Todo tiene un fin

SPOILERS A SACO: DESTRIPO EL FINAL

La Navidad pasada tenía una crítica planeada para la primera parte de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte; sin embargo, siguiendo con la desgana y el ritmo irregular de publicación que se han convertido en marca de este blog, ni la hice ni la publiqué. Sin embargo, ahora, cuando el final de la saga ha llegado a las pantallas y he podido verlo, he decidido lanzar mi crítica; y no a las dos películas por separado, sino en conjunto, lo que me parece más coherente y completo. Después de todo, no estamos hablando de dos películas distintas, sino de una sola que se ha dividido por intereses puramente comerciales.

De modo que allá voy. Harry Potter, ahora sí, ha llegado a su fin.

No es un secreto que el que se haya dividido el desenlaxe de la película se debe más que nada a motivos puramente comerciales más que por fidelidad al libro: si la Warner hubiese estado preocupada por la fidelidad, entonces también habríamos tenido dos partes para El Cáliz de Fuego (lástima que no fue así) y para La Orden del Fénix. Pero ha sido Las Reliquias de la Muerte la única que se ha beneficiado de esta división. Y la jugada ha salido redonda, porque en apenas dos semanas la segunda parte se ha convertido en la más taquillera de la saga, lo que unido a la recaudación de la primera lleva a un total de casi dos mil millones de dólares mundiales. Y creciendo. Cifras de infarto.

Además, a ningún lector de la saga se le escapa que podemos dar gracias de esta división, porque el séptimo libro era casi inadaptable en una sola película. Primero, por la enorme cantidad de información que contiene, que se traduce en que Rowling se encuentra en el momento de redactarlo con un elemento que ha introducido en El misterio del Príncipe y al que tiene que dar un desarrollo y un desenlace rápidos en un único libro, los Horrocruxes, y que se empeña en crear un clímax espectacular donde aparezcan de nuevo todos los personajes y elementos de la saga, un culmen a todo el universo que creó. Segundo, porque las adaptaciones de la saga al cine han sufrido unos altibajos terribles y no han seguido una coherencia interna, de modo que el guionista, Steve Kloves se ha encontrado con la titánica tarea de tener que adaptar un desenlace que no solo fuese fiel al libro sino también al desarrollo de todas las películas anteriores, que muchas veces han seguido un camino distinto al de la saga literaria.

Y ese esfuerzo por crear una película que pueda existir independientemente de los libros (y, hasta la fecha, casi ninguna película de Harry Potter lo ha conseguido) es encomiable, y en ocasiones se nota, pero llega tarde como para salvar a la saga en conjunto. Sin embargo, este esfuerzo ahí queda, y por fin, tras años (y cuesta reconocerlo), tenemos otra película de Harry Potter que es tanto una buena película en sí como una buena adaptación, en el sentido estricto de la palabra.

Eso sí, nada salva a Harry Potter y las Reliquias de la Muerte de ser un alboroto de situaciones, datos, personajes y elementos que solo el lector de los libros sabrá apreciar. La película conecta con todas las entregas anteriores: con TODAS. Personajes como Scrimgeour o Mundungus Fletcher llegan tarde, las reapariciones de otros como Dobby u Olivander son simplemente circunstanciales tras tantos años de abandono en el cine, y los flashbacks y escenarios pasados obligarán a quien no ha leído los libros a desempolvar los recuerdos de otras películas. Y, aun así, habrá momentos que parecerán deus ex machina, es decir, con soluciones como por arte de magia, que solo el lector podrá comprender: ese ha sido el error de toda la saga, pero ya era demasiado tarde para rectificarlo. Por fin Harry Potter se hace saga cinematográfica, un todo coherente: irónicamente, en el último capítulo.

Pero eso nos permite disfrutar de una enorme película (casi cinco horas, ni más ni menos). Enorme, tanto por los datos como por la producción. Porque por fin se toma su tiempo para desarrollar tramas y personajes (ya era hora), y porque no ha escatimado en gastos a la hora de crear un broche digno de despedida. Todos coincidiréis que la Primera Parte no es más que una introducción que sienta las bases para una Segunda Parte en la que todo es acción sin freno. Personalmente, lo he agradecido, porque ello ha servido para crear una atmósfera de peligro latente, constante y omnipresente, de soledad absoluta, de personajes indefensos superados por las circunstancias y enfrentados a la muerte cara a cara. Hay más tiempo para desarrollar este aspecto, se pueden recrear en situaciones más allá de la simple acción. Tal vez por eso lo que más me gustó de la Primera Parte fuesen todos esos momentos de silencio, en los que la música desaparecía y el trío protagonista se encontraba solo en enormes y vacíos paisajes oscuros, impotentes, o frente a peligros mortales ante los que no tenían más ayuda que su habilidad. Al fin y al cabo, no son más que tres chicos con una tarea titánica para su edad: ese ha sido siempre la base de la saga, y en esta película por fin lo he visto representado con fidelidad; y es que no son grandes magos, no son grandes luchadores, y tienen miedo, mucho miedo. Momentos como la incursión en el Ministerio o el baile entre Harry y Hermione provocan risa aunque intentan transmitir esa sensación de indefensión, pero fallan tanto por una pésima dirección de actores como por la sosez de Daniel Radcliffe, respectivamente, y no por la historia. Hay, pues, un esfuerzo en crear personajes y situaciones creíbles, de dar a la película una atmósfera convincente y trabajada, y siempre mostrada con sutilidad. Y con momentos de dolor que nos hacen conscientes del enorme peligro que suponen Voldemort y sus lacayos, como la tristísima escena de la muerte de Dobby.

