Los tiempos han cambiado, pero siempre podemos mirar atrás.

Con solo un simple tráiler, unos cuantos detalles sueltos y la expectación formada en Internet durante un año, J. J. Abrams me tenía comprado ya de antemano para su nueva película: Super 8. Eso reafirma el enorme talento del productor-guionista-director para vender todo aquello que pasa por sus manos, ya sea una serie que se ha convertido en un fenómeno televisivo (Perdidos), un reinicio de una franquicia clásica (Star Trek), una convencional cinta de monstruos pero con un potencial de mercado enorme (Cloverfield), la resurrección de una saga muerta (Misión Imposible 3), o el caso que nos ocupa: un homenaje al cine con el que ha crecido. Cine en dos facetas: tanto las películas que deleitaban a niños y adultos por igual en los años 70 y principios de los 80 (cuando importaban las historias y había ganas de hacer grandes cosas), como los cortometrajes que esos niños realizaban con un enorme cariño hacia el placer de contar historias con una cámara, pocos medios y mucha ambición. Super 8 es el testimonio de Abrams, su autobiografía. No es perfecta, pero solo por sus intenciones merece la pena darle una oportunidad.

Ante todo, Spielberg, el productor de la película, es el centro del homenaje. Spielberg fue el máximo exponente de cine de entretenimiento de calidad, sentando bases que aún hoy en día influyen (pero que no se han conseguido ni imitar ni continuar, por desgracia) y conociendo perfectamente tanto los entresijos de la industria como el lenguaje cinematográfico. Pero Spielberg encontró su marca más característica en que él como ningún otro supo acercar el cine a los niños sin tratarlos como idiotas, simplemente convirtiéndoles en protagonistas de sus películas, tan fuertes que eclipsaban a los adultos y eran capaces de lograr grandes hazañas por sí mismos; en una época en la que el merchandising aún no había dominado el cine, pero ya empezaban a surgir las primeras películas de consumo y las sagas de culto, el cine de Spielberg se quedó grabado en la retina de muchos niños porque les hacía importantes, y aún lo sigue haciendo: rodó todas aquellas historias que él mismo hubiese querido ver de pequeño, cuando le entusiasmaban las películas de monstruos, aventureros y alienígenas. Spielberg es el niño grande de Hollywood, y por eso sabe perfectamente qué teclas tocar en el espectador para emocionarle y conectar con el niño que lleva dentro, que veía el cine como algo mucho más allá del simple entretenimiento.

A Abrams se le ha llamado "el Spielberg del siglo XXI". Y sí, se nota que Abrams no solo conoce también a la perfección los entresijos del márketing, sino también del cine; no solo como producto taquillero, sino como medio de llegar al espectador, de entregarles magia con la que viajen a lugares que solo existen en los sueños y disfruten de mundos que querrían que fuesen reales. Sabe cómo dirigir, domina el lenguaje técnico cinematográfico: ha bebido CINE (mayúsculas requeridas) desde que era un niño de teta. Cada plano de Super 8 está calculado, y hay algunos que tienen una fuerza argumental tremenda (atentos al que abre la película, por ejemplo). Super 8, así, es el homenaje impecable de un director que también disfrutaba del cine como algo más que una película: un mundo de sueños donde todo era posible, una experiencia, un puerta a la fantasía hecha realidad. Y, como hizo Spielberg en su día, Abrams se dedica a materializar las historias que él hubiese querido ver en pantalla, a las que han influido géneros como la ciencia-ficción, el terror o la aventura. Las comparaciones son Spielberg, por tanto, son odiosas, y tienen sentido.

