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La Coctelera

Categoría: De todo un poco

Mike Oldfield: 1994-1999, irregulares experimentos

(Continúa del post anterior)

Los años noventa fueron cruciales en el campo de las "nuevas músicas". El término, muy vago, recoge infinidad de géneros que, en la forma, se alejaban de la música popular, y que en esta década recibieron una acogida tremenda. La música new age, la instrumental, la celta, el folk, la electrónica, el chill-out... todo sonaba a nuevo, aunque no lo fuese, y calaba por ello en el oyente; de ahí el nombre "nuevas músicas", pues a finales de los setenta y toda la década de los ochenta todos estos géneros destacaban entre un panorama dominado por el rock (entre todas sus variantes) y el synth-pop. Fue una eclosión de artistas que, por primera vez, podían hacerse famosos con una música diferente que, aun así, bebía de multitud de influencias (donde influyeron mucho la electrónica y la "world music"): Enya y su estilo único, Loreena McKennitt y su evolución hacia una música multicultural, Chris Spheeris y su vertiente tradicional, Karl Jenkins y su proyecto Adiemus, los inclasificables Dead Can Dance, Yanni como autor autodidacta, Himekami mezclando la tradición japonesa con la electrónica, Kitaro como representante multi-instrumental japonés, Michael Cretu y su proyecto Enigma como experto en el uso de samples... y otras decenas de artistas con mayor o menor fortuna.

Esta música calaba en el oyente y le envolvía en atmósferas atractivas gracias al uso de sugerentes juegos de sintetizadores, voces y multitud de instrumentos exóticos. Obviamente, solo unos pocos lograban el estrellato, pero por lo general esta música estaba de moda, y se ganó un público fiel que la consumía continuamente a través, primero, de circuitos de venta limitados, y luego, a medida que esta moda se fue consolidando, en grandes superficies comerciales. Fueron éxitos continuos; las "nuevas músicas" copaban anuncios de radio y televisión a lo largo de la década de los noventa, y compartían los primeros puestos de ventas junto a artistas del pop más comercial; incluso quienes no tuvieron esa suerte, se ganaron el calificativo de "músicos de culto" o tenían éxito en pequeñas discográficas especializadas en esta música que afloraron entonces (como las míticas Narada o Windham Hill).

Obviamente, en cuanto la comercialidad envenenó a las "nuevas músicas" estas comenzaron a caer y se convirtieron solo en una moda pasajera y, a la larga, molesta. Así, nos encontrábamos con decenas de artistas que creyeron que con cuatro efectismos baratos y algunos sonidos evocadores con "slow motion" eran artistas de éxito. Los álbumes de chill-out insustancial y de new age tramposo comenzaron a multiplicarse y el género se agotó rápido, fruto de la hartura de un público que se vio saturado. Lo que empezó siendo algo nuevo y llamativo acabó por convertirse en una música vacía, aburrida y falsamente exquisita. Y muchos de los antiguos artistas que estuvieron en lo más alto cayeron en multitud de vicios y se encasillaron en trabajos de poca calidad, perdiendo o desaprovechando su talento.

Casi todos los músicos de la época quisieron probar a aplicar a sus trabajos los sonidos y estilos de las "nuevas músicas", con mayor o menor fortuna. Entre ellos encontramos a Mike Oldfield; esta larga introducción sirve como explicación a por qué un genio de su categoría desaparece en apenas cinco años, entre una serie de discos en los que intentó explorar multitud de géneros sin tener en cuenta su personalidad y desperdiciando su talento. Con excepciones, claro está, pero ha de quedar claro que el Mike Oldfield de esta etapa ya no es el mismo que el de los 80: es un Oldfield acomodado, que no quiere demostrar nada a nadie ni tiene que hacerlo; un Oldfield asombrado por esa explosión de géneros y que se cree con capacidad de poder aportar su huella en cada uno de ellos. Y el talento nunca le ha faltado a Mike Oldfield, pero esta etapa necesitó de más experiencia y, sobre todo, muchísimas más ganas.

En 1994, Mike Oldfield sorprendió a todos al anunciar que iba a realizar su primer disco compuesto íntegramente con sonidos sintetizados y computerizados, empleando las últimas técnicas no solo sonoras sino también audiovisuales, e inspirándose en el libro de Arthur C. Clarke "Cánticos de la lejana Tierra". Así nació The Songs of Distant Earth, el álbum que rompió con todo el estilo de Oldfield de antaño; del rock sinfónico y multi-instrumental y el pop pasamos a la música electrónica. Fue un cambio tan brusco que dividió a los fans. Sin embargo, Mike estaba en uno de sus mejores momentos profesionales: Tubular Bells II y la posterior gira había sido un colosal éxito que le había devuelto a lo más alto; así que el músico de Reading pudo permitirse este capricho. El paso del tiempo ha confirmado a The Songs of Distant Earth como el capricho que ha salido mejor parado de todos los que realizó Mike Oldfield en esta etapa: es un disco que ha envejecido muy bien en el colectivo de fans de Oldfield, ya que, con mayor o menor fuerza, caló en él como pocos álbumes del inglés. Es un disco que llegó en el momento justo.

Y es que, tras el éxito de Tubular Bells II, el mundo esperaba expectante qué sería lo nuevo de Oldfield, de modo que The Songs of Distant Earth contaría con el apoyo mediático nada más salir a la venta. Fue el disco que afianzó a nuevas generaciones que habían descubierto a Oldfield dos años antes (no en vano, Tubular Bells II y este disco han iniciado a muchos en la música de Mike; yo incluido); fue, en este ambiente de "nuevas músicas", la mejor aportación que realizó un músico ya consagrado como Mike Oldfield a este género. Sin ser un disco perfecto, pero sí más que decente. En esta época, en la que los sonidos de las "nuevas músicas" copaban el mercado, los dos últimos trabajos de Mike fueron un éxito merecido y lógico, dadas las circunstancias.

Escuché este disco a los doce años. No puedo realizar una crítica demasiado objetiva de él: en una época en la que había escuchado poca música, este álbum de Oldfield fue para mí el descubrimiento de algo nuevo que me cautivó por completo. El evocador y absorbente comienzo (con In the Begginning y Let there be Light) es una maravilla, y Supernova no se queda atrás (aún se me ponen los pelos de punta cuando lo escucho). A partir de Magellan el disco comienza a decaer, y se convierte en música relajante con poco atractivo, música ambiental en el que los paisajes sonoros apenas cambian y Oldfield nos ofrece algunos detalles que otros grupos abordaron con mayor suerte (Enigma, en particular, experimentó con sonidos en los que claramente se inspiró Oldfield, pero consiguió discos más completos): guitarras ocasionales, coros gregorianos o tribales, pianos, sonidos espaciales, efectos de sonido naturales... No hay apenas progresión hasta que llegan The Chamber e Hibernaculum y logran aumentar ligeramente el interés. Tubular World es una reinterpretación de la melodía tubular, consiguiendo una nueva melodía muy pegadiza. The Shining Ones es una preciosa melodía muy pegadiza y agradable que nos lleva de nuevo a los sonidos relajantes con Crystal Clear. The Sunken Forest es un tema hipnótico, misterioso y tranquilo. Y el clímax lo encontramos con Ascension, una especie de remezca de los mejores momentos del disco a la que le falta un poquito más de épica, pero que no desmerece en absoluto. Finalmente, A New Beginning como curiosidad y correcto final al disco en el que Oldfield, sin ser maestro de la música electrónica, consiguió ofrecer un trabajo muy decente y que, para bien o para mal, envuelve a quien lo escucha y lo traslada a mundos espaciales al instante.

