Un espacio donde publico críticas de cine, monográficos musicales, vídeos de internet, opiniones varias... De todo un poco. Visita también mi Twitter (que es lo único que actualizo con frecuencia, la verdad).
La última película que he visto. La última, y de las pocas, que me han hecho llorar. La última que he añadido a mi lista de indispensables.
Y no, no he vuelto a ver esta escena, esta maravillosa pero dolorosa escena, probablemente una de las más conmovedoras que recuerdo del cine romántico, porque volvería a pasarme lo mismo. (SPOILERS, aviso)
Es un género que no cuenta contodas mis simpatías, lo reconozco. Pero, a veces, suele sorprenderme con buenas películas. A veces, son maravillosas. Porque puede haber emoción en simples gestos, no solo en palabras, y Los puentes de Madison nos lo demuestra una y otra vez.
Y qué grande es Clint Eastwood.
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Y sí, este blog está cada día más descuidado. Pero no logro encontrar el tiempo que me gustaría tener para escribir. En breve, en cuanto pueda, vuelvo a la actividad normal. ¡Un saludo!
Segunda vez que una película de Peter Weir aparece en esta sección (la otra ocasión fue con El Shw de Truman), pero este director lo merece. Y, otra vez, con un final.
El Club de los Poetas Muertos. Una película simplemente demoledora, emocionante y especial. Un mensaje que nunca pasa de moda: "Aprovechad el momento. Haced vuestras vidas extraordinarias. Tenéis el poder para hacerlo. Carpe Diem".
Vi esta película hace un par de años, en clase de lo que entonces era Ética (en Bachillerato, Filosofía). Y me impactó. Como Ángel, nuestro profesor (y al que le dedico esta entrada, ya que es lector habitual del blog), nos dijo, esta película impactó más en generaciones anteriores que en nosotros: nosotros hemos perdido la inocencia, las ganas de esforzarnos, la ilusión de ser mejores, el ansia de ser nosotros mismos. Nosotros ya no tenemos los mismos problemas, las crisis de identidad no son tan fuertes, nuestra vida es mucho más cómoda y fácil; somos una generación de "chasquido de dedos", si se me permite la vulgar metáfora.
Pero nunca se pierde, ni se perderá, la emoción ante un desenlace tan magnñifico, tan colosal como este. Cinco minutos sobrios, dolorosos, que culminan en la épica más sencila, aquella que guarda un mensaje que no necesita ser adornado con artificios. Banda Sonora de Maurice Jarre incluída, excelente labor de Peter Weir en la dirección. Un jovencísimo Ethan Hawke y estupendo Robin Williams.
Cuando vimos este final en clase muchos salieron llorando; otros, como yo, emocionados.
Y tengo enormes ganas de volver a verla: es lo que tiene la adolescencia: tu forma de ver el mundo con 15-16 años no es la misma que ahora, cuando estás a punto de llegar a la mayoría de edad. Seguro que veo esta película con otros ojos.
En el fondo, todos seguimos soñando con vivir siendo fieles a nosotros mismos.
Hace dos años, mientras veía Ratatouille, a medida que se acercaba el final tenía clara la puntuación: cuatro estrellas, muy buena.
Hubo algo que me trastocó por completo, y que me hizo salir del cine mudo, confuso y maravillado ante la maravillosa película que acababa de ver.
Fue la escena final, que ahora os ofrezco arriba.
En cierto sentido, el crítico es la persona más desgraciada del mundo, porque necesita justificarse ante sí mismo y ante los demás para que su opinión tenga para él sentido.
Por eso, cuando se me sube el ego y creo que tengo la última palabra en cuanto a la calidad de una película o del cine mismo (he llegado a decir una vez que "no veo películas, sino cine"), cuando mi pedantería y mi pretenciosidad crítica llegan al extremismo, mi familia o mi propio recuerdo me hacen revisionar este fabuloso diálogo. Anton Ego me pone las cosas en su sitio y me da la mayor lección de humildad que el cine me haya podido dar.
