
Me encanta.
Esta obra se titula "El Caminante sobre el mar de nubes", de Friedrich. Y es mi cuadro favorito.
Algunos os habréis dado cuenta de que he cambiado la imagen de mi perfil por esta. Sinceramente, y por razones puramente personales, me sentía más identificado con este cuadro que con la foto de Joker.Y ya que estoy cambiando el blog he decidido que ya era hora de cambiar mi foto de perfil por una mucho más "personal".
Friedrich tiene otras muchas obras en las que muestra la soledad y la magnificencia de la naturaleza (y aquí os dejo una muestra por cortesía de Wikipedia), pero esta es mi favorita, porque despierta en mí recuerdos y sentimientos muy profundos.
El hombre sube a una montaña. Observa toda la Creación, mientras se considera dueño de la misma. Toda la obra divina está bajo él. No hay nadie por encima de él.
El hombre llega a la montaña. Respira por fin, ha llegado a la meta. El aire le despeja la mente. Siente la paz, la libertad, la tranquilidad. Entonces, solo en ese momento, cuando esa sensación de bienestar le invade en oleadas, se da cuenta de la realidad. No es más que un ser pequeño y frágil, dominado por la Naturaleza que intenta controlar.
El hombre ha alcanzado la cima de la montaña. Las nubes se golpean bajo sus pies. La inmensidad de la Naturaleza se le muestra en todo su esplendor. Y en ese momento se da cuenta de que está solo.
Pero no es una soledad desesperanzadora. A pesar de que se siente pequeño ante tanta grandeza, es capaz de maravillarse de ella.
Porque delante de él se extienden kilómetros de nubes, formando un majestuoso, sólido y noble tapiz de blancura, de paz, de sueños que esconden rabia en su interior. Enormes rocas surgen de aquí y de allá. Hay vida hasta en la cima de la montaña; puede ver algunos árboles a lo lejos. Y ve el horizonte, pero sabe que no es el fin. Detrás de las montañas que las nubes y la distancia difuminan hay mucho más poder, mucha más gloria, mucha más belleza.
Tanta presión le ahoga, le invade violentamente, pero es capaz de disfrutar de ella.
El caminante, erguido, noble, decidido, se dedica a observar la vorágine nubosa que hay bajo su mirada, la furiosa tormenta que azota las montañas.
El infinito se abre ante él como un libro. Y sobre él el infinito continúa. Somos seres pequeños, insignificantes. Pero ante nuestros ojos una calculada y precisa matemática inspirada por algo divino nos ofrece verdaderas maravillas de la Naturaleza, capaces de sorprendernos y de de maravillarnos con su belleza.
En el cuadro el hombre no es más que una sombra vigilante, atenta. La naturaleza es luminosa, pura. Y se extiende más y más allás, hasta donde la vista no puede alcanzar.
¿Nunca habéis tenido esa sensación, la de que en realidad somos tan insignificantes que si hay alguien allá arriba no nos podrá ver? Yo sí, y muchas veces. Pero siempre me pongo en la piel de ese caminante que observará eternamente la Naturaleza viva, y me doy cuenta de que es un milagro que esté vivo, que la belleza es maravillosa y que no deseo marcharme de aquí.
Somos finitos, Desapareceremos y las nubes, las montañas, los árboles y el infinito seguirán aquí. Construimos, avanzamos, nos desarrollamos, pero no nos damos cuenta de que todo esto tiene un fin. No nos damos cuenta de que deberíamos pararnos a mirar lo que tenemos alrededor.
Una vez tuve un sueño idéntico. Estaba solo, con mis pensamientos, en el punto más alto de la Tierra. Solo había paz, una paz eterna. Y solo veía las livianas, esponjosas y suaves nubes.
Allá arriba, en la soledad, grité. Era libre, era feliz. Todo el mundo era mío, pero yo era posesión de la Naturaleza. Tengo mis sentimientos a flor de piel, casi siento la propia energía del mundo, casi veo la Tierra como la debe de ver Dios desde allá arriba. El infinito, la distancia, un mar de nubes esponjosas sin fin... el poder inmutable de la maravillosa Creación, cegándome, aplastándome con su magnificencia, ahogándome entre su espectacularidad...
Y soy la única persona que puede ver esta maravilla. Como el caminante sobre el mar de nubes.
Friedrich realizó otras obras de paisajes preciosos y puramente Románticos (ruinas góticas, hombre dominado frente a la naturaleza, sentimiento puro), pero ninguna como la poderosa y magnética magia de este portentoso cuadro.
Iría a Hamburgo solo para verlo y poder trasladarme hacia esa montaña tan especial y tan mágica.


9 feb 2009 | 05:54 PM
ana-kato
Dios mio... cuando contabas la historia de hoy, pensabas un poco en este cuadro, verdad? Y tambien me recuerda al cuento de Filosofia... Un post personal y maravilloso, como no. Un besazo, caminante.
23 feb 2009 | 11:37 PM
ricardo
que esta chida
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