Hacedme volar de nuevo el año que viene, por favor.

SPOILERS

Pixar nos hace volar a lo más alto. Una vez más.

Son los genios absolutos de la animación. Llevan, ¿cuántos años?, ¡tres años! encadenando no buenas, sino excelentes películas. Y, si nos apuramos y eliminamos Cars (2006), llevan ya siete años dándonos obras claves para la animación, aventuras e historias estupendas y éxitos de taquilla.

Sí, son los reyes. Y, como tales, tienen ya un trono del que no bajarán en mucho tiempo. Y si lo hacen, por lo menos han dejado un legado y una huella imborrables en el cine. Sí, no me estanco en el cine de animación: el cine, a secas y en conjunto.

Hace un año alcanzaron la cima con WALL-E: en mi opinión, muy difícilmente lo que puedan ofrecernos en los años que nos quedan será mejor que la entrañable historia del robot solitario de limpieza. Pero pueden seguir dejando el cánon muy alto, manteniéndose o simplemente ofreciendo películas excelentes, clásicos imperecederos. O pueden crear películas simplemente buenas, que en su caso serían totalmente recomendables y recordadas durante años. O pueden ir al más difícil todavía e intentar superar la barrera infranqueable de la animación que ellos mismos han creado y fracasar o no en el intento, porque lo tendrían muy complicado.

UP pertenece al primer grupo, y a Dios gracias. A veces no es necesario arriesgarse tanto para que el público disfrute.

UP es la película que afianza por completo el sello de Pixar: es una elícula madura, deliciosa de principio a fin, con muchas agallas y un estilo elegante. Se trata de dejar clara una cosa: hemos alcanzado la perfección, pero eso no nos va a detener. Se trata de tratar al público como niños adultos, de dar historias que despierten la infancia y la sensibilidad de los adultos sin sobredosis de insulina (como suelo decir) y una buena ración de entretenimiento a los niños. Se trata de no banalizar la aventura y tratarla como algo normal, lo más corriente del mundo; se trata de que no es nada raro ver una casa flotante, o perros habladores, o pájaros gigantescos de colores, o zepelines dirigidos por megalómanos aventureros. Se trata de conocer a tu público y responder a sus expectativas.

Porque UP comienza y te deja claras sus intenciones: va a ser una aventura sin fin. Y te golpea con los diez minutos más bellos, emotivos y duros que el cine de animación familiar, y recalco esto último, nos ha dado nunca. Diez minutos de perfección, entrañables, repletos de una sensibilidad nada efectista: sin palabras, solo con excelentes escenas de realidad y carisma impagables, UP nos da un brillante descripción de cómo hacer llorar a una sala sin exageraciones ni lágrimas fáciles, de cómo hacer auténtico cine. Se trata, ni más ni menos, que de VIDA, en todas sus letras, con todas sus alegrías y tristezas. Pixar nos hace reír y alegrarnos con situaciones cotidianas, que algunos pasaremos y otros han pasado. Conecta con el público con la simple realidad. Y no puedes sino apenarte o incluso llorar con el duro drama de unos personajes que acabas de conocer y que han vivido juntos esa dolorosa y satisfactoria a partes iguales aventura que se llama vivir. Porque lloras. Yo lloré. Nunca me había pasado. Y solo acababa de empezar. Esto promete.

Y es que sigue: a partir de entonces UP nos lleva a un nivel de madurez y adultez en la historia inaudito. Vamos a ver: el anciano solitario va a ser desahuciado, va a ser retirado a una residencia, ha agredido a un vecino y ha sido juzgado como peligroso para la sociedad, es acosado por un empresario sin escrúpulos. Ahí queda eso. Para los niños, el agradable anciano tiene problemas. Para los mayores, ese anciano está con el agua al cuello. Y todo eso en pocos minutos, basándose más en pequeños detalles que en grandes explicaciones: el hombre de traje pone su mano sobre la verja de la casa, y solo con eso nos queda claro que ese desconocido es todo un cabronazo.

Y es en ese momento cuando te saltan con la fantasía más inaudita: una casa con globos flotando sobre una gran ciudad. Y te lo tratan como lo más normal del mundo. Como he dicho antes, se trata de mostrar a la aventura como algo normal y corriente: no en vano, si el mensaje de la película es que la vida es una aventura y la vida es algo corriente, entonces la aventura más fantasiosa debe de ser algo igual de corriente. Dos mas dos son cuatro.

Y entonces entra en escena Russell. De los mejores secundarios de Pixar. Qué bien me ha caído este crío. No es el típico secundario bobalicón que suelta paridas a cada cinco minutos. Olvidad un sucedáneo de Asno en Shrek. Russell cae bien porque es un niño inocente, y la inocencia gusta. Esa inocencia le hace disfrutar del sinfín de aventuras que es la película, y consigue que los adultos se lo pasen en grande con un niño que perfectamente pudieron ser ellos. En hora y media queda claro que Russell es un niño tan inocente y tan bobalicón que sin duda esconde una valentía innata. No se me ha hecho cargante ni pedante: es el contrapunto necesario para Carl, y el reflejo de ese niño que soñaba con El Espíritu de la Aventura, solo que ahora ese peueño explorador viene equipado con GPS y necesita medallas de honor de tela y no de chapas de botella, pero necesita héroes y un autñentico aliciente para ser un aventurero auténtico.