A partir de aquí, los tumbos de Mike son constantes. No consigo explicarme cómo después de años de buenos trabajos pudo crear algo como Voyager. Este disco, publicado en 1996, es otro resultado de la experimentación de Oldfield con la música que estaba de moda entonces y que tanto le había cautivado; solo que, esta vez, el resultado no fue nada bueno. Mike se trasladó a vivir a Ibiza y, bajo el pretexto de que por sus venas corría sangre irlandesa, decidió crear un disco de música celta (moda del momento). Pero si The Songs of Distant Earth fue un experimentado afortunado, Voyager no lo fue.

Porque no tiene perdón que, con un material tradicional y folclórico tan rico y complejo como el que utilizó para el disco (porque de los diez temas que lo componen casi todos son tradicionales del folk mal llamado "celta"), crease un trabajo tan aburrido e insustancial. Voyager no es más que un disco a lo new age, poco trabajado, anodino, carente de fuerza. The Song of the Sun es una versión de un tema de Luar Na Lubre (O son do ar), bajo el que palidece. Celtic Rain funciona como tema relajante, pero nada más. The Hero se salva, aunque no permanece, gracias a un clímax forzado aunque efectivo. Women of Ireland es innecesariamente largo y repetitivo. The Voyager es pegadizo, y tal vez por eso también se salva de la quema. No perdono el desastre que realiza con She Moves Through the Fair, uno de mis temas tradicionales irlandeses favoritos, en el que Mike no sabe aprovechar la fuerza subyacente a una melodía calmada y romántica como esta. Dark Island al menos no aburre, pero Mike introduce una improvisación entre medias que corta con un "fade" y que rompe con la progresión del tema. Wild Goose Flaps its Wings es un tema lento que encaja con la triste melancolía de la melodía, aunque le falta algo más de épica que la anodina guitarra de Mike no llega a imprimir. Flowers of the Forest es una despedida decente para lo flojo que es el disco; incluye voz, gaitas, piano y guitarras, es decir, todo lo necesario para finalizar un disco de música celta de forma previsible y por todo lo alto. Por último, Mount St. Michel, al que dejo aparte no solo por ser un tema orquestal, sino también porque es el mejor del disco: épico, poderoso, evocador, mágico. Da pena pensar lo que hubiese sido Voyager si Mike hubiese dedicado sobre los nueve temas restantes el mismo esfuerzo que con este último, si la belleza de este Mount St. Michel se hubiese repetido a lo largo de un disco terriblemente fallido.

Guitarras aburridas, sonido falso y efectista y repleto de ecos y atmósferas en apariencia relajantes pero en realidad asfixiantes, poco o nulo trabajo, autocomplaciencia. Uno de los discos de Mike Oldfield que menos me gustan. Cuenta con el atractivo de ser temas tradicionales, y eso ni siquiera Mike podía cargarse; eso sí, era la interpretación de los mismos lo que de verdad se valoraría, y ahí falló estrepitosamente. Voyager fue el disco que enseguida tuvo éxito y fue, sorprendentemente, bien acogido por los fans; hoy en día, está completamente desfasado y ha envejecido muy mal.

En 1997 Mike anunció, por sorpresa, una tercera parte de su famosa saga Tubular Bells. La noticia, sin duda, tuvo que sorprender: apenas cinco años antes la segunda parte había llegado a las tiendas, arrasando con las listas de éxitos. Mike, por entonces, aún conservaba el tirón que había recuperado a principios de los noventa. ¿Para qué una tercera parte? El tiempo nos dio la respuesta: para nada; en primer lugar, porque Tubular Bells III no es un Tubular Bells. Eso sí, se convirtió en un gran éxito, concierto en Londres incluido.

La estancia en Ibiza acabó afectando a Oldfield más de lo que podía imaginar. No solo a nivel personal (la fiesta ibicenca le hizo volver al alcohol y a algunas drogas, sufriendo incluso un accidente de coche), sino también musical: Ibiza le hizo conocer la música 'tecno'. Y, así, el Oldfield de los noventa da un paso adelante en esta etapa de continua experimentación: de la música electrónica a la celta-new age, y ahora un disco con algunos ritmos tecno que, por desgracia, recibió el título que nunca debió tener; Mike abandona, aunque no del todo, el camino de la música ambiental, e intenta retomar una música más viva, más fuerte. Tubular Bells III es un disco que no es hermano de los anteriores desde el momento en el que no sigue el esquema de estos; pero no es mal disco, en mi opinión, aunque el título le pesa mucho. Suelo dividirlo en tres partes: antes de la tormenta, la tormenta y después de la tormenta (basándome en los efectos de sonido que Mike introduce aquí y allá por todo el disco).

The Source of Secrets es una reinterpretación de la melodía tubular que no aporta nada; en ocasiones me gusta, en otras me produce indiferencia. The Watchfull Eye es un tema que no me dice absolutamente nada, más que nada porque es solo una transición relajante hacia Jewel in the Crown, pegadizo y correcto tema que es, sin duda, lo mejor de la primera parte del disco. A continuación, Outcast con un poderoso juego de guitarras eléctricas (aunque a siglos de los de los grandes Opus, que quedan muy atrás) y The Inner Child, un triste tema donde la gallega Rosa Cedrón deslumbra con su potente voz. Comienza la lluvia con el ecuador del disco en Man in the Rain, pegadizo y estupendo tema pop al estilo de los que Oldfield nos ofrecía en los ochenta (compuesto en realidad en aquella época), similar a Moonlight Shadow. La tormenta empieza con The Top of the Morning, con un piano desatado en un tema algo largo, pero que perdura. Moonwatch tampoco me dice nada, aunque veo un ligero toque Oldfield en el final. Y el clímax final que introduce Secrets (un refrito innecesario del primer tema) es Far Above the Clouds: sencillamente colosal; este sí es heredero de la saga Tubular Bells. Las campanas suenan con total fuerza, Oldfield se entrega a la guitarra como no había hecho en años y las percusiones (sampleadas de Ommadawn) rematan un conjunto magistral, una explosión de rabia y genialidad en un Mike que ya no tenía nada que ver con el joven de los 70 y los 80, pero que de vez en cuando nos podía sorprender con alguna joyita. Tubular Bells III, el disco que no mereció ese nombre, resulta, pues, entretenido de escuchar, con todas sus carencias: Mike podía haber dado más de sí.

Y 1999 quedó como el año en el que Mike Oldfield lo dio todo pero, a la vez, no ofreció lo que se esperaba. Al igual que en 1984, donde conjugó el lanzamiento de Discovery y su gira con la composición de la BSO de Los gritos del silencio, en 1999 aparecieron dos nuevos álbumes del músico inglés, que se embarcó además en una multitudinaria gira y en un concierto en Berlín para celebrar el final del milenio. Guitars fue el primero de estos dos álbumes. Ya el propio título lo indica todo: Mike se propuso realizar un curioso experimento que, a la larga, se ha convertido en uno de sus discos menos conocidos, en uno de sus trabajos menores, cuando ya desde el mismo concepto del mismo está destinado a ser un punto de referencia por su originalidad (la calidad es un asunto aparte); Guitars es un disco realizado única y exclusivamente con guitarras, incluso las pistas de percusión, que Mike consiguió manipulando el sonido de las cuerdas con programas de ordenador.

