El biopic llevado al terreno correcto

SPOILERS

Una vez he visto ya las dos películas favoritas a los Oscar, no sé con cuál quedarme.

Si la Academia decide sacar a la luz su vena clasicista, aquella en la que priman más los valores seguros y más "conservadores" (y, ojo, no estoy descalificándolo), con historias típicas de corte clásico, entonces la ganadora será El discurso del rey.

Si, por el contrario, prefiere arriesgar y premiar a una nueva generación, con historias basadas en el convulso mundo contemporáneo en el que vivimos, de corte más vanguardista y (aun a riesgo de parecer un gafapasta, pero es que las cosas deben llamarse por su nombre) post-moderno, entonces, La red social.

En ambos casos, me daría igual. Ambas me han parecido muy buenas películas. No me importaría que cualquiera de las dos representase lo mejor del año pasado (un año pésimo, a decir verdad).

Si bien yo me mojaría y premiaría a la cinta de Fincher (no porque me pareciese un peliculón, que no fue así, sino por arriesgar), El discurso del rey tiene todo lo que hace falta para que su excelente acogida sea comprensible.

A saber: una historia de superación de las que adora todo el mundo, un excelente reparto, una dirección sobria y elegante, una atmósfera agradable (realmente, su visionado es como viajar a lugares comunes en el cine en los que todo es confortable y nada tiene la intención de cambiar porque no lo necesita) y un guión que conecte con el público y sea capaz de superar todos los escollos en los que el crítico, por conocer a la perfección los tópicos de este tipo de cine del que ya hay miles de ejemplos y del que cree conocer todos sus trucos, espera que tropiece.

No es así. No es un biopic al uso. Si bien no va a tener sorpresas y todo transcurre por el camino de lo "ya visto", sabe jugar bien sus cartas para mostrar ciertas características originales. No nos engañemos: El discurso del rey no está pensada para innovar. Se mueve por el terreno conocido porque no puede salir de él y, en cierta medida, se encuentra cómodamente ahí. Pero funciona en ese terreno, sabe aprovechar sus características para crear una película redonda. No va más allá, porque no lo necesita. A veces, es agradable quedarse en "lo de siempre", porque, cuando tiene calidad, consigue satisfacer al espectador, como en este caso.

Y así, aunque nos encontremos con el típico drama de superación personal, en el que todos sabemos que habrá un buen final, que los obstáculos serán superados y que todos comerán perdices; aunque esté de fondo el manido tema de la Segunda Guerra Mundial, y el final feliz tenga un ya sobado deje de dolor que vendrá en el futuro, y esperanza para afrontarlo; aunque nos quieran recalcar el valor del heroísmo frente a la barbarie irracional (las conversaciones de los políticos con el rey, por ejemplo, en las que recalcan una y otra vez lo malo que es Hitler y la necesidad de que el rey una al pueblo; como si no lo supiéramos); a pesar de todo eso...

A pesar de todo eso, la película cuenta con grandes alicientes. Para empezar, un colosal, y lo repito, colosal Colin Firth, que aporta profesionalidad a raudales para que esta película acabe teniendo la calidad final de la que hace gala. De hecho, diría que esta película cuenta con la profesionalidad por bandera, pues si la dedicación a cada apartado hubiese sido algo más banal y deficiente, entonces sí que esta película hubiese sido de usar y tirar; sí que no hubiese merecido la pena; sí que hubiese sido "una película más".

Y ahí Colin Fith resulta fundamental, pues carga sobre sus hombros la enorme responsabilidad de hacer que esta película merezca la pena, de dar forma a un papel que requiere un enorme esfuerzo y una dedicación total. Y lo consigue; y la he visto doblada, aviso, así que me encantaría verla en versión original subtitulada. Firth es un cúmulo de sentimientos que logra expresar con gestos, con miradas... con su propia presencia. La ternura con sus hijas, la ira, la frustración, el orgullo, la impotencia, la pena, el rechazo en la familia, la complicidad con su mujer, la amistad con Logue. Con solo un gesto logra que el espectador sienta pena por la triste situacón de un hombre que, pese a todo su poder -un poder que, además, no desea tener-, no puede hacer frente a su propia tartamudez y, para más inri, se ve obligado a ello. Firth debería llevarse el Oscar: primero, porque logra interpretar un papel de hombre normal enfrentado a las circunstancias adversas y "vivir" las situaciones a las que le enfrenta el guión -al fin y al cabo, eso es actuar-; segundo, porque borda su interpretación de una discapacidad sin caer en la parodia, clavando todos los gestos y dificultades, evitando tics y sobreactuaciones; tercero, porque su papel como biopic cumple de sobra, mostrándonos un retrato de un personaje histórico real de manera creíble y cercana a la realidad del propio rey Jorge. Una interpretación portentosa para una actor en estado de gracia; un actor de gran talento que pone al servicio de un papel que requiere un triple trasfondo (humano, discapacidad e histórico).

