el desastre que realiza con She Moves Through the Fair, uno de mis temas tradicionales irlandeses favoritos, en el que Mike no sabe aprovechar la fuerza subyacente a una melodía calmada y romántica como esta. Dark Island al menos no aburre, pero Mike introduce una improvisación entre medias que corta con un "fade" y que rompe con la progresión del tema. Wild Goose Flaps its Wings es un tema lento que encaja con la triste melancolía de la melodía, aunque le falta algo más de épica que la anodina guitarra de Mike no llega a imprimir. Flowers of the Forest es una despedida decente para lo flojo que es el disco; incluye voz, gaitas, piano y guitarras, es decir, todo lo necesario para finalizar un disco de música celta de forma previsible y por todo lo alto. Por último, Mount St. Michel, al que dejo aparte no solo por ser un tema orquestal, sino también porque es el mejor del disco: épico, poderoso, evocador, mágico. Da pena pensar lo que hubiese sido Voyager si Mike hubiese dedicado sobre los nueve temas restantes el mismo esfuerzo que con este último, si la belleza de este Mount St. Michel se hubiese repetido a lo largo de un disco terriblemente fallido.
Guitarras aburridas, sonido falso y efectista y repleto de ecos y atmósferas en apariencia relajantes pero en realidad asfixiantes, poco o nulo trabajo, autocomplaciencia. Uno de los discos de Mike Oldfield que menos me gustan. Cuenta con el atractivo de ser temas tradicionales, y eso ni siquiera Mike podía cargarse; eso sí, era la interpretación de los mismos lo que de verdad se valoraría, y ahí falló estrepitosamente. Voyager fue el disco que enseguida tuvo éxito y fue, sorprendentemente, bien acogido por los fans; hoy en día, está completamente desfasado y ha envejecido muy mal.

En 1997 Mike anunció, por sorpresa, una tercera parte de su famosa saga Tubular Bells. La noticia, sin duda, tuvo que sorprender: apenas cinco años antes la segunda parte había llegado a las tiendas, arrasando con las listas de éxitos. Mike, por entonces, aún conservaba el tirón que había recuperado a principios de los noventa. ¿Para qué una tercera parte? El tiempo nos dio la respuesta: para nada; en primer lugar, porque Tubular Bells III no es un Tubular Bells. Eso sí, se convirtió en un gran éxito, concierto en Londres incluido.
La estancia en Ibiza acabó afectando a Oldfield más de lo que podía imaginar. No solo a nivel personal (la fiesta ibicenca le hizo volver al alcohol y a algunas drogas, sufriendo incluso un accidente de coche), sino también musical: Ibiza le hizo conocer la música 'tecno'. Y, así, el Oldfield de los noventa da un paso adelante en esta etapa de continua experimentación: de la música electrónica a la celta-new age, y ahora un disco con algunos ritmos tecno que, por desgracia, recibió el título que nunca debió tener; Mike abandona, aunque no del todo, el camino de la música ambiental, e intenta retomar una música más viva, más fuerte. Tubular Bells III es un disco que no es hermano de los anteriores desde el momento en el que no sigue el esquema de estos; pero no es mal disco, en mi opinión, aunque el título le pesa mucho. Suelo dividirlo en tres partes: antes de la tormenta, la tormenta y después de la tormenta (basándome en los efectos de sonido que Mike introduce aquí y allá por todo el disco).
The Source of Secrets es una reinterpretación de la melodía tubular que no aporta nada; en ocasiones me gusta, en otras me produce indiferencia. The Watchfull Eye es un tema que no me dice absolutamente nada, más que nada porque es solo una transición relajante hacia Jewel in the Crown, pegadizo y correcto tema que es, sin duda, lo mejor de la primera parte del disco. A continuación, Outcast con un poderoso juego de guitarras eléctricas (aunque a siglos de los de los grandes Opus, que quedan muy atrás) y The Inner Child, un triste tema donde la gallega Rosa Cedrón deslumbra con su potente voz. Comienza la lluvia con el ecuador del disco en Man in the Rain, pegadizo y estupendo tema pop al estilo de los que Oldfield nos ofrecía en los ochenta (compuesto en realidad en aquella época), similar a Moonlight Shadow. La tormenta empieza con The Top of the Morning, con un piano desatado en un tema algo largo, pero que perdura. Moonwatch tampoco me dice nada, aunque veo un ligero toque Oldfield en el final. Y el clímax final que introduce Secrets (un refrito innecesario del primer tema) es Far Above the Clouds: sencillamente colosal; este sí es heredero de la saga Tubular Bells. Las campanas suenan con total fuerza, Oldfield se entrega a la guitarra como no había hecho en años y las percusiones (sampleadas de Ommadawn) rematan un conjunto magistral, una explosión de rabia y genialidad en un Mike que ya no tenía nada que ver con el joven de los 70 y los 80, pero que de vez en cuando nos podía sorprender con alguna joyita. Tubular Bells III, el disco que no mereció ese nombre, resulta, pues, entretenido de escuchar, con todas sus carencias: Mike podía haber dado más de sí.