A veces, el crítico tiene que afrontar que su labor no debe ser tan destructiva, que lo mejor puede ser lo humilde, que a veces es necesario que una película simplemente te guste sin necesidad de motivos para ello.
Aviso de que esta es la escena final de la película, así que hay SPOILERS MÁXIMOS.
Los pelos de punta. Ver esta escena aún me emociona. Fue la que más disfruté en cuanto vi la película por primera vez.
Inigualable Eastwood, impresionante Van Cleef, escalofriante Volonté, maestrísimo Leone, genial Morricone. Todos ellos forman un duelo épico bajo un Sol abrasador que parece quemarnos a nosotros mismos. Un duelo con todo el sabor clásico del buen western. Un duelo que marca huella, antológico.
Y unos momentos finales que son lo más brutal que he visto en mucho tiempo. Para quitarse el sombrero. Lástima que el vídeo esté en inglés, pero quien haya visto la película sabe a qué me refiero, y casi con toda seguridad que lo comparte.
Sí, disfrutar de estos clásicos este verano ha merecido la pena.
Solo con ver esas preciosas imágenes de Londres y escuchar esa música que me ha acompañado toda la vida entro de lleno en el mismo viaje mágico que cuando era pequeño. Vuelvo a ser feliz.
Obra maestra sin ninguna duda. La película de mi infancia, la que recuerdo con más cariño e ilusión y de la que no me avergüenzo de decir que es de mis cinco películas favoritas.
Y, cuando la película acaba, vuelvo a sentir la misma pena, y espero a que Mary Poppins, la niñera que todos queríamos tener, vuelva. Solo por una vez, aunque sea... Un sueño imposible, pero me he pasado dos horas y media soñando, siendo feliz. El niño que llevo dentro y que acaba de salir al exterior de nuevo me lo pide. No se lo voy a negar.
Fue toda una sorpresa para mí cuando la vi en la televisión hace ya dos años.
Instantáneamente se convirtió para mí en una obra maestra y en una de mis películas favoritas. Me llegó, me emocionó, me atrapó. Terminó la película y no pude encontrarle nada negativo. Simplemente El Show de Truman estaba ahí, me había enganchado y encandilado, me había enamorado.
Jamás pensé que esa película de la que tanto había oído hablar causase en mí una admiración enorme hacia ella. La suelo ver de vez en cuando, maravillándome ante sus detalles y ante la profundamente emocional y compleja historia vestida con aparente sencilez.
Pero esta es mi secuencia favorita: el final.
Llevamos hora y media sufriendo con Truman (¿sólo hora y media? ¡quiero más!), y esperamos que por fin sea libre. Christof ha estado a punt de matarle, Truman no es más que un producto en un mundo aparentemente feliz pero que ha suprimido la libertad. La condición humana ya no existe, o da asco. Muy pocos sienten remordimientos.
Y ahí está Truman, superando una fobia que no tiiene sentido desde el momento en que su falso padre aparece y él comprende que tal resurrección es tan burda que no tiene lógica. Y llega al fin del mundo, su mundo.
Es entonces cuando se pruoduce la analogía, la metáfora más brutal que he visto en una película de este tipo: Dios habla con su creación.
¿Una metáfora anti-religiosa? Christof (fabuloso Ed Harris) habla con Truman (un Jim Carrey en estado de gracia) cual rayos de Sol divinos y le intenta convencer para que no deje un programa que le dará felicidad, al igual que se la da a millones de espectadores. Parémonos a pensar: Christof (¿comparación con Cristo?) en su papel de Dios intenta convencer a Truman, el hombre, para que no abandone la utopía que ha diseñado para él, en la que todos participan ciegamente e intentan que nadie intente rebelarse contra ella (ningún habitante del pueblo deja que Truman se marche).
