No es una revolución, no es un camino directo al Oscar, pero es todo un peliculón.

Saltad encima de mi si queréis, machacadme, hacedme picadillo, pero lo diré. No me gusta Titanic. Me parece pesada, larga, flojísima en cuanto al guión y realmente mediocre, aunque fabulosamente realizada. Per odiaba a Kate Winslet y a Leonardo DiCapiro.

Hasta ahora.

A Kate la empecé a valorar hace unos años, pero DiCaprio ha estado en mi lista de innombrables durante mucho tiempo, prácticamente hasta hace muy poco. Ahora rectifico la actitud que he mantenido durante 11 años: son grandes, muy grandes.

¿Por qué me meto ahora en el controvertido tema Titanic? Porque esta segunda reunión de la ya envejecida pareja que hizo llorar a todo el mundo se ha vendido como: "el regreso de los actores que te ofrecieron Titanic", cuando no estamos para nada ante una película heredera de la obra de Cameron.

Es más, si vais buscando eso estáis completamente equivocados; Revolutionary Road no es, ni mucho menos (y gracias a Dios) Titanic 2.

Es infinitamente mejor.

Porque si hay algo que tiene esta película que la convierte en una obra grande es su sinceridad, su credibilidad y su sentido de la realidad.

Sinceridad, porque desde un principio vemos claras sus intenciones: la trama nos sitúa en un tranquilo barrio residencial estadounidense de clase media y a una pareja que habita en él. Tienen dos hijos, vecinos amigables y sonrientes, trabajo fijo, coche, etc. Pero no son felices. En contra de lo que podamos imaginar, viven amargados y viendo cómo su vida se va sin que puedan hacer nada por evitarlo.

Ya desde el fabuloso prólogo nos damos cuenta de que esta película va a masacrar todas las convenciones posibles, que nos va a ofrecer una historia intensamente intensa (valga la redundancia) con la que vamos a sufrir y a sentirnos parte de ella. Ese prólogo, brillantemente escrito de tal modo que no parece un guión sino una auténtica discusión, es ya una de mis escenas favoritas del año.

Y no cae en el pretencionismo. Sabe que puede arrasar frente a la crítica y al público (sin duda mucho más exigentes), pero al contrario de lo normal no va a por ello por medio de recursos lacrimógenos facilones y planos, como hacen la mayoría de las películas nominadas a los controvertidos premios. No, Revolutionary Road sabe perfectamente que tiene calidad para dar y tomar y se esfuerza en demostrarlo, sin crear falsas expectativas. Por cierto, al final ha sido ninguneada, demostrando que el gusto de la Academia es cada vez más dudoso (aunque hablo demasiado pronto; aún estoy por ver el resto de nominadas).

Gran parte de esto lo consiguen los personajes: sobre ellos recae toda la carga del guión, y tanto Winslet como DiCaprio saben aguantar fenomenalmente el tipo. Sus actuaciones son asombrosas y profundas, para nada exageradas ni sobreactuadas. La química entre ellos está siempre presente y en muy intensa. Pero no solo eso, sino que logran que olvidemos sus pastelosas escenas de Titanic. Vale, aquí no tenemos la magia de la escena del carruaje, o de DuCaprio cogiendo a Winslet de los brazos mirando al horizonte, pero es que esa no es la intención. Se quiere mostrar a una pareja tal y como es, con todos sus problemas, sus pros y sus contras. En el mundo la magia de Titanic solo existe en pequeñas dosis, luego solo queda la monotonía y la indiferencia. Donde podría haber una carencia, en la relación entre los personajes, el guión sabe crear un grandísimo acierto. DiCaprio y Winslet encarnan a una siempre creíble pareja, repleta de conflictos que siempre vemos reales y ciertos; olvidamos totalmente que estamos frente a una película.

Credibilidad porque, como ya he dicho antes, la película no juega con nosotros y nos deja los sucesos al libre pensamiento. No, todo lo que debe verse se ve, o si no se intuye de forma tan sutil que no hace falta verlo (los que lo hayan visto sabrán a qué me refiero si piensan en la escena final).

Y, como también he señalado, es totalmente encomiable, la intensidad y la fuerza dramática que tienen algunos momentos. Los personajes viven sus monótonas vidas, buscan un cambio, pero se niegan a abandonar esas aburridas existencias temiendo lo que podría pasarles fuera de ellas. Vivir dentro de una incómoda pero segura burbuja.

los personajes principales deciden acabar con esa vida, romper con lo establecido y hacer realidad un sueño más bien infantil. En un principio hasta al espectador le choca, pero poco a poco nos damos cuenta de que tiene todo el sentido del mundo: en ocasiones hay que realizar auténticas locuras para poder ser libres.

A medida que la película avanza el drama se intensifica. Por momentos los hechos o las actuaciones de los personajes puedes descolocarnos, pero luego nos damos cuenta de que tienen toda la lógioca y el sentido imaginables: se enfadan y dicen tonterías como cualquiera de nosotros, buscan aventuras nuevas engañando a sus parejas, son incapaces de asumir sus responsabilidades, no se pueden sacrificar por el otro, sueñan cosas imposibles y fantasiosas, descubren que hasta los más locos son los únicos que ven las locuras del mundo, se niegan a aceptar sus destinos y planean destruirlos jugando caprichosamente consigo mismos y con los demás... Recalco una vez más: estamos ante una película que busca la realidad más pura, sin disfraces ni pretensiones. Y lo consigue.

No lo niego, tanto esfuerzo por mostrar las desventuras de un matromonio como otro cualquiera no tiene mucho aliciente, y la película resbala y se ralentiza en ocasiones. Cierto que puede pecar de lenta, per es algo completamente necesario para que podamos conectar mejor con los personajes. El silencio puede ser una poderosa herramienta que Sam Mendes utiliza a la perfección. También se le puede culpar de cierta frialdad, pero es algo con lo que se contaba desde el principio.

Realidad porque no se corta un pelo. Pocas veces una película me ha hecho sentirme involucrado en la historia, sentir el dolor y la rabia de una discusión o de la pérdida de la inocencia y la magia de la juventud. Será que últimamente estoy muy proclive a esos sentimientos, pero lo cierto es que las escenas más fuertes (en el sentido sentimental) de Revolutionary Road me tocaron muy dentro.

Y Sam Mendes es un valiente. No solo sabe rodar con un pulso y un gusto realmente exquisito, apoyado en un soberbio montaje, sino que hasta en las escenas más morbosas y de contenido sexual protagonizadas por su mujer, Kate Winslet, y Leonardo sigue demostrando maestría y sensibilidad. No sé vosotros, pero se me pusieron los pelos de unta no por el contenido de dicas escenas (dos, contadas), sino por la fuerte carga que tiene detrás. Y aun así los tres aguantando el tipo. Bravo.

Bajo estos tres pilares Revolutionary Road se convierte en un peliculón, pero falla justamente en su desenlace. No voy a destriparlo, pero si buscaban que me conmoviese, fallo gordo. Tiene todos los ingredientes como para hacerlo, pero en algo falla porque no me conmueve ni lo más mínimo. Es una lástima que una película tan buena, aunque lastrada por el ritmo, acabe tan precipitadamente y de una manera, ahora sí como un fallo, tan fría, insensible y lejana. Eso sí, es un final muy bien realizad y con una emotividad que no llega a despegar ni a cuajar, pero que sabe jugar todas sus cartas para una presentación simple pero tremendamente efectiva.

Al final nos queda una película para ver, disfrutar aun con esfuerzo y analizar minuciosamente, porque en ella vemos un claro reflejo de nosotros mismos y de nuestros dudosos valores morales. Toca todos los temas que puede tocar, dentro de su guión hay más profundidad y más carga psicológica, moral y social de la que aparenta, y más de un visionado se agradecería. Revolutionary Road tiene mucho donde opinar. Tiene muchas virtudes. Elijan la que más les guste y disfrutadla, porque el que es el primer peliculón del 2009 lo merece.

Lo mal es que no calará en las conciencias del público, no será relevante. Sinceramente, tampoco le veo alma de clásico. Y, lamentablemente, esa era una pretensión que los responsables no querían. Pero en fin, allá ellos.

 

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