El talento de Mike a la guitarra se había perdido con los años. No es que sea un virtuoso en el sentido estricto de la palabra, pero sí que consiguió un sonido característico dentro de lo que es: un compositor multi-instrumental excepcional, que utilizaba la guitarra más como un medio de expresión de sentimientos e ideas que como herramienta con la que extraer solos enrevesados y retorcidos. Ese talento, como digo, ya no estaba, de modo que los excepcionales solos del pasado no se repiten en Guitars. Pero en Guitars Mike explora sus otras facetas: como productor (él solo se encarga de la producción del disco) y como compositor y creador de melodías. Y ahí es donde triunfa Guitars, aun con altibajos.

Guitars comienza con Muse, sin duda uno de los temas más bellos que Oldfield nos ha ofrecido actualmente: un tema acústico, repleto de sentimiento, y que da un inicio inmejorable al disco. Cochise, sin embargo, me deja algo frío: es una variación de la melodía de Jewel in the Crown, de Tubular Bells III, pero, aunque su acabado es potente, no termina de entusiasmarme; lo veo demasiado largo, algo sobrecargado y reiterativo. Embers es un experimento de música más ambiental, con una bonita melodía. Aunque Summit Day, el siguiente tema, tiene una estructura clásica de introducción, desarrollo y clímax fácil, no por ello deja de ser un tema apasionado, emocionante y precioso. Out of Sight me aburre ligeramente; no le veo un desarrollo interesante, ni garra ni originalidad. Lo mismo me ocurre con B. Blues; no dejan de resultarme temas tópicos, poco arriesgados y vacíos. Pero aunque Four Winds tampoco es una maravilla, sí lo pongo por encima de la media del disco porque me gusta mucho la mezcla entre los cuatro géneros con los que Mike experimenta (rock, blues, música oriental y música del Oeste). Enigmatism es otro tema en la línea ambiental, bonito sin más. Out of Mind es, sin duda, el mejor del disco: rock puro, una melodía terriblemente sencilla pero a la que MIke le extrae toda la fuerza posible con unas guitarras desbocadas y unas percusiones que, aunque falsas, suenan estupendamente. Y From the Ashes cierra el disco recuperando la melodía de Embers, aunque con variaciones curiosas.

Guitars, posiblemente uno de los álbumes más sencillos y personales de Mike, es también uno de los mejor recordados con el paso del tiempo: aunque no es un álbum remarcable, en general es un trabajo bueno y digno.

No puedo decir lo mismo de The Millennium Bell, su segundo álbum de 1999. Y es que, aunque creo que soy uno de los pocos defensores de este trabajo, he de reconocer que no es un buen disco. Efectivamente, The Millennium Bell ha sido, hasta hace poco, el disco peor considerado de Oldfield. Personalmente, lo escucho alguna que otra vez, y encuentro en él algunas cosas buenas. Pero, siendo objetivo, y, más aún, analizándolo desde una perspectiva más amplia dentro de la discografía de Oldfield, es un álbum enormemente limitado y mediocre, muy mediocre. Por gustarme, me gusta la portada, tan despreciada por los fans de Mike, aunque esa campana sobraba: y es que ese es el principal problema del álbum, el recuperar la campana tubular únicamente con fines comerciales. Ese, y que The Millennium Bell aqueja una falta de trabajo alarmante.

Y eso que la idea de partida, aunque arriesgada e imposible, era excepcional: realizar un recorrido a través de dos mil años de historia, explorando diferentes géneros musicales. Un proyecto colosal que hubiese requerido muchísimo más trabajo y una duración mucho mayor para abarcar tantísimo. Y eso que las ideas musicales de las que partía Mike eran buenas, y que un álbum de buena 'world music' de la mano de un compositor multi-instrumental tan original como él hubiese sido una auténtica maravilla si hubiese contado, además, con colaboradores de renombre. Pero Mike arrastraba unos terribles vicios desde hacía muchos años, y las prisas acabaron por hundir un trabajo que tenía que estar listo para el Concierto del Milenio de Berlín de la Nochevieja de 1999; un trabajo en el que la obsesión de Mike por el new age fue el mayor lastre y en el que los colaboradores, salvo excepciones puntuales, no supieron estar a la altura. Solo eso puede explicar que la demo de Saqsaywaman, título original para el disco, haya acabado siendo una rareza con una calidad mayor que el disco terminado (sin ser tampoco una maravilla); y si llegamos al punto de que una demo es mejor que el trabajo terminado, tenemos un problema.

Comenzamos con Peace on Earth,  un agradable tema basado en el nacimiento de Cristo, muy blando, pero bonito al fin y al cabo. Continúa con Pacha Mama, un tema directamente heredero de la música world music tan de moda por entonces, que incluye percusiones étnicas, coros y muy tímidas guitarras. Santa Maria es, sin más, un aburridísimo plagio de la música de Vangelis para la película 1492. Sunlight Shining Through Cloud, tema que en un principio iba a ser un rap, es una canción con una fuerza contenida en memoria de la esclavitud y en la que Pepsi, cantante pop venida a menos y polémica colaboradora de Mike, por fin se encuentra cómoda al cantar un tema especialmente hecho para ella. The Doge's Palace, quitando las machaconas percusión, es un divertido tema de inspiración renacentista. Lake Constance es un tema puramente orquestal, que evoca el Romanticismo con acierto. Mastermind es un horror, un supuesto homenaje al crimen organizado de los años 20 que no pasa de ser un vergonzoso plagio de la música de James Bond. Broad Sunlit Uplands tal vez es mi tema favorito del disco: en recuerdo de la Segunda Guerra Mundial, Oldfield ofrece un tema orquestal repleto de dolor, con una armónica final que reproduce la melodía de Excalibur, tema dedicado a la leyenda artúrica que no pasó de la demo (decisión que los fans nunca hemos comprendido, porque se trataba de un poderoso tema que hubiese sido una maravilla con unos arreglos finales adecuados). Liberation recupera las percusiones de Amarok junto a fragmentos recitados del diario de Ana Frank y la guitarra de Oldfield, que, ¡sorpresa!, sonaba mejor en la demo; no es mal tema, pero pudo ser mejor. Amber Light es otro de los temas clave del disco: poderoso, fuerte, emotivo, descrito como un canto de esperanza hacia el futuro. Y concluye con The Millennium Bell, que, aunque en la demo ya iba a ser un tema de inspiración tecno ibicenca, en la versión final se convierte en un remix cutre de algunos momentos del disco de mano de un Dj venido a menos. Tal cual, como lo oyen. Al gran proyecto de Mike le faltaron épocas, estilos, inspiración, tiempo y trabajo, mucho trabajo. Una auténtica lástima: es el mejor caso en toda su discografía de buenas ideas que caen en saco roto.