Y Truman toma la decisión más difícil de todas: renuncia a una vida cómoda que le priva de su libertad. Decide sufrir y abandonar una felicidad falsa, porque le aísla del mundo y le reprime. Acepta el dolor porque es lo que le hace humano. Es decir, niega a Dios y a la religión, en apariencia una simple excusa para vivir en un aparente estado de falsa felicidad. Y se marcha: es libre, es feliz, es un hombre.
Me asombra. ¿Comparto esa opinión? Para nada, pero esta metáfora es realmente asombrosa. Más cuando ella, la mujer que ha apoyado a Truman en la distancia y su amor secreto, reza a Dios para que Truman se marche. ¿Rezar a un Dios del que acabas de negar? Eso me hace pensar que el Dios de Christof perfectamente puede ser otro dios cruel, un dios bajo una apariencia de falso costumbrismo, el dios de una Humanidad consumista.
El dios opresor al que Truman se rebela en un final emotivo, la brocha final para una película fantástica.
Incluso dejándonos de metáforas metafísicas, tomándonos la escena como la liberación de un hombre que quiere ser libre y vivir como él quiere sigue siendo una escena colosal, al ritmo de una banda sonora perfecta y en el que los planos, la dirección y el escenario toman carácter propio. Qué extraño es que la salida sea una simple escalera, y qué tonto resulta criticar eso cuando no hace falta complicarlo más para contar el mismo mensaje. Se produce lo que todos esperábamos, Truman es libre y te sientes feliz. El que una película te emocione tanto, y esto es algo que defiendo a ultranza, se llama cine.
Un final que deja huella. Un final que solo se puede calificar de obra maestra.
Watchmen fue decepcionante en algunos aspectos, y lo que pudo haber acabado como una película decente terminó cagándola de mala manera en un tramo final decepcionante siendo un poco blandos: jamás había visto tanto descaro por unos personajes totalmente diferentes a sus homólogos del cómic (y me refiero a Ozymandias y a Espectro de Seda, cuyo parecido con los originales es por casualidad) y por ¿adaptar? un final tan profundo quitándole toda la emotividad y dejando un resultado final frío y patético.
Sí, el destrozo que hacen con el final hace que cada vez que he visto Watchmen salga con un gesto de desagrado. Estamos hablando de uno de los finales más chocantes e impactantes del cómic, en el que se supone que tendrían que haber dejado a la audiencia en un puño. Pero no: la película va cayendo poco a poco, el ritmo se resiente y ya todo lo que ocurra en pantalla me parece monótono y, lo peor de todo, fallido.
Pero he de decir a favor de la película que tiene un comienzo brutal. No solo por la escena de la muerte del Comediante, con un ritmo endiablado y perfectamente realizada, y con la que disfruté y me sorprendí como un enano. Luego vinieron los créditos iniciales, y se hizo la luz.
Qué maravilla... decenas de pequeños detalles con los que un fan puede disfrutar, menciones a la historia real que sacarán a más de uno una sonrisa, hechos del cómic mostrados tal cual los leímos, el origen de los personajes hecho realidad... Watchmen cobraba forma, y nosotros empezábamos a creérnoslo, a creer que era un sueño hecho realidad. Pensábamos que íbamos a ver una película excepcional; lo que salía en pantalla era algo emocionante, un gozo para todos los espectadores, el resto de la película tenía que ser igual de bueno. Prometía una experiencia inolvidable. ¡Estábamos viendo Watchmen, maldita sea!
Los felices años 40, la decadencia de los superhéroes, los nuevos EEUU... todo el mundo Watchmen se presenta de manera inmejorable, espléndida, en unos 5 minutos gloriosos y que han entrado parte de mis escenas favoritas.
Y con la canción The times they're changing, del maestro Bob Dylan. No se puede pedir más.
Luego esa euforia se desvanece y se reduce a una sensación tipo "ya he visto lo mejor, ya no estoy tan eufórico, ya me he dado cuenta de que la película es una realidad; ahora a ver si mantiene por lo menos un nivel bueno durante todo lo que queda".