(Continúa del post anterior)

A finales de los 80 nada apuntaba que Mike volviese a los niveles de genialidad de sus primeros años, aquellos en los que la música era el vehículo en el que expresaba sus problemas, su ansia de librarse de ellos, su búsqueda constante de paz y estabilidad (y no solo en lo personal, sino también en lo musical). Al contrario, Mike parecía haberse domesticado; su compleja personalidad no había desaparecido, pero su obra se volvía cada vez más mecánica. Si Five Miles Out y Crises eran sus primeros discos puramente pop y el resultado había sido mucho más que bueno, pronto se acomodó en ese camino y sus siguientes trabajos, pese a que podían tener calidad, no llegaban ni por asomo a los niveles de riesgo, imaginación y curiosidad de antes. El Mike Oldfield que entraba en el pop experimentando con nuevas herramientas, colaborando con decenas de músicos y encerrándose durante días enteros en el estudio se perdía en experimentos insustanciales y en discos cuya calidad descendía progresivamente.
Tal vez fueron las ya mencionadas presiones de Virgin por la comercialidad: Mike era un músico al que le habían atado las alas, que se había quedado estancado un estilo sobre el que había depositado toda su creatividad y del que no le dejaban salir. No hay peor sensación que el querer seguir adelante con todas tus fuerzas y que te lo impidan continuamente. Quizás Mike quería un último instante de creatividad, poder hacer lo que quisiese; poder vivir de la música como antes de nuevo. El repaso por la discografía de Mike nos hace ver que nunca se adecuaba a un estilo propio, que su obra sigue un recorrido tal vez caprichoso e impredecible, pero que a cada nueva innovación le ponía todo su entusiasmo; su entrada en la música pop parecía no tener salida, tal vez incluso no le daban oportunidad para que la dejase. Echando un vistazo hacia adelante (hacia un futuro que comentaré próximamente), creo que esta impotencia acabó haciendo mella en Oldfield de tal manera que cambió su concepción de la música.
No tuvo que ser por voluntad propia; si no, no se explica la etapa que hoy toca comentar, y que muestra la última explosión de creatividad de Mike Oldfield. Con muchísima mala leche, eso sí.