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Fueron cinco intensos años, que marcaron definitivamente la deriva de Oldfield desde entonces hasta ahora. Mike Oldfield era ahora el músico que ya no tenía nada que demostrar a nadie, pero que de pronto había regresado a un estatus de estrella gracias al enorme éxito del Tubular Bells II y que quiso mantenerlo aupándose a las nuevas modas musicales. Sin embargo, aunque el talento de Mike seguía ahí, pronto se vio engullido por la autocomplaciencia, el ego crecido y el desconocimiento de lo que se quería imitar. No es cuestión de que Mike entrase en las nuevas músicas: The Songs of Distant Earth fue un comienzo prometedor después de todo. El problema está en que Mike Oldfield se acomoda en las nuevas tecnologías, pensando que ese talento le serviría para seguir en la cresta de la ola y seguir produciendo obras geniales. Y se equivocaba: no solo cayó en el olvido popular, sino que se perdió musicalmente.

A partir de aquí, el espíritu Oldfield se pierde, aunque podemos encontrar aún algunas puntadas. Aún había esperanza, sí, pero su carácter huidizo y maleable hizo un último y fortísimo estrago: la desidia. El genio de Reading acabaría perdiendo todo interés en la música. A partir de ahí, la pérdida de su talento sería irremediable.

(Continuará)

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Hoy recomiendo... "Sultans of Swing"

O "cómo me rendí definitivamente ante Mark Knopfler y Dire Straits".

La primera vez que escuché este temazo (para algo os enlazo la versión en directo del LP Alchemy; es infinitamente mejor que el ya de por sí clásico de estudio) no podía dar crédito a lo que estaba oyendo: disfruté todos y cada uno de sus casi once minutos de puro placer musical, un clímax que me dejó paralizado en la silla mientras que el tema seguía con más y más fuerza, sin darme un segundo de respiro. Y descubrí a uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos, capaz de ponerme los pelos de punta con esos maravillosos punteos que alcanzaban cotas imposibles. Aquello que estaba escuchando no podía ser real, pero por fortuna lo era.

Como solo puede conseguir la música: fascinarme, emocionarme, capturarme durante el tiempo que sea necesario con sonidos que no parecen de este mundo. Maravillarme.

Hoy, esa sensación ya no la puedo repetir. Lo que no quita que siga disfrutando como un enano del fabuloso virtuosismo de Knopfler.

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Bueno, ya 19

Con una tarta muy especial, propia de mi quinta (Tubular Bells II fue publicado en 1992) y de mi músico favorito, Mike Oldfield.

Gracias a todos. Sois los que conseguís que los cumpleaños sean especiales.

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Mike Oldfield: 1990-1992, resurrección

(Continúa del post anterior)

A finales de los 80 nada apuntaba que Mike volviese a los niveles de genialidad de sus primeros años, aquellos en los que la música era el vehículo en el que expresaba sus problemas, su ansia de librarse de ellos, su búsqueda constante de paz y estabilidad (y no solo en lo personal, sino también en lo musical). Al contrario, Mike parecía haberse domesticado; su compleja personalidad no había desaparecido, pero su obra se volvía cada vez más mecánica. Si Five Miles Out y Crises eran sus primeros discos puramente pop y el resultado había sido mucho más que bueno, pronto se acomodó en ese camino y sus siguientes trabajos, pese a que podían tener calidad, no llegaban ni por asomo a los niveles de riesgo, imaginación y curiosidad de antes. El Mike Oldfield que entraba en el pop experimentando con nuevas herramientas, colaborando con decenas de músicos y encerrándose durante días enteros en el estudio se perdía en experimentos insustanciales y en discos cuya calidad descendía progresivamente.

Tal vez fueron las ya mencionadas presiones de Virgin por la comercialidad: Mike era un músico al que le habían atado las alas, que se había quedado estancado un estilo sobre el que había depositado toda su creatividad y del que no le dejaban salir. No hay peor sensación que el querer seguir adelante con todas tus fuerzas y que te lo impidan continuamente. Quizás Mike quería un último instante de creatividad, poder hacer lo que quisiese; poder vivir de la música como antes de nuevo. El repaso por la discografía de Mike nos hace ver que nunca se adecuaba a un estilo propio, que su obra sigue un recorrido tal vez caprichoso e impredecible, pero que a cada nueva innovación le ponía todo su entusiasmo; su entrada en la música pop parecía no tener salida, tal vez incluso no le daban oportunidad para que la dejase. Echando un vistazo hacia adelante (hacia un futuro que comentaré próximamente), creo que esta impotencia acabó haciendo mella en Oldfield de tal manera que cambió su concepción de la música.

No tuvo que ser por voluntad propia; si no, no se explica la etapa que hoy toca comentar, y que muestra la última explosión de creatividad de Mike Oldfield. Con muchísima mala leche, eso sí.

En 1989, Mike anunciaba donde podía que su siguiente álbum volvería a ser instrumental, como sus antiguos trabajos. Se remontaba pues a obras que se habían convertido ya en legendarias, los grandes Opus de los años 70. Supongo que la expectación tuvo que ser enorme, aunque cargada de cierto recelo; un regreso a su género por excelencia no auguraba un trabajo excelente, teniendo en cuenta que el genio de Oldfield se había diluido y no se percibía desde, por lo menos, Crises; y ya había pasado mucho tiempo. Sin embargo, Mike rompió todas las expectativas: al enfant terrible todavía le quedaba algo que decir, tras demasiados años imposibilitado de poder hacer la música que llevaba en las venas, necesitado de firmar un trabajo tan arriesgado y exagerado que solo se puede calificar de "maravilloso accidente": Amarok.

Porque Amarok (1990), desde su propia concepción, solo puede ser pura música. Y entendiendo música como creatividad pura, sin atender a mecanismos formales o estructuras preconcebidas. Amarok es una única pista de música de 60 minutos en la que Mike deposita todo lo que tenía dentro: es un collage de decenas de ideas sueltas, melodías muy sencillas, algunas de las cuales se remontaban a su infancia; es una obra salvaje,brutal, que no ofrece ningún descanso; es una burla continua hacia Virgin y su actitud comercial; es un regreso a sus raíces progresivas; y es, finalmente, su mayor testamento.

No se debe buscar coherencia en el que, para mí, es el mejor disco de Oldfield, y, a la vez, el más arriesgado, el más sujeto a opiniones extremistas (tardé mucho en catarlo, y a cada escucha encuentro nuevos detalles que lo enriquecen todavía más) de amor/odio, y, ante tanto riesgo, pudo haber salido muy mal la jugada: Amarok contiene pequeñas melodías que Mike rescata de los recovecos de su memoria, un "baúl" de retazos mezclados de manera caótica. Pero es que Amarok funciona dentro de ese caos, es su sello de personalidad; y tiene una especie de "orden dentro del caos", por así decirlo. Sus sesenta minutos pasan de una sorpresa a otra, con pequeños descansos entre medias, llevando al oyente a través de todo tipo de estilos musicales (música africana, flamenco, progresivo, folk...), todo tipo de instrumentos y sonidos (voces, cógidos morse, ¡incluso jugueteso utensilios domésticos!) y multitud de molestos ruidos (colocados para que Virgin no pudiese comercializar singles del disco); Amarok se convierte, así, en una odisea, no apta para todos los gustos.