Luego llega la Segunda Parte, y todo se transforma en pura acción. Épica, palabra de la que se abusa mucho pero que no se limita a espectacularidad, sino también a combates en los que se entrega todo el esfuerzo posible en pos de una victoria no clara. Y esta Segunda Parte, que se centra casi exclusivamente en la Batalla de Hogwarts, nos ofrece esa acción épica continuamente. No se puede perdonar que caiga en licencias más propias de Hollywood, como la reaparición de Potter en el colegio acompañado de la Orden del Fénix o el discurso de Neville: tópicos de "la fuerza de nuestro corazón" o "lucharemos todos juntos" y que podían haber evitado. Pero, salvo eso, esa sensación de lucha hasta el último aliento, de pérdida de seres queridos, de amenaza latente, de combatir desesperadamente por la vida propia y ajena, aparece con más fuerza en la Batalla, en la que el castillo se debe defender contra peligrosos magos oscuros sin escrúpulos con un puñado de estatuas de piedra, enrededaderas y unos cuantos muchachos (en esta película, por primera vez, ni Voldemort ni sus mortífagos van a tener compasión: hay momentos muy crueles, y muertes sin concesiones en el bando de los buenos, porque de los villanos NINGUNO muere con dignidad; parece que la desintegración se ha puesto lamentablemente de moda, a saber por qué, amén de victorias poco contundentes y demasiado rápidas). De nuevo el silencio, la soledad, y el estar rodeado de un peligro constante que no te va a dejar ni un segundo de respiro, porque tras cada amenaza va a llegar otra mucho peor. Y, mientras, el trío protagonista en plena búsqueda acelerada de los Horrocruxes, que van cayendo uno tras otro mientras que el castillo se derrumba a su alrededor y Harry comienza a ser cada vez más consciente del vínculo que le une a Voldemort, en unas escenas en las que queda completamente claro que la destrucción de cada Horrocruz daña también a Potter, un crescendo continuo que llega finalmente tanto a revelaciones sorprendentes (los recuerdos de Snape son, sin duda, una de las escenas más duras y conmovedoras de la saga, y por ello de las mejores) que convierten a Harry en un auténtico héroe, como a una batalla final alargada en exceso por exigencias de un desenlace más espectacular y completo, una carrera contrarreloj para acabar con Voldemort de una vez por todas (con sus momento ridículo, en este caso Voldemort y Harry volando juntos sobre todo el castillo entre muecas y tirones de pelo, pero en general una batalla final que me ha gustado, que tiene más sustancia que el insípido final del libro).

Tal vez no miento si digo que ese aspecto del espíritu del libro se ha trasladado a la perfección: esa soledad, esa impotencia, el enfrentarse al destino porque nadie más puede hacerlo. Y eso me lleva a afirmar que estamos ante una buena adaptación: no perfecta, por aquello de la cantidad ingente de datos que se meten con calzador porque no hay otro remedio y de la que he hablado antes, fruto de querer por fin darle coherencia a la saga demasiado tarde. Pero los cambios que se han realizado siguen un camino bien establecido: se trata de crear una película, una entidad propia, y el guión debe beber del libro original pero también distanciarse de él. Y, como ya he dicho, Harry Potter y las Reliquias de la Muerte es la primera película de la saga en años que sabe mirar al libro desde la distancia, aunque no logra independizarse de él. El límite entre ambos lados se encuentra en la personalidad que aporte el director de la película, que en teoría debería tener tan asumida la historia que puede darle su toque personal mientras la adapta sin perderla de vista: por eso El Prisionero de Azkaban es tan grande, porque Cuarón hizo una película personal, en la que cambió todo el imaginario impuesto por Colombus y supo crear una película con espíritu propio que respetaba el libro pero seguía su propio camino; y es en lo que han fallado el resto de películas a partir de él, esclavas de todo el trabajo que les precedió y obsesionadas con trasladar el libro punto por punto pero omitiendo, irónicamente, detalles de vital importancia, a la vez que eran incapaces de tener una personalidad propia fuerte.

