Fue toda una sorpresa para mí cuando la vi en la televisión hace ya dos años.

Instantáneamente se convirtió para mí en una obra maestra y en una de mis películas favoritas. Me llegó, me emocionó, me atrapó. Terminó la película y no pude encontrarle nada negativo. Simplemente El Show de Truman estaba ahí, me había enganchado y encandilado, me había enamorado.

Jamás pensé que esa película de la que tanto había oído hablar causase en mí una admiración enorme hacia ella. La suelo ver de vez en cuando, maravillándome ante sus detalles y ante la profundamente emocional y compleja historia vestida con aparente sencilez.

Pero esta es mi secuencia favorita: el final.

Llevamos hora y media sufriendo con Truman (¿sólo hora y media? ¡quiero más!), y esperamos que por fin sea libre. Christof ha estado a punt de matarle, Truman no es más que un producto en un mundo aparentemente feliz pero que ha suprimido la libertad. La condición humana ya no existe, o da asco. Muy pocos sienten remordimientos.

Y ahí está Truman, superando una fobia que no tiiene sentido desde el momento en que su falso padre aparece y él comprende que tal resurrección es tan burda que no tiene lógica. Y llega al fin del mundo, su mundo.

Es entonces cuando se pruoduce la analogía, la metáfora más brutal que he visto en una película de este tipo: Dios habla con su creación.

¿Una metáfora anti-religiosa? Christof (fabuloso Ed Harris) habla con Truman (un Jim Carrey en estado de gracia) cual rayos de Sol divinos y le intenta convencer para que no deje un programa que le dará felicidad, al igual que se la da a millones de espectadores. Parémonos a pensar: Christof (¿comparación con Cristo?) en su papel de Dios intenta convencer a Truman, el hombre, para que no abandone la utopía que ha diseñado para él, en la que todos participan ciegamente e intentan que nadie intente rebelarse contra ella (ningún habitante del pueblo deja que Truman se marche).

Y Truman toma la decisión más difícil de todas: renuncia a una vida cómoda que le priva de su libertad. Decide sufrir y abandonar una felicidad falsa, porque le aísla del mundo y le reprime. Acepta el dolor porque es lo que le hace humano. Es decir, niega a Dios y a la religión, en apariencia una simple excusa para vivir en un aparente estado de falsa felicidad. Y se marcha: es libre, es feliz, es un hombre.

Me asombra. ¿Comparto esa opinión? Para nada, pero esta metáfora es realmente asombrosa. Más cuando ella, la mujer que ha apoyado a Truman en la distancia y su amor secreto, reza a Dios para que Truman se marche. ¿Rezar a un Dios del que acabas de negar? Eso me hace pensar que el Dios de Christof perfectamente puede ser otro dios cruel, un dios bajo una apariencia de falso costumbrismo, el dios de una Humanidad consumista.

El dios opresor al que Truman se rebela en un final emotivo, la brocha final para una película fantástica.

Incluso dejándonos de metáforas metafísicas, tomándonos la escena como la liberación de un hombre que quiere ser libre y vivir como él quiere sigue siendo una escena colosal, al ritmo de una banda sonora perfecta y en el que los planos, la dirección y el escenario toman carácter propio. Qué extraño es que la salida sea una simple escalera, y qué tonto resulta criticar eso cuando no hace falta complicarlo más para contar el mismo mensaje. Se produce lo que todos esperábamos, Truman es libre y te sientes feliz. El que una película te emocione tanto, y esto es algo que defiendo a ultranza, se llama cine.

Un final que deja huella. Un final que solo se puede calificar de obra maestra.