Es el primer paso, además, de su ofensa hacia Virgin; cuando anunció que su siguiente álbum sería instrumental, Mike fue presionado por la discográfica para que lo titulase Tubular Bells II. Mike se negó. Amarok es un disco completamente anti-comercial, creado para incordiar a Branson y compañía, en el que Mike hacía lo que le daba la gana. Obviamente, fue un fracaso comercial, pero los cortes instrumentales imposibles de vender y los insultos a Branson en código morse ya permanecían para siempre grabados en el vinilo.

En 1990 Mike ya era un músico maduro. La rabia que dio forma a Amarok era muy distinta a la que parió los Opus de los 70. Esto es fundamental, desde mi punto de vista, pues son discos hermanos y, a la vez, muy diferentes. La capacidad de innovación y la frescura de los grandes Opus responde a una época y a una personalidad muy determinadas que no se podían repetir más de diez años después. Pero Amarok está a la misma altura que sus hermanos mayores, e incluso los supera, en cuanto a complejidad técnica e instrumental. Mike nunca realizó, antes o después, un trabajo más complicado (él mismo lo ha reconocido en entrevistas); fue una labor de producción y composición frenética, que le reunió con sus colaboradores de los años 70 y con la música completamente instrumental: con estar horas en un estudio de grabación, manejando decenas de instrumentos, creando continuamente, intentando cohesionar semejante caos, y actuando como un auténtico relojero en su obra de orfebrería, tanto en la composición como en el ensamblaje de las piezas. Mike volvía a sus raíces, a la música que le vio nacer: al progresivo.

Y así Amarok se convirtió en su obra maestra. Aunque melódicamente tengan mayor coherencia y fuerza sus primeros álbumes, e incluso otros de la década de los 80 (que parece que ignoro, cuando los hay excelentes), la importancia de Amarok está en el legado que dejó: en el esfuerzo titánico de un músico que llevaba mucho tiempo callado, almacenando recuerdos e ideas de diversa índole e interés por todo tipo de estilos musicales (como había hecho de joven) que no había podido poner en práctica durante todo ese tiempo, y que ya estaba harto; y, así, se convirtió en un alegato de rebeldía y genialidad, pura genialidad. Amarok se escapa a todas las etiquetas aplicables a la discografía de Mike Oldfield: es el hijo rebelde, el hijo feo que se apartó del camino, pero que por ello alcanzó la gloria. Ahora, veinte años después, el tiempo le ha colocado entre los mejores álbumes del genio de Reading. O entre los peores. Como todas las obras maestras, es una obra controvertida. Y nunca después Mike firmó algo similar; ni siquiera se acercó, pues no volvió a arriesgarse de la misma manera.

Con Heaven's Open (1991) continúa lo que algunos llaman una especie de "trilogía de la venganza". Yo también comparto esa opinión; los tres álbumes que hoy analizo suponen un punto y aparte en la carrera de Mike, y no siguen ningún camino estilístico que los agrupe o que los relacione con otros trabajos anteriores de Oldfield (aunque Amarok se relacione con el progresivo de los 70, va por derroteros distintos): son tres discos que se engloban, eso sí, bajo un mismo tema, que no es otro que la frustración y el ataque contra Virgin. Tanto Amarok como Heaven's Open y Tubular Bells II, a continuación, son álbumes distintos, de transición, que demuestran que Mike tenía aún mucho que decir, y que suponen sus últimas chispas de talento. Toman conceptos de toda su carrera anterior y los reinventan, tanto obteniendo buenos resultados (o excelentes) como mofándose de ellos: Mike mira a su pasado para finalizar los que han sido los mejores años de su vida, artísticamente hablando.

Heaven's Open es el último disco de Mike Oldfield (Michael Oldfield, en la primera y última vez que utiliza su nombre completo para firmar su obra, algo que ya quería hacer con Tubular Bells en el 73; otro modo de cerrar el círculo) en la casa Virgin. Acababan 18 años en una discográfica que le había acogido en un principio, pero que en los últimos años le había traído enormes quebraderos de caberza. En este álbum, uno de los más odiados entre los fans, Mike toma la estructura de sus álbumes pop pero ofrece un trabajo realizado con prisas y aquejado de falta de ganas, con el que buscó finalizar cuanto antes su contrato: paradójicamente, parece que si Mike actúa con tanta mala leche acaba realizando discos distintos y originales, porque, a diferencia de lo que muchos opinan, a mí Heaven's Open me parece un álbum decente.

No es ninguna maravilla, por supuesto. Tenemos cinco canciones y un instrumental. Mike es la única voz solista, cantando por primera y última vez en toda su discografía (su voz, eso sí, ya había aparecido como coro o en On Horseback, pero nunca cantando en solitario); y no, no se puede decir que cante bien. Pero es una curiosidad peculiar; precisamente, ese es el adjetivo que mejor podría aplicar a Heaven's Open: peculiar. Cómo suena, lo divertido que se hace escucharlo, la indudable garra que tiene el inicio con Make Make, la energía de No Dream, la divertida burla hacia Branson en Mr. Shame, el fallido pero entretenido experimento "reggae" en Gimme Back, y la joya del álbum con el electrizante Heaven's Open -única gran canción del disco; de hecho, la primera vez que la escuché me quedé con que sonaba bien y que la voz, aunque mala, se hacía irresistible y no se iba de la cabeza-. El instrumental, Music from the balcony, es flojo, muy flojo: una sucesión de ruidos y efectos de sonido con poca calidad artística, aunque, paradójicamente, el desenlace me parece realmente estupendo, un cierre a 18 años que evoca esperanza y libertad. Y es que Heaven's Open no es más que el disco que le abrió la libertad a Mike, y ello se refleja tanto en su música, que Mike realizó como quiso, como en la portada y el título, que evocan espacios abiertos, paraísos, donde volar sin cadenas.

Terminaba el largo período en Virgin. Mike fichaba por Warner, comenzando una nueva etapa que prometía una mayor libertad creativa; Warner, sabiendo el potencial que podría tener Mike en sus filas, se esforzó por convertirlo de nuevo en un músico súperventas de éxito, una marca comercial. Y el mejor modo de conseguirlo era fomentando el proyecto que Mike les ofreció al entrar: la segunda parte de su mítica opera prima, Tubular Bells II.

Sería un éxito seguro. Mike finalizaba esa "trilogía de la venganza", al componer nada más llegar a la "competencia" el álbum que Branson tanto le había suplicado. Y es que una secuela de un álbum mítico era un apuesta segura que podía fallar estrepitosamente o triunfar. Por suerte, Tubular Bells II no solo fue uno de los grandes éxitos de 1992, sino que devolvió a Mike al podio del panorama musical, cual músico consagrado que demostraba su talento tras años oculto para las masas -de hecho, este fue el álbum con el que las nuevas generaciones de entonces conocieron a Oldfield-, y nos demostró que las segundas partes no tienen por qué ser malas. Tubular Bells II fue el primer disco que escuché de Mike Oldfield, y el que consiguió que me iniciase en su música: simplemente imaginad el efecto que causa en un niño de 12 años un álbum completamente instrumental tan fascinante como es Tubular Bells II.

Es un trabajo que sabe que hereda el título y estilo de una obra maestra ya mítica por entonces, y contra ese prestigio conseguido durante veinte años poco podía hacer. Pero por ello mismo no se dedica a copiarlo. Tubular Bells II suena a Tubular Bells, pero con un estilo completamente distinto, fruto tanto de los nuevos tiempos como del talento adquirido por Mike tras tantos años. Así, Tubular Bells II reinventa el original; su sonido es más sintetizado y no se arriesga demasiado. Pero, en conjunto, es un disco muy elegante, entretenido, repleto de optimismo; en todo momento notamos cuánto tuvo que disfrutar Mike del proceso de creación, componiendo por puro gusto y transmitiéndonoslo a través de 14 pistas entre las que destaco Sentinel, que evoca a la clásica melodía tubular pero completamente rediseñada; The Bell, una nueva aparición del maestro de ceremonias solemne y épica en su tramo final; Tatoo, con especial protagonismo de las gaitas escocesas; Altered State, divertidísimo y noventero sinsentido; y Moonshine, una canción con aires de granja del Oeste.

Preciosas melodías -pegadizas, comerciales y no por ello desechables, sino todo lo contrario- para un disco con el que Mike regresaba por todo lo alto, tanto comercial como artísticamente.

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Comenzaba la era Warner y, con ella, una etapa difícil de clasificar. Mike, desde este momento, ya no volvió a ser el mismo, y se dejó llevar por numerosas manías y estilos en los que no cuadraba. El Mike genio se agotaba muy rápido, dejándonos como su testamento esta trilogía; esta trilogía difícil de clasificar, que reinventaba su carrera anterior a la vez que bebía de ella, ofreciéndonos tres trabajos en los que, esta vez sí, explotaba su creatividad y hacía lo que quería, para disfrute tanto suyo como nuestro. Una resurrección, tras años anodinos, que, paradójicamente, se convirtió en la última muestra de su talento.

(Continuará).

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Feliz 2011 a todos

Otro año que acaba. La misma rutina otro año más. Por supuesto, cada año es distinto al anterior y al siguiente: un año puede significar el cambio de todo tu mundo, la llegada de nuevas experiencias que transformen (y trastoquen) tu vida y tus convincciones. En un año tu vida puede cambiar por completo.

Hace un año no podía ni imaginar todo lo que me ha pasado este año. Hay miedo a que llegue el próximo 31 de diciembre de 2011, miedo a lo que pueda llegar. Pero hay que pasarlo, aunque no se tengan ganas.

Fuera de reflexiones sesudas, este año el blog ha estado muy abandonado. Será la apatía, que no me la quito de encima. Ha sido un año muy movido y aún no he terminado de reaccionar; también he de confesar que el no hacer nada en Internet es muy tentador (y mi poca actividad en los foros que solía frecuentar lo dice todo; no es culpa vuestra, compañeros, es que no me encuentro con ganas), y que necesitaba descansar de algunas cosas. Creo que poco a poco voy despertando, pero no prometo nada.

En fin, lectores. Comienza un nuevo año. Que venga como tenga que venir, que lo espero.

Espero de todo corazón que todo os vaya lo mejor posible, y que sigamos leyéndonos dentro de un año, el próximo 31 de diciembre.

Echemos un repaso a los 365 días que nos preceden, hagamos balance de los sucesos más importantes y cómo nos han afectado, confeccionemos una lista con los propósitos que nunca cumpliremos (XD), brindemos y tomemos las uvas, deseemos lo mejor para nuestra familia y amigos siendo realistas y sabiendo que una vida perfecta y sin problemas es una utopía y disfrutemos de la noche y de los 365 días que vendrán sin sobresaltos, celebrando el día a día; celebrando cada día que seguimos aquí.

Y que nos traiga buen cine, aunque lo dudo. Y que lo podamos ver. Y que descubramos mucha más música. Y que tengamos tiempo para hacerlo. Y que conozcamos nuevos escritores. Y que los leamos sin prisas, disfrutando de la lectura.

Y que sigamos llevando nuestra vida, pasando el día a día, aprendiendo, descubriendo el mundo y sus gentes, nuevas realidades sobre las que tenemos que perder los prejuicios. Y que tengamos el valor para poder enfrentarnos a nuestros problemas y plantar cara a todo aquello que intente destrozarnos la vida de manera gratuita, que perdamos el miedo. Y que encontremos siempre un motivo para sonreír, no mostrar una sonrisa solo porque no merezca la pena llorar: llorar está bien, lo que nunca debemos hacer, aunque sea por orgullo propio, es mostrar flaqueza ante los problemas, pero nunca debemos ser hipócritas y reír falsamente. Y que encontremos gente maravillosa, gente a la que querer, y mantengamos a la que ya tenemos. Y que nunca nos dejemos dominar, que no merece la pena dejar que decidan por nosotros y anulen nuestro beneficio de la duda; que sepamos aprender del mundo y pensemos por nosotros mismos. Y que seamos realistas y no vivamos en las nubes, que sepamos conformarnos con algunas cosas sobre las que no podemos hacer nada, pero que ello no nos haga perder la ilusión, la bendita ilusión de vivir, seguir adelante y ser felices con las pequeñas y maravillosas cosas que el mundo suele darnos de vez en cuando y que hacen que todo valga la pena.

Por desear cosas utópicas... que acabe la intolerancia, que se abran las mentes cerradas y que el mundo de hoy en día se dé cuenta de una maldita vez que no todo está sujeto a normas y a verdades absolutas que puedan aplicarse indiscriminadamente a quien sea: el mundo es increíblemente variado y plural, e intentar dominar a todos con la hipocresía y la intransigencia es un disparate. Ojalá se potencien el diálogo, el entendimiento y el acuerdo en este año que comienza.

Por el año que acaba, en sus malos y buenos momentos; por la década que llega a su fin; por vosotros, por nosotros.

FELIZ AÑO NUEVO

 

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Mis inicios favoritos: Música (I)

La perfección sin una introducción apoteósica es menos perfecta. Ya sea una película, un libro o un disco, si el comienzo no tiene la suficiente garra entonces ha perdido una gran parte de su fuerza. Hay comienzos arrolladores que luego decaen, o comienzos poco prometedores que esconden las herramientas necesarias para ir desarrollando un nudo espectacular o un desenlace inmejorable. Pero sea apoteósico, decepcionante, hipnótico, envolvente, hueco o imparable, todo comienzo tiene que ser capaz de atraer el espectador e invitarle a asistir al resto de la obra; luego ésta podrá ser más o menos buena, pero si consigue que el receptor esté atento a lo que tenga que venir desde el primer segundo, entonces ha cumplido el primer objetivo; debe involucrarse con dicho receptor y mostrarle las cartas más prometedoras sin que éstas sean las mejores, que ya tendrá tiempo de mostrar.

No voy a hablar de cine en esta ocasión, sino de música. La música es sin duda el arte más subjetivo de todos: la literatura te da las pautas, pero el paisaje que evoca es siempre diferente dependiendo del oyente; el cine y el teatro dan hasta la representación de acuerdo con la visión del director, dejando al espectador la interpretación de lo que ve; pero la música te ofrece libertad absoluta para que te inspire lo que sea. Es como un viaje; incluso si ya conoces un disco de memoria, todos sus pasajes te sonarán de haberlos escuchado antes pero esta nueva visita será distinta. Y es fundamental que el inicio del viaje sea prometedor.

