No tengo intención de causar polémica ni de dar mi opinión; no quiero ponerme a favor de una u otra postura.

Solo quiero dejar al aire esta cuestión.

Se cumplen 20 años de la caída del Muro de Berlín. Para mí es un hecho que me emociona. No porque cayese el comunismo, no, sino porque estamos rememorando la caída de un elemento que coartó y separó caprichosa e injustamente a un pueblo antes unido. Familias separadas, niños oprimidos, deseperación, miedo, tensión en la zoma Occidental y aislamiento en la Oriental... Cuando veo las imágenes de cómop los berlineses miraban con curiosidad el otro lado del muro y, más emocionante aún, cómo lo derribaban casi inútilmente con sus martillos, a la desesperada, movidos por su espíritu humano, se me ponen los pelos de punta: esos berlineses no celebraban que el comunismo cayese, celebraban que por fin eran libres y vivían juntos de nuevo, y Dios quiera que para siempre.

Ahora, 20 años después, comprobamos con vergüenza que hay varios muros en todo el mundo que separan países, etnias, culturas, pueblos.

No dejo de oír hablar de los muros de México, el Sáhara, Corea, Río de Janeiro, Israel... y sí, son denunciables.

Pero, qué curioso, en los medios nacionales no oigo hablar de estos:

No solo miremos la paja en el ojo ajeno, sino también en el propio, que nos escuece.