En 1989, Mike anunciaba donde podía que su siguiente álbum volvería a ser instrumental, como sus antiguos trabajos. Se remontaba pues a obras que se habían convertido ya en legendarias, los grandes Opus de los años 70. Supongo que la expectación tuvo que ser enorme, aunque cargada de cierto recelo; un regreso a su género por excelencia no auguraba un trabajo excelente, teniendo en cuenta que el genio de Oldfield se había diluido y no se percibía desde, por lo menos, Crises; y ya había pasado mucho tiempo. Sin embargo, Mike rompió todas las expectativas: al enfant terrible todavía le quedaba algo que decir, tras demasiados años imposibilitado de poder hacer la música que llevaba en las venas, necesitado de firmar un trabajo tan arriesgado y exagerado que solo se puede calificar de "maravilloso accidente": Amarok.
Porque Amarok (1990), desde su propia concepción, solo puede ser pura música. Y entendiendo música como creatividad pura, sin atender a mecanismos formales o estructuras preconcebidas. Amarok es una única pista de música de 60 minutos en la que Mike deposita todo lo que tenía dentro: es un collage de decenas de ideas sueltas, melodías muy sencillas, algunas de las cuales se remontaban a su infancia; es una obra salvaje,brutal, que no ofrece ningún descanso; es una burla continua hacia Virgin y su actitud comercial; es un regreso a sus raíces progresivas; y es, finalmente, su mayor testamento.
No se debe buscar coherencia en el que, para mí, es el mejor disco de Oldfield, y, a la vez, el más arriesgado, el más sujeto a opiniones extremistas (tardé mucho en catarlo, y a cada escucha encuentro nuevos detalles que lo enriquecen todavía más) de amor/odio, y, ante tanto riesgo, pudo haber salido muy mal la jugada: Amarok contiene pequeñas melodías que Mike rescata de los recovecos de su memoria, un "baúl" de retazos mezclados de manera caótica. Pero es que Amarok funciona dentro de ese caos, es su sello de personalidad; y tiene una especie de "orden dentro del caos", por así decirlo. Sus sesenta minutos pasan de una sorpresa a otra, con pequeños descansos entre medias, llevando al oyente a través de todo tipo de estilos musicales (música africana, flamenco, progresivo, folk...), todo tipo de instrumentos y sonidos (voces, cógidos morse, ¡incluso jugueteso utensilios domésticos!) y multitud de molestos ruidos (colocados para que Virgin no pudiese comercializar singles del disco); Amarok se convierte, así, en una odisea, no apta para todos los gustos.
Es el primer paso, además, de su ofensa hacia Virgin; cuando anunció que su siguiente álbum sería instrumental, Mike fue presionado por la discográfica para que lo titulase Tubular Bells II. Mike se negó. Amarok es un disco completamente anti-comercial, creado para incordiar a Branson y compañía, en el que Mike hacía lo que le daba la gana. Obviamente, fue un fracaso comercial, pero los cortes instrumentales imposibles de vender y los insultos a Branson en código morse ya permanecían para siempre grabados en el vinilo.
En 1990 Mike ya era un músico maduro. La rabia que dio forma a Amarok era muy distinta a la que parió los Opus de los 70. Esto es fundamental, desde mi punto de vista, pues son discos hermanos y, a la vez, muy diferentes. La capacidad de innovación y la frescura de los grandes Opus responde a una época y a una personalidad muy determinadas que no se podían repetir más de diez años después. Pero Amarok está a la misma altura que sus hermanos mayores, e incluso los supera, en cuanto a complejidad técnica e instrumental. Mike nunca realizó, antes o después, un trabajo más complicado (él mismo lo ha reconocido en entrevistas); fue una labor de producción y composición frenética, que le reunió con sus colaboradores de los años 70 y con la música completamente instrumental: con estar horas en un estudio de grabación, manejando decenas de instrumentos, creando continuamente, intentando cohesionar semejante caos, y actuando como un auténtico relojero en su obra de orfebrería, tanto en la composición como en el ensamblaje de las piezas. Mike volvía a sus raíces, a la música que le vio nacer: al progresivo.
Y así Amarok se convirtió en su obra maestra. Aunque melódicamente tengan mayor coherencia y fuerza sus primeros álbumes, e incluso otros de la década de los 80 (que parece que ignoro, cuando los hay excelentes), la importancia de Amarok está en el legado que dejó: en el esfuerzo titánico de un músico que llevaba mucho tiempo callado, almacenando recuerdos e ideas de diversa índole e interés por todo tipo de estilos musicales (como había hecho de joven) que no había podido poner en práctica durante todo ese tiempo, y que ya estaba harto; y, así, se convirtió en un alegato de rebeldía y genialidad, pura genialidad. Amarok se escapa a todas las etiquetas aplicables a la discografía de Mike Oldfield: es el hijo rebelde, el hijo feo que se apartó del camino, pero que por ello alcanzó la gloria. Ahora, veinte años después, el tiempo le ha colocado entre los mejores álbumes del genio de Reading. O entre los peores. Como todas las obras maestras, es una obra controvertida. Y nunca después Mike firmó algo similar; ni siquiera se acercó, pues no volvió a arriesgarse de la misma manera.

Con Heaven's Open (1991) continúa lo que algunos llaman una especie de "trilogía de la venganza". Yo también comparto esa opinión; los tres álbumes que hoy analizo suponen un punto y aparte en la carrera de Mike, y no siguen ningún camino estilístico que los agrupe o que los relacione con otros trabajos anteriores de Oldfield (aunque Amarok se relacione con el progresivo de los 70, va por derroteros distintos): son tres discos que se engloban, eso sí, bajo un mismo tema, que no es otro que la frustración y el ataque contra Virgin. Tanto Amarok como Heaven's Open y Tubular Bells II, a continuación, son álbumes distintos, de transición, que demuestran que Mike tenía aún mucho que decir, y que suponen sus últimas chispas de talento. Toman conceptos de toda su carrera anterior y los reinventan, tanto obteniendo buenos resultados (o excelentes) como mofándose de ellos: Mike mira a su pasado para finalizar los que han sido los mejores años de su vida, artísticamente hablando.
Heaven's Open es el último disco de Mike Oldfield (Michael Oldfield, en la primera y última vez que utiliza su nombre completo para firmar su obra, algo que ya quería hacer con Tubular Bells en el 73; otro modo de cerrar el círculo) en la casa Virgin. Acababan 18 años en una discográfica que le había acogido en un principio, pero que en los últimos años le había traído enormes quebraderos de caberza. En este álbum, uno de los más odiados entre los fans, Mike toma la estructura de sus álbumes pop pero ofrece un trabajo realizado con prisas y aquejado de falta de ganas, con el que buscó finalizar cuanto antes su contrato: paradójicamente, parece que si Mike actúa con tanta mala leche acaba realizando discos distintos y originales, porque, a diferencia de lo que muchos opinan, a mí Heaven's Open me parece un álbum decente.
No es ninguna maravilla, por supuesto. Tenemos cinco canciones y un instrumental. Mike es la única voz solista, cantando por primera y última vez en toda su discografía (su voz, eso sí, ya había aparecido como coro o en On Horseback, pero nunca cantando en solitario); y no, no se puede decir que cante bien. Pero es una curiosidad peculiar; precisamente, ese es el adjetivo que mejor podría aplicar a Heaven's Open: peculiar. Cómo suena, lo divertido que se hace escucharlo, la indudable garra que tiene el inicio con Make Make, la energía de No Dream, la divertida burla hacia Branson en Mr. Shame, el fallido pero entretenido experimento "reggae" en Gimme Back, y la joya del álbum con el electrizante Heaven's Open -única gran canción del disco; de hecho, la primera vez que la escuché me quedé con que sonaba bien y que la voz, aunque mala, se hacía irresistible y no se iba de la cabeza-. El instrumental, Music from the balcony, es flojo, muy flojo: una sucesión de ruidos y efectos de sonido con poca calidad artística, aunque, paradójicamente, el desenlace me parece realmente estupendo, un cierre a 18 años que evoca esperanza y libertad. Y es que Heaven's Open no es más que el disco que le abrió la libertad a Mike, y ello se refleja tanto en su música, que Mike realizó como quiso, como en la portada y el título, que evocan espacios abiertos, paraísos, donde volar sin cadenas.