No quiero decir con esto que todos los grandes discos tengan grandes comienzos, o que los grandes comienzos auguren grandes discos, pero hay ocasiones en que ambas posibilidades se unen. Pero no estoy aquí para hablar de mis discos favoritos (ya lo hice hace tiempo, y debería volver al tema pronto), sino de estos comienzos. Aquellos que me traen buenos recuerdos y que me animan a continuar con la escucha, aunque luego ésta sea terrible o de menor calidad. Aquellos comienzos que hacen a una obra maestra buena desde el principio, o que ponen un inicio de oro a obras menores, o que me mantienen atento de algún modo u otro.

Y no es este el lugar de los comienzos míticos, que los habrá, sino de mis comienzos favoritos, de discos que son, o no, mis preferidos. No es una lista fácil, porque no sólo son comienzos que me gusten, sino que para mí esconden o muestran una fuerza vital para el resto de la obra o que, en sí mismo, son obras maestras. Por supuesto, aún me falta por escuchar mucha música, y muchos clásicos: no habrá Beatles ni Rolling Stones en esta lista, ni autores de géneros que no me gusten. Todos conocemos la intro del Tubular Bells, pero a mí me cansa verlo en todas partes y, sinceramente, hay intros mejores de Mike Oldfield. Y esto por poner un ejemplo.

Y no me enrollo más. Aquí teneis unos cuantos. Disfrutadlos:

-Novus Magnificat, Pt. 1 (Constance Demby, Novus Magnificat)

No os miento; este es el comienzo más importante en mi vida. El impacto que me produjo este disco hace casi dos años no lo ha conseguido ningún otro. Decían que el disco homónimo era auténtica música espacial. Era verdad, pero era una música espacial totalmente distinta: una música atmosférica, de ambientes que llegan al alma. Y no exagero. Era una música tan poderosa en el sentido mismo de la palabra, que desde entonces ha condicionado toda la música que he escuchado. Constance Demby ha repetido la jugada con los discos Sanctum Sanctorum, Set Free, Faces of the Christ y Aeterna, pero nada como el océano cósmico en el que nos sumerge Novus Magnificat.

-Space Oddity (David Bowie, Space Oddity)

El primer gran disco de David Bowie comienza con una canción simplemente perfecta. La letra, trágica y cómica, con tonos de soledad y nostalgia realmente evocadores, que nos lleva directos al drama espacial del Mayor Tom, el mítico astronauta que realiza su última conversación con la Tierra, dedicando sus últimas palabras a su esposa. Una canción donde la voz de Bowie es fundamental, y que nos lleva de lleno al paso entre la psicodelia más pura y el glam más lujoso del que Bowie fue el rey.

-Anywhere out of the world (Dead Can Dance, Within the realm of a dying sun)

Dead Can Dance realiza con este disco su paso hacia músicas más oscuras y personales, y no hay mejor manera de comenzarlo. Se va creando una atmósfera oscura, represiva y, sobre todo, misteriosa, poco a poco, hasta que la voz de Brendan Perry surge de entre las tinieblas y nos lleva hasta el clímax, en el que su sola presencia es suficiente como para embaucarnos en un paisaje triste pero que, pese a ello, queremos explorar. El resto del disco es, simplemente, arrollador.

-The Host of Seraphim (Dead Can Dance, The Serpent's Egg)

Segunda aparición del grupo en la lista, pero, simplemente, lo merece. Si en el disco anterior era la voz masculina el eje principal del tema, en este caso es al revés. La monstruosa voz de Lida Gerrard nos da el tema más desolador y deprimente de Dead Can Dance. Un tema casi fúnebre, donde ya no hay lugar para la esperanza, donde los coros parecen sacados del mismísimo infierno y Gerrard expulsa desde lo más profundo de su ser un espeluznante lamento. Magistral.

-Incantations, Pt. 1 (Mike Oldfield, Incantations)

Para mí, el mejor comienzo de toda la discografía de Mike Oldfield. Incantations supuso la culminación de toda su etapa instrumental de los años 70, y de los cuatro Opus es el que presenta la composición más compleja y preparada, experimentando con los instrumentos y creando una atmósfera minimalista, hipnótica. Como el resto del disco, que necesita varias escuchas y una maduración especial, el comienzo de la Primera Parte nos mete de lleno en el hechizo de Oldfield, en la época en la que, literalmente, se creía Dios.

-Amarok (Mike Oldfield, Amarok)

La obra maestra de Oldfield comienza con un enloquecido riff de guitarra que nos lleva directamente a la locura desatada de Amarok, la obra más ambiciosa, desquiciada y genial de Mike Oldfield. Una vez uno "soporta" el caos ordenado con el que comienza Amarok, una suerte de collage de lo mejor de todo el disco, entonces, por muy difícil de asimilar que sea lo que viene a continuación, ya nos habrá atrapado. Y, aunque cueste entrar en su juego, si lo conseguimos merecerá la pena.

-Never let me down again (Depeche Mode, Music for the masses)

Depeche Mode abandona progresivamente el synth pop y lo hace con un enérgico tema del que uno nunca se cansa. El sintetizador (bendito sintetizador, un sonido que cambió mi vida) y la guitarra nos llevan de lleno hacia un triste tema de esperanzas desesperadas tremendamente épico, que llega a su clímax en el famoso momento que sirve a David Gahan en los directos para animar al público a agitar los brazos al son: auténtica música para las masas.

-I feel you (Depeche Mode, Songs of faith and devotion)

Otra incursión del grupo en la lista. El sonido de Depeche Mode se endurece, y Songs of faith and devotion comienza con un sonido de guitarra distorsionada que taladra nuestros oídos, justo antes de que comience un salvaje espectáculo, en el que Gahan se deja la voz  y el ritmo es incesante, y las pausas solo sirven para coger fuerzas. I feel you, un tema incansable y brutal, que va cogiendo fuerza poco a poco, tanta, que si llega a durar la mitad no perdería nada de su calidad. Un temazo.

-Watermark (Enya, Watermark)

Ya el comienzo homónimo de The Celts auguraba una pequeña joya, pero Watermark se merece, por méritos propios, ser el mejor tema instrumental de la carrera de Enya. Un tema instrumental corto, donde el piano cobra todo el protagonismo (como es habitual en la obra de la artista) y desprende una melancolía y una sensibilidad inmensas, donde absolutamente todo es perfecto, donde la Enya instrumental alcanza unas cotas de sinceridad que no volverían a repetirse.

-Oxygene, Pt. 1 (Jean Michel Jarre, Oxygene)

Si bien la Parte 2 es la más alabada (mi favorita sigue siendo la celebérrima Parte 4), Oxygéne es uno de mis discos favoritos por muchas razones. La Parte 1 creo que es el comienzo perfecto para tal disco: nos introduce de lleno en el ambiente electrónico de la obra de Jarre, gracias a sonidos espaciales envolventes que crean una atmósfera única y magnética. Una vez que escucho los primeros segundos de Oxygene, sé que voy a comenzar un viaje irrepetible.

-Ethnicolor (Jean Michel Jarre, Zoolook)

Podría mencionar Equinoxe, Magnetic Fields, Chronologie, Oxygene 7-13... como otros álbumes de Jarre en los que el músico francés muestre toda la espectacularidad de los sintetizadores para engancharnos desde el primer segundo, pero me decanto por Ethnicolor. El experimento vocal de Jarre, su álbum más original y rompedor, comienza con un tema en dos partes, una primera de espíritu triste, casi fúnebre, y una segunda aún mejor, donde la música se vuelve totalmente épica y los sonidos se vuelven locos. Una gozada.

-All soul's night (Loreena McKennitt, The Visit)

La voz de Loreena McKennitt es inimitable, pero si tuviera que elegir un único tema suyo escogería éste. Además, es el tema que abre uno de sus grandes álbumes, The Visit, y el comienzo no podría ser más prometedor. Un tema que nos habla de lugares mágicos, almas errantes, luces en la oscuridad, en el que la poderosa voz de Loreena sirve para embaucarnos y maravillarnos con el encanto de las noches árabes. Insuperable.

-A victory of love (Alphaville, Forever Young)

Para los aficcionados al synth pop, la ópera prima del grupo Alphaville es de escucha obligada. Forever Young, con clásicos como el tema homónimo, Big in Japan o It sounds like a melody, cuenta con un tema infravalorado para mi gusto, y que abre el disco estupendo. En A victory of love la voz de Marian Gold comienza poco a poco aumentando de tono, hasta estallar en una explosión de ritmos y alocadas secuecias de sintetizador. Una pegadiza canción y, para mí, una de las mejores del disco.

-Enchantment (Chris Spheeris y Paul Voudrois, Enchantment)

Conocí a Chris Spheeris hace ya unos años, y hay que reconocer que en su discografía hay auténticas joyas. Junto a Voudrois, firma Enchantament, otro gran disco que rompería todos los esquemas y se convertiría un éxito. Además, se abre con un tema de belleza y sensibilidad indescriptible, que transmite una sensación de calma y serenidad completas. Precioso.

-Can you forgive her? (Pet Shop Boys, Very)

Los irreverentes Pet Shop Boys, que pueden sacarte al año decenas de desvergonzados remixes de grandes éxitos o un álbum por el mismo estilo, sin perder nunca su sentido del humor, abren Very, estupendo disco de pop electrónico, con una canción sorprendente. Una auténtica fiesta, una canción desenfadada perfecta para meterte de lleno en la diversión de todas las canciones que siguen a continuación.

-Adiemus (Karl Jenkins, Adiemus: Songs of sanctuary)

Con un estilo que muchos confunden erróneamente con Enya, Jenkins explotó toda su vena sinfónica con el precioso, aunque algo tedioso, proyecto Adiemus. La primera parte se abre con el tema más conocido de toda la saga, una preciosa melodía llena de belleza y épica, en esas contadas ocasiones en las que ambos adjetivos van unidos, para dar lugar a una música de ensueño.

(Continuará)

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Fans de Queen, "habemus biopic"

La noticia del año como fan de Queen. El biopic de Freddie Mercury, el legendario líder de la legendaria banda Queen, está en marcha. Tras los rumores de hace años que colocaban a Johnny Depp como protagonista (en una época en la que todos los papeles posibles pasaban por sus manos), hoy se ha hecho oficial que la película por fin comienza su andadura.

Y como fan de Queen, estoy muy emocionado. Puede ser legendario.

O pueden cagarla. Ojalá no. Estamos ante uno de las biografías más convulsas y peliagudas de la cultura musical de la música rock de finales del siglo XX, de una auténtica leyenda. La vida de Freddie Mercury es una vida controvertida, llena de excesos, con una gran capacidad para dar un guión apasionante y, ¿por qué no?, polémico. Puede enfocarse desde un punto de vista morboso, uno más recatado sería erróneo, uno sensiblero, o uno simplemente rebelde: pero rebeldía auténtica. Freddie Mercury fue un artista que movió masas, con un gusto exageradamente teatral y arrollador. Su convulsa sexualidad, su vida de desfases, sus míticas actuaciones en directo, su trágico final... Dan para un cóctel explosivo, capaz de crear un peliculón. En resumen, que como base tienen una vida inimitable. Aunque, al parecer, la película solo se centrará en los años previos al concierto en Wembley en 1985.

¿Qué espero ver? Pues quiero ver a Queen moviendo masas, todo ese gentío arrollador coreando los himnos que todos conocemos, y que se me pongan los pelos de punta en el cine cuando vea cómo un solo grupo encabezado por un líder que derrocha carisma tiene a miles de personas en la palma de la mano. Quiero ver el desenfreno de Queen; y en esto es menos probable que se pringuen, pues Queen se excedió como pocos, Freddie especialmente, y dudo mucho que esto vaya a ser del gusto de los productores. Quiero ver reflejado fielmente el espíritu rebelde de Queen. Quiero escuchar la música en todo su esplendor; y esto es seguro, pues Brian May ya ha cedido los derechos de todas las canciones. Quiero ver el ascenso de Queen, y cómo ante la tragedia final Freddie aún mantiene fuerzas para dar al público el desenlace de una estrella; y que los tópicos no se noten. Quiero ver el trágico desenlace de Freddie, pero sin caer en el morbo y el efectismo barato.

No quiero ver un telefilm. Quiero que toda lo que Queen ha significado para cientos de miles, y para mí también, aparezca en pantalla en el biopic que Mercury y la banda se merecen. Quiero algo épico, no un intento.

El biopic de Freddie Mercury está producido por GK Films, Tibreca Productions (productora de Robert DeNiro) y Queen Films. Aún no hay director, pero es absolutamente necesario que se encargue un director con garra. Aún no hay título, pero sí guionista: Peter Morgan, guionista oscarizado por The Queen, y escritor de Frost/Nixon o Hereafter (próximo film de Clint Eastwood).

¿Y el protagonista? Sacha Baron Cohen. El cómico inglés, famoso por sus personajes Bruno, Borat o Ali G, polémico a más no poder. Se la juega con un papel tan complicado como prometedor, no en vano hablamos de encarnar a un mito: puede realizar el papel de su vida. En el físico da el pego, aunque cantando aún es pronto para comentar: canta bien (como se vio en Sweeney Todd), pero alcanzar la voz de Mercury es harto difícil, y el playback puede quedar cutre.

Cruzaré los dedos. La película se rodará el año que viene. Esperaré nuevas noticias. Por ahora, ya sé que la película es una realidad. Espero que dentro de dos años pueda vivir una experiencia inolvidable en el cine. La vida de mi ídolo musical se hace cine. ¿Es o no es para estar emocionado?

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Hoy recomiendo... "Chronologie 4", de Jean Michel Jarre

Último disco que he escuchado, con el que he dado un paso adelante en la discografía de Jean Michel Jarre, el autor que verdaderamente me hizo descubrir otro tipo de música (luego Oldfield remató la faena) y me convirtió en fan de la música electrónica.

De Chronologie, al que aún debo un par de escuchas más a fondo pero que me ha gustado bastante (aunque sin llegar a la calidad de álbumes como Oxygene o Equinoxe), destaco esta cuarta parte, un tema pegadizo y espectacular que no se me ha quitado de la cabeza desde antes de ayer... Con todos vosotros, Chronologie 4, del año 1993.

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