Y a ello se suma un Geoffrey Rush tan genial como siempre, y que forma, junto a Firth, una de las mejores parejas de cine que he tenido el placer de encontrar en mucho tiempo: Rush le da la réplica a un rey orgulloso y prepotente (en algunas ocasiones, llega a humillar o despreciar al profesor, en lo que veo una discreta y tapada crítica a una monarquía soberbia) con altas dosis de sarcasmo y métodos poco convencionales. Ambos personajes llegan a complementarse perfectamente, creando un dúo en el que la ironía es el plato fuerte; un dúo que proporciona al espectador numerosos momentos cómicos, que le contagia de simpatía. Sin duda, la relación entre ambos es de lo mejor de la película, su grueso, puesto que sin ella la historia no llegaría a ninguna parte; y, además, es el contrapunto ligero que necesitaba un drama de estas características. Sus apariciones juntos son remarcables: la mala leche y el desparpajo del personaje de Rush lo hacen mucho más cercano que el rey Jorge, que, a pesar de que su discapacidad lo hace más patético (entiéndase como lastimero) y provoca pena y comprensión, juega en una liga alejada del pueblo llano como rey que es. Y ahí ambos actores juegan con maestría: Firth tiene el porte de un auténtico rey (me han gustado, no sé por qué, las escenas del rey saludando y conversando tranquilamente, como, por ejemplo, al entrar al cuarto donde se transmitirá su discurso final; tal vez, por verle en actitudes más cotidianas), y Rush el del hombre sencillo y cotidiano, lleno de sueños, capaz de situarse en una situación de igualdad y absoluta confianza con Su Majestad, aunque este no quiera.

Hooper realiza una labor eficaz en la dirección. La cámara se mueve eficazmente y con fluidez, conjugando tanto planos más típicos con otros algo más innovadores (travellings, planos "abonbados", planos generales), jugando con los ejes y con el peso visual de los actores en la imagen. La banda sonora del incombustible Desplat cumple.

Y, finalmente, antes dije que la película se desvinculaba de algunos de los tópicos más manidos del género de los biopic: no es que renuncie a ellos, pero sí que luchaba por eliminar aquellos que resultan más ridículos e irreales. Podría decirse que la película busca adecuarse lo máximo posible a la realidad, de modo que tenemos no solo un guión en el que los personajes y las relaciones que se establecen entre ellos ocupan un peso fundamental, sino que también nos ofrece grandes diálogos repletos de sarcasmos cómicos y situaciones que se alejan del tópico menos original. Dos ejemplos. El rey descubre que Logue no es un auténtico médico, que no tiene título: el espectador se queda perplejo ante lo que parece una trampa del guión por crear un giro de tensión y drama, un giro tremendamente forzado. Y, de pronto, el guión nos hace ver lo contrario: Logue le revela al rey que en ninguna parte aparece acreditándose como doctor. El espectador echa la vista al comienzo de la película, cuando la reina visita al terapeuta por primera vez: efectivamente, en su buzón no aparece la palabra "doctor" por ningún lado. Eso es, simplemente, coherencia; mantener la coherencia del guión para que nada quede suelto ni falso. Otro ejemplo, el discurso final. Todos sabemos que acabará siendo un éxito, que el rey será aplaudido. Lo que nos cuesta más imaginar es lo que aparece en pantalla finalmente: un rey que va mejorando su pronunciación progresivamente, a medida que el discurso aumenta en intensidad y fuerza. Progresión, esa es la clave. Poco a poco va subiendo, cada vez más, hasta el final feliz esperado. Pero ya es un desenlace lógico y, otra vez, coherente, porque ha tenido un desarrollo detrás.

Y me estoy extendiendo mucho cuando solo quería dedicarle unas palabras. Pero me han salido solas. Señores, vean El discurso del rey. Es una de esas películas inofensivas que satisfacen a todo el mundo porque carecen de pretensiones: solo buscan contar una historia "bonita", una historia agradable de la manera más profesional posible, poniendo todos sus elementos al máximo de sus capacidades para dar lugar a un conjunto casi sobresaliente; no les extrañe que alcance una puntuación tal alta tras un segundo visionado, ahora sí, en versión original. El discurso del rey es consciente de sus limitaciones y, aunque no sale de ellas, sí que sortea con cierta capacidad, dejando una huella propia, unas características que la definen y le permiten sortear el desenlace fácil y las trampas de guión más comunes.

Así pues, afirmo que tenemos aquí a una clara justa vencedora de los Oscar. Como si los necesitase. El discurso del rey no necesita ser un peliculón que pase a la historia. Se conforma con ser una muy buena película que deja muy buen sabor de boca y la satisfacción de comprobar que has disfrutado de un trabajo muy bien hecho, en el que todos los elementos funcionan perfectamente en conjunto, y no por separado, dando lo mejor de sí. No es poco.

Dejarse llevar por el clasicismo, de vez en cuando, no está mal.

TOTAL: