La sorpresa española del año

Os pongo en situación: sábado por la noche, una cola inmensa a la entrada del cine y faltaban diez minutos para que empezase la sesión.

"Malditos fans de Luna Nueva...", pienso yo mientras rezo para que la cola avance más rápido y comienzo a cabrearme con los chupasangres abstemios. Hay niños en la cola: también van a ver Planeta 51. Malditos aliens, también.

Sorprendentemente, cuando llego a la taquilla (ya llego tarde por cinco minutos, y aún hay cola para entrar en la sala) y pido mi entrada para Celda 211, no me dan a elegir lugar: me dan la fila 3.

Cuando por fin entro en la sala, pequeña, no quepo en mi asombro: estaba llena.

Y con razón. Así da gusto ir al cine.

Esta es la película más dura que he vist este año, de las más crudas y violentas, la más brutal. Entretiene como pocas, engancha, se disfruta en dos horas que parecen un suspiro. Y es española.

Fuera prejuicios: cómo he podido disfrutar de Celda 211, la apuesta más arriesgada del cine español en este año y, a su vez, una de las más exitosas gracias al boca-oreja. REC 2 y Ágora pueden olvidarse (no las he visto, aviso), porque Celda 211 no necesita una gran producción ni una fuerte campaña de publicidad: sólo una buena historia, un desarrollo que enganche y dos horas que satisfagan y entretengan al espectador y le libren de complejos. Aquí en España podemos hacer películas que interesen al público y le hagan ir al cine: solo hace falta ponerle ganas.

Celda 211 alardea de tener uno de los guiones más trepidantes, emocionantes y mejor construidos del año. Y lo digo bien claro: del año. No es que sea una maravilla, pero se agradece que todos, y absolutamente todos, los elementos de la cinta tengan su sentido y su lugar, su explicación. Un montón de pequeños detalles, de pequeños elementos que van apareciendo en su lugar correcto para volver a cobrar fuerza más adelante y dar sentido a ciertas escenas. Eso se llama buen guión, aquel en el que todo tiene lógica y sentido, en el que no se dejan cabos sueltos: hay momentos en los que se nota que ha habido un enorme trabajo detrás, buscando posibles explicaciones a momentos confusos de la película (porque no lo neguemos: es caótica) en detalles que han aparecido anteriormente. Un sobresaliente para Daniel Monzón, también director de la cinta, y Jorge Guerricaechevarría.

Y un sobresaliente también para lo que más me ha gustado de la cinta: su veracidad. Veracidad a la hora de establecer una complicada situación acorde con la realidad española. Me refiero, cómo no, a la presencia de rehenes de ETA en la cárcel. La historia propone un entramado político y social que, si vives la realidad de España, te parecerá completamente real: los esfuerzos del Gobierno por llegar a un buen acuerdo, las represalias de ETA en el exterior, el aislamiento de presos etarras en toda españa, las repercusiones internacionales... Sabes que si llea a producirse una situación similar eso es lo que ocurriría. Esto, claro está cierra las puertas al público no español.

A destacar también el personaje de Malamadre, brillantemente interpretado por un enorme Luis Tosar. Malamadre es, con diferencia, el personaje más interesante y espeluznante de toda la cinta, dentro de un "adorable" elenco de reclusos con los que conectas. A destacar Juan Oliver, "El Calznes", protagonista de la cinta y el más "simpático" precisamente por eso, por ser un calzonazos, tanto el personaje como el propio actor, Alberto Ammann (dicho sin ofender, dejadme explicarme): no le ves capaz de hacer nada malo, no tiene carisma como para hacerse pasar por recluso, es un "blandengue". Y, de pronto, su transformación es brutal y acalla mis dudas sobre su actuación.

Como último aspecto, felicito a Daniel Monzón por ofrecernos una historia rodada con pulso, ritmo y fuerza. Comienza, confieso, de un modo algo cutre (¿por qué demonios Resines, genial en su papel, no mejora la dicción?), pero a partir del primer problema de los muchos que aparecen en la cinta la película es una montaña rusa, una entretenidísima y cargada de tensión montaña rusa, donde el ritmo jamás decae durante dos horas que se hacen muy cortas.

Claro que el mensaje final es discutible; la crítica a los funcionarios de las cárceles (auténticos monstruos) y la justificación de la violencia (a veces sin una razón previa) son puntos muy cuestionables, aunque la reivindicación de los presos es, como menos, interesante: la humanización del criminal. Y que, pese a toda a calidad final, no puedo olvidar que recae en los tópicos del género.

¿Sabéis qué? Que dejo de lado el mensaje y lo tópico. Celda 211 es, ante todo, un producto: como producto, está destinado a entretener y a hacer caja. Pero como película es casi excepcional. Aparte de comercial y entretenida, amena, está genialmente hecha pese a sus limitados medios y posee solidez en todos y cada uno de sus aspectos. Auna comercialidad y calidad, ambas van a la par sin que una sobresalga sobre la otra. Es una película realmente buena, recomendable para todo tipo de público que esté dispuesto a sufrir tensión y tenga un estómago algo fuerte para soportar violencia extrema, drama, tragedia, ternura, indignación y giros constantes, todo junto. Y, encima, es una producción patria. Una producción patria que ofrece algo que sí que interesa al público, realizado con buen ojo, interés y calidad. Así uno puede estar orgulloso del cine español, tanto por su calidad como por su salida en taquilla. Y lo dice uno que renegaba de las producciones patrias. Que conste.

 

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