Con Yates ocurre lo mismo: y es que no hay tiempo para dar personalidad ni para florituras de estilo; tienes que cumplir a rajatabla con el guión, porque estamos hablando del desenlace de una saga mítica y cualquier riesgo puede ser fatal para la taquilla, así que lo mejor es cumplir con tu tarea, y punto. Yates ha mejorado muchísimo en su técnica, desde una fría La Orden del Fénix hasta una por momentos emocionante y muy bien hecha Las Reliquias de la Muerte. Lo que no quiere decir que sea un director con personalidad, con un sello propio: cumple, es mucho más profesional de lo que fueron Colombus y Newell y sabe transmitir algo. Pero sigue siendo un director sin carisma. Por lo menos, la Warner apuesta sobre seguro: sobre un director que cumple holgadamente con esta titánica tarea y se sacude las manos al terminar. Aun así, es una adaptación que cae en los mismos errores del libro, y me da pena, porque era una oportunidad perdida para solventar momentos mal conseguidos en el libro como las frías muertes de Fred, Lupin y Tonks (que en papel son exactamente iguales a la película: Harry llega, los ve muertos y se marcha), la entrada de Ron en la Cámara de los Secretos (ridícula), el enrevesado asunto de la fidelidad de las varitas (del que se zafan burdamente en la película) o el reencuentro con Dumbledore (tópico puro).

¿Y qué más nos queda? Pues todo el aspecto técnico, en el que nignuna película de Potter ha decepcionado jamás y por el que ver cada película era una delicia, si quitábamos el guión. Y aquí se han superado. Tenemos, para empezar, una estupenda sorpresa en el soberbio corto animación de la Fábula de los Tres Hermanos. Aparte, una fotografía magnífica, que refuerza ese sentimiento de soledad y de paisajes desoladores; y a esto también ayudan las excelentes partituras de Alexandre Desplat, una inmejorable elección para poner fin musical a la saga de la mano de uno de los mejores compositores cinematográficos del panorama actual, que sin perder de vista las composiciones anteriores sabe crear unas joyas de bandas sonoras tremendamente emotivas y que ayudan enormemente a crear esa atmósfera. Y unos efectos especiales de enorme calidad, que son el complemento perfecto para toda la espectacularidad necesaria en la batalla final y que nos ofrecen planos que se graban en la retina (como ese de los mortífagos disparando al unísono contra la barrera protectora del castillo, o los tres amigos corriendo a través del patio entre muerte y destrucción). Punto y aparte, como siempre, para las actuaciones: con el trío protagonista, me decanto entre el notable y lo mediocre, sobre todo en el caso de Radcliffe, que por momentos me parece un soso de cuidado, otros un actor que parece que se va a morir en su esfuerzo de parecer angustiado, y otros un intérprete solvente y que se cree lo que está haciendo (Grint me gusta bastante, y Watson ha madurado mucho); Fiennes da vida, por fin, a un gran Voldemort, por fin un villano memorable (aunque el doblaje y esa ridícula risa malvada hacen que le pierda el respeto); Bonham Carter tan histriónica y temible como siempre, y el momento en el que interpreta a Hermione con Poción Multijugos es una muestra del talento de la actriz para parecer una chica de diecisiete años (cosa que los tres actores adultos de la escena del Ministerio no lograron, y acabaron por ser burdas caricaturas); y Gambom, Smith, Walters y todo el plantel de experimentados y míticos actores británicos están, como siempre, muy bien. Pero esta es la película de Alan Rickman, de Snape, el personaje más grande de la saga, el más olvidado y quien literalmente devora la pantalla en escenas tremendas como la que ya he mencionado de sus recuerdos, su impasibilidad ante el poder de Voldemort o su trágica muerte: Rickman está sencillamente colosal.

Harry Potter, en definitiva, y enlazando con el comienzo de la crítica, llega a su fin. Hemos tenido grandes sorpresas y grandes decepciones; hemos pasado de todo a lo largo de todo este tiempo. Pero lo hemos disfrutado. Y han podido fracasar estrepitosamente en este último capítulo, pero por suerte no lo han hecho. Diecinueve años después, los tres amigos han madurado y llevan a sus hijos al andén 9 y 3/4. Volvemos a encontrarnos con paisajes de nuestra infancia. Y es que han pasado diez años, y se dice pronto. La magia sigue ahí, escondida, viva. La música nos trae recuerdos, el escenario es tal y como lo recordábamos. Nada ha cambiado, todo va bien, hay oportunidad para los finales felices. Y aunque el maquillaje de envejecimiento sea terriblemente cutre, eso no cambiará el hecho de que Harry Potter, con sus más y sus menos, ocupará siempre un puesto privilegiado en los recuerdos de infancia y adolescencia de muchos de nosotros.

Suena cursi, lo sé, pero, ¿qué otra cosa puedo decir si ese desenlace me hizo recordar cuando, con nueve años, salí de esa misma sala del cine soñando que la magia era real y que en una pantalla de cine todo lo que leía era posible? Pues que ahí está la huella de este fenómeno, en el recuerdo: esa es la verdadera magia de Harry Potter.

 

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