Terminaba el largo período en Virgin. Mike fichaba por Warner, comenzando una nueva etapa que prometía una mayor libertad creativa; Warner, sabiendo el potencial que podría tener Mike en sus filas, se esforzó por convertirlo de nuevo en un músico súperventas de éxito, una marca comercial. Y el mejor modo de conseguirlo era fomentando el proyecto que Mike les ofreció al entrar: la segunda parte de su mítica opera prima, Tubular Bells II.
Sería un éxito seguro. Mike finalizaba esa "trilogía de la venganza", al componer nada más llegar a la "competencia" el álbum que Branson tanto le había suplicado. Y es que una secuela de un álbum mítico era un apuesta segura que podía fallar estrepitosamente o triunfar. Por suerte, Tubular Bells II no solo fue uno de los grandes éxitos de 1992, sino que devolvió a Mike al podio del panorama musical, cual músico consagrado que demostraba su talento tras años oculto para las masas -de hecho, este fue el álbum con el que las nuevas generaciones de entonces conocieron a Oldfield-, y nos demostró que las segundas partes no tienen por qué ser malas. Tubular Bells II fue el primer disco que escuché de Mike Oldfield, y el que consiguió que me iniciase en su música: simplemente imaginad el efecto que causa en un niño de 12 años un álbum completamente instrumental tan fascinante como es Tubular Bells II.
Es un trabajo que sabe que hereda el título y estilo de una obra maestra ya mítica por entonces, y contra ese prestigio conseguido durante veinte años poco podía hacer. Pero por ello mismo no se dedica a copiarlo. Tubular Bells II suena a Tubular Bells, pero con un estilo completamente distinto, fruto tanto de los nuevos tiempos como del talento adquirido por Mike tras tantos años. Así, Tubular Bells II reinventa el original; su sonido es más sintetizado y no se arriesga demasiado. Pero, en conjunto, es un disco muy elegante, entretenido, repleto de optimismo; en todo momento notamos cuánto tuvo que disfrutar Mike del proceso de creación, componiendo por puro gusto y transmitiéndonoslo a través de 14 pistas entre las que destaco Sentinel, que evoca a la clásica melodía tubular pero completamente rediseñada; The Bell, una nueva aparición del maestro de ceremonias solemne y épica en su tramo final; Tatoo, con especial protagonismo de las gaitas escocesas; Altered State, divertidísimo y noventero sinsentido; y Moonshine, una canción con aires de granja del Oeste.
Preciosas melodías -pegadizas, comerciales y no por ello desechables, sino todo lo contrario- para un disco con el que Mike regresaba por todo lo alto, tanto comercial como artísticamente.
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Comenzaba la era Warner y, con ella, una etapa difícil de clasificar. Mike, desde este momento, ya no volvió a ser el mismo, y se dejó llevar por numerosas manías y estilos en los que no cuadraba. El Mike genio se agotaba muy rápido, dejándonos como su testamento esta trilogía; esta trilogía difícil de clasificar, que reinventaba su carrera anterior a la vez que bebía de ella, ofreciéndonos tres trabajos en los que, esta vez sí, explotaba su creatividad y hacía lo que quería, para disfrute tanto suyo como nuestro. Una resurrección, tras años anodinos, que, paradójicamente, se convirtió en la última muestra de su talento.
(Continuará).


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