Y 1999 quedó como el año en el que Mike Oldfield lo dio todo pero, a la vez, no ofreció lo que se esperaba. Al igual que en 1984, donde conjugó el lanzamiento de Discovery y su gira con la composición de la BSO de Los gritos del silencio, en 1999 aparecieron dos nuevos álbumes del músico inglés, que se embarcó además en una multitudinaria gira y en un concierto en Berlín para celebrar el final del milenio. Guitars fue el primero de estos dos álbumes. Ya el propio título lo indica todo: Mike se propuso realizar un curioso experimento que, a la larga, se ha convertido en uno de sus discos menos conocidos, en uno de sus trabajos menores, cuando ya desde el mismo concepto del mismo está destinado a ser un punto de referencia por su originalidad (la calidad es un asunto aparte); Guitars es un disco realizado única y exclusivamente con guitarras, incluso las pistas de percusión, que Mike consiguió manipulando el sonido de las cuerdas con programas de ordenador.
El talento de Mike a la guitarra se había perdido con los años. No es que sea un virtuoso en el sentido estricto de la palabra, pero sí que consiguió un sonido característico dentro de lo que es: un compositor multi-instrumental excepcional, que utilizaba la guitarra más como un medio de expresión de sentimientos e ideas que como herramienta con la que extraer solos enrevesados y retorcidos. Ese talento, como digo, ya no estaba, de modo que los excepcionales solos del pasado no se repiten en Guitars. Pero en Guitars Mike explora sus otras facetas: como productor (él solo se encarga de la producción del disco) y como compositor y creador de melodías. Y ahí es donde triunfa Guitars, aun con altibajos.
Guitars comienza con Muse, sin duda uno de los temas más bellos que Oldfield nos ha ofrecido actualmente: un tema acústico, repleto de sentimiento, y que da un inicio inmejorable al disco. Cochise, sin embargo, me deja algo frío: es una variación de la melodía de Jewel in the Crown, de Tubular Bells III, pero, aunque su acabado es potente, no termina de entusiasmarme; lo veo demasiado largo, algo sobrecargado y reiterativo. Embers es un experimento de música más ambiental, con una bonita melodía. Aunque Summit Day, el siguiente tema, tiene una estructura clásica de introducción, desarrollo y clímax fácil, no por ello deja de ser un tema apasionado, emocionante y precioso. Out of Sight me aburre ligeramente; no le veo un desarrollo interesante, ni garra ni originalidad. Lo mismo me ocurre con B. Blues; no dejan de resultarme temas tópicos, poco arriesgados y vacíos. Pero aunque Four Winds tampoco es una maravilla, sí lo pongo por encima de la media del disco porque me gusta mucho la mezcla entre los cuatro géneros con los que Mike experimenta (rock, blues, música oriental y música del Oeste). Enigmatism es otro tema en la línea ambiental, bonito sin más. Out of Mind es, sin duda, el mejor del disco: rock puro, una melodía terriblemente sencilla pero a la que MIke le extrae toda la fuerza posible con unas guitarras desbocadas y unas percusiones que, aunque falsas, suenan estupendamente. Y From the Ashes cierra el disco recuperando la melodía de Embers, aunque con variaciones curiosas.
Guitars, posiblemente uno de los álbumes más sencillos y personales de Mike, es también uno de los mejor recordados con el paso del tiempo: aunque no es un álbum remarcable, en general es un trabajo bueno y digno.

No puedo decir lo mismo de The Millennium Bell, su segundo álbum de 1999. Y es que, aunque creo que soy uno de los pocos defensores de este trabajo, he de reconocer que no es un buen disco. Efectivamente, The Millennium Bell ha sido, hasta hace poco, el disco peor considerado de Oldfield. Personalmente, lo escucho alguna que otra vez, y encuentro en él algunas cosas buenas. Pero, siendo objetivo, y, más aún, analizándolo desde una perspectiva más amplia dentro de la discografía de Oldfield, es un álbum enormemente limitado y mediocre, muy mediocre. Por gustarme, me gusta la portada, tan despreciada por los fans de Mike, aunque esa campana sobraba: y es que ese es el principal problema del álbum, el recuperar la campana tubular únicamente con fines comerciales. Ese, y que The Millennium Bell aqueja una falta de trabajo alarmante.
Y eso que la idea de partida, aunque arriesgada e imposible, era excepcional: realizar un recorrido a través de dos mil años de historia, explorando diferentes géneros musicales. Un proyecto colosal que hubiese requerido muchísimo más trabajo y una duración mucho mayor para abarcar tantísimo. Y eso que las ideas musicales de las que partía Mike eran buenas, y que un álbum de buena 'world music' de la mano de un compositor multi-instrumental tan original como él hubiese sido una auténtica maravilla si hubiese contado, además, con colaboradores de renombre. Pero Mike arrastraba unos terribles vicios desde hacía muchos años, y las prisas acabaron por hundir un trabajo que tenía que estar listo para el Concierto del Milenio de Berlín de la Nochevieja de 1999; un trabajo en el que la obsesión de Mike por el new age fue el mayor lastre y en el que los colaboradores, salvo excepciones puntuales, no supieron estar a la altura. Solo eso puede explicar que la demo de Saqsaywaman, título original para el disco, haya acabado siendo una rareza con una calidad mayor que el disco terminado (sin ser tampoco una maravilla); y si llegamos al punto de que una demo es mejor que el trabajo terminado, tenemos un problema.
Comenzamos con Peace on Earth, un agradable tema basado en el nacimiento de Cristo, muy blando, pero bonito al fin y al cabo. Continúa con Pacha Mama, un tema directamente heredero de la música world music tan de moda por entonces, que incluye percusiones étnicas, coros y muy tímidas guitarras. Santa Maria es, sin más, un aburridísimo plagio de la música de Vangelis para la película 1492. Sunlight Shining Through Cloud, tema que en un principio iba a ser un rap, es una canción con una fuerza contenida en memoria de la esclavitud y en la que Pepsi, cantante pop venida a menos y polémica colaboradora de Mike, por fin se encuentra cómoda al cantar un tema especialmente hecho para ella. The Doge's Palace, quitando las machaconas percusión, es un divertido tema de inspiración renacentista. Lake Constance es un tema puramente orquestal, que evoca el Romanticismo con acierto. Mastermind es un horror, un supuesto homenaje al crimen organizado de los años 20 que no pasa de ser un vergonzoso plagio de la música de James Bond. Broad Sunlit Uplands tal vez es mi tema favorito del disco: en recuerdo de la Segunda Guerra Mundial, Oldfield ofrece un tema orquestal repleto de dolor, con una armónica final que reproduce la melodía de Excalibur, tema dedicado a la leyenda artúrica que no pasó de la demo (decisión que los fans nunca hemos comprendido, porque se trataba de un poderoso tema que hubiese sido una maravilla con unos arreglos finales adecuados). Liberation recupera las percusiones de Amarok junto a fragmentos recitados del diario de Ana Frank y la guitarra de Oldfield, que, ¡sorpresa!, sonaba mejor en la demo; no es mal tema, pero pudo ser mejor. Amber Light es otro de los temas clave del disco: poderoso, fuerte, emotivo, descrito como un canto de esperanza hacia el futuro. Y concluye con The Millennium Bell, que, aunque en la demo ya iba a ser un tema de inspiración tecno ibicenca, en la versión final se convierte en un remix cutre de algunos momentos del disco de mano de un Dj venido a menos. Tal cual, como lo oyen. Al gran proyecto de Mike le faltaron épocas, estilos, inspiración, tiempo y trabajo, mucho trabajo. Una auténtica lástima: es el mejor caso en toda su discografía de buenas ideas que caen en saco roto.
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Fueron cinco intensos años, que marcaron definitivamente la deriva de Oldfield desde entonces hasta ahora. Mike Oldfield era ahora el músico que ya no tenía nada que demostrar a nadie, pero que de pronto había regresado a un estatus de estrella gracias al enorme éxito del Tubular Bells II y que quiso mantenerlo aupándose a las nuevas modas musicales. Sin embargo, aunque el talento de Mike seguía ahí, pronto se vio engullido por la autocomplaciencia, el ego crecido y el desconocimiento de lo que se quería imitar. No es cuestión de que Mike entrase en las nuevas músicas: The Songs of Distant Earth fue un comienzo prometedor después de todo. El problema está en que Mike Oldfield se acomoda en las nuevas tecnologías, pensando que ese talento le serviría para seguir en la cresta de la ola y seguir produciendo obras geniales. Y se equivocaba: no solo cayó en el olvido popular, sino que se perdió musicalmente.
A partir de aquí, el espíritu Oldfield se pierde, aunque podemos encontrar aún algunas puntadas. Aún había esperanza, sí, pero su carácter huidizo y maleable hizo un último y fortísimo estrago: la desidia. El genio de Reading acabaría perdiendo todo interés en la música. A partir de ahí, la pérdida de su talento sería irremediable.
(Continuará)