Añadidme también un perro simpatiquísimo (¡Ardilla!) y un gamusino con pinta de estar en Bavia y mucha mala leche para formar un zoológico ndante muy particular. Y dadme al mejor villano del año, el Sr. Muntz, que demuestra tener una mala leche inautida en el género: dispara a un niño dardos tranquilizantes, envía a una cuadrilla de aviones a por nuestra pareja protagonista, no duda en matarlos cruelmente incluso con mandoble incluido, y que me aspen si no acojona cuando suelta su monólogo solo con una luz de candil como iluminación. Y, en el fondo, este cabronazo es solo un anciano que busca que le hagan caso, y encuentra un final realmente innecesariamente cruel, que no comparto para nada. No me hubiese importado un convencional final de redención para el villano, en lugar de la muerte de un viejo explorador que solo buscaba ser querido, aunque ese cariño fuese mal entendido.

Juegan con los pequeños detalles, enlazándolos unos con otros de modo que siempre encuentran su lugar y su función (la chapa, el bastón, el chocolate, las pelotas de tenis, la misma casa, el Cuaderno de Aventuras... y muchos más. Y juegan con una sensibilidad y una exquisitez que no caen en el melodrama barato: como bien dije antes, lo único que nos dan es realidad sin más, con los medios justos y sin hacerlo grandilocuente. Porque el dolor no debe ser tratado con grandilocuencias o sonidos de orquesta estridentes, o con frialdad, o con pasividad e indiferencia puesto que se piensa que "hará llorar igualmente". Pixar lo comprende, y sabe que con la música adecuada, los planos más sencillos y la sinceridad más completa consigue que el público se ponga de rodillas. Mirad la escena inicial, o a Carl leyendo el cuaderno o rememorando a su fallecida esposa, y lo comprobaréis.

Ahí es donde fueron, son y serán los reyes de la animación: en su elegancia y buen gusto, en sus historias exquisitas, en su sobriedad. Unos adornarían con fuegos de artificio y chistes zafios los momentos de acción; Pixar los vuelve totalmente efectivos y sin grandes efectos. Unos llenarías los momentos más sensibleros de elementos que hagan llorar al espectador a la fuerza; Pixar lo consigue con pocas cosas y muy fluidamente. Unos entenderían por "adulto" un montón de chistes y comentarios que solo los adultos entiendan; Pixar sabe, y Disney lo supo, que todo adulto o joven guarda un niño dentro, y que para conseguir que una película de animación funcione con ellos no hay que tratarlos como críos, sino como niños adultos, sutilmente. Unos hubiesen hecho de UP una película de acción desenfrenada; Pixar la convierte en una excelente película clásica de aventuras con un sabor clásico y original propio y, lo que es aún mejor, le da carisma propio, le da ternura y sentimientos puros, la firma propia de la compañía. Y a ello contribuye también la excelente, excelente, excelente música compuesta por el gran Michael Giacchino, capaz de plasmar perfectamente esa sobriedad cargada de sentimiento y evitando caer en la artificiosidad propia de los dramas y comedias.

Da igual que UP vaya en ocasiones a toda leche y no me de tiempo a asimilarlo, o que llegue un momento en el que es tan convencional que pierdo el interés, aunque luego lo recupere. Si es que hasta en los momentos más tópicos son únicos e inigualables, les otorgan un carisma que ya quisieran otorgar algunos estudios a sus producciones. Pixar ha comprendido a la perfección lo que es hacer cine de animación. No se limita a ello, sino que nos da cine de verdad. Historias en apariencia infantiles, pero que esconden un mensaje en su interior. En Monstruos S.A. fue la amistad. En Buscando a Nemo, la familia. En Los Increíbles, la familia de nuevo. En Ratatouille, la autosuperación. Ahora se atreven con temas más metafóricos y qué buenos resultados consiguen. En WALL-E, la esperanza. En UP, la vida. Que me den un euro por cada película que vea al año y que tenga un mínimo de sentimientos como tiene esta película. Que me den un euro por cada película que me haga tener la sonrisa de un niño en la cara, que me haga llorar, que me haga reír. Que me den un euro por cada película que veo y que me haga apreciar más esta larguísima aventura que es la vida. No sacaría beneficio. Pixar, por el contrario, ya lo ha hecho. Lo han hecho desde el momento en el que comprendieron que no debían ser solo artesanos, sino también personas; en el momento en el que comprendieron que el cine de animación no tenía por qué estar encasillado, sino que le esperaba un nuevo horizonte de madurez y calidad que solo ellos han sabido lograr. Ahora son sinónimos de calidad asegurada. Benditos sean.

 

TOTAL:

 

Y el año que viene es toca volver con mis juguetes favoritos, Toy Story 3. Se la juegan. Confío en ellos.