Pero Abrams no es Spielberg. Mientras que este fue de los que inventó el márketing en el cine (junto con gente como su amigo George Lucas), Abrams ha nacido en una época en la que el cine es principalmente un negocio basado en la publicidad. Son dos épocas completamente distintas. Super 8 tiene su mayor valor (y su mayor punto negativo, también) en que nos demuestra cuánto han cambiado las cosas en estos años: que aún se pueden hacer buenas películas, que hay ganas y ambición en la industria y que aún hay quienes se interesan por contar historias; pero también que, en la actualidad, las normas del cine ya no son las que eran, y ahora prima el espectáculo y el artificio superficial, favorecido por brutales campañas de publicidad. Super 8 tiene una parte de película que bebe directamente de Spielberg y que es una joya, y otra que es de cosecha propia de Abrams y que, pese a ser buena, no termina de encajar con la otra historia, indudablemente superior; una es una preciosa historia sobre la infancia, y la otra es un entretenimiento más de los que vemos hoy en día, que está muy bien hecho, pero no termina de cuadrar.

Super 8 tiene personajes carismáticos apoyados en unos actores excelentes pese a su edad (olvidemos el doblaje): Joel Courtney es uno de esos chicos actores simpáticos que ya no se encuentran en el cine, y Elle Fanning está genial y hace con él una pareja estupenda y entrañable. Es una historia típica, con niños que tienen su propio mundo aparte, que pasan todo el tiempo posible juntos, que se divierten con cosas que a los adultos les parecen poca cosa, que empiezan a sentir algo por las chicas, que hablan por walkie y van en bici a todas partes; un grupo de amigos con estereotipos y cualidades propias que Abrams explica con claridad al comienzo de la película (algo necesario, pues llega un momento en el que esas habilidades se vuelven tremendamente importantes para la historia). Amistad pura por todas partes: niños que hablan de cosas sin importancia (salvo para ellos), que hacen tonterías, que son todos para uno. La compenetración entre Abrams y ellos es completa, están genialmente dirigidos.

Los guiños al cine de Spielberg son continuos: se puede decir que Super 8 es una eficaz mezcla entre el espíritu de Los Goonies y el de E.T., pero pasada por el tamiz del cine actual. Se respira durante buena parte de la película ese aroma clásico a las películas de la niñez, al cine de los 80 que hizo soñar a muchos. Es un reflejo de la infancia al estilo Spielberg: esto es, aventuras puras con niños que protagonizan situaciones que cualquiera a su edad querría vivir también. Todos los elementos del cine de Spielberg están aquí: los militares son tipos siniestros que guardan secretos, meten las narices donde no les llaman y ponen trabas a los protagonistas; los padres despegados de sus hijos; las tragedias familiares que marcan el desarrollo de la historia; barrios acogedores donde todos son como una familia... Y goza, para que este homenaje sea más redondo, de una muy buena ambientación. Y, sí, recae en el mismo exceso de moralina "manipuladora" (nótense las comillas) de Spielberg, pero sin llegar a la excelencia del maestro. Se nota que esta ha sido la película mimada de Abrams, en la que ha actuado como un auténtico niño rodeado de niños; eso sí, ahora Abrams es un niño grande, con medios suficientes como para hacer realidad esa historia de infancia también a lo grande; y no escatima en gastos, recursos ni espectacularidad. Incluso la muy buena Banda Sonora de Michael Giacchino bebe de John Williams. Esta parte de la película, sin duda, es una auténtica gozada.

Pero, por desgracia, le sobra el factor Abrams: le sobra pirotecnia, los homenajes a su cine están fuera de lugar (viendo la película, por momentos temí que Super 8 fuese una precuela encubierta de Cloverfield), y le falta emoción, que conectemos aún más con los personajes más allá del "sabemos que todo va a acabar bien"; y Super 8 tiene capacidad como para conseguir que nos quedemos clavados al asiento esperando un final feliz que, aunque es previsible, no quita que pueda emocionar, pero Abrams peca de frialdad, de lejanía con la historia y los personajes durante el tramo final, olvidando varias de las tramas en pos de un desenlace espectacular. Y eso es un fallo imperdonable. Cuando en Super 8 entra en escena el alienígena (es decir, el cine de Abrams), no solo la historia toma otros derroteros, sino que el propio lenguaje cinematográfico, la forma de rodar, se aleja por completo de la "influencia Spielberg" y cae por completo en las manos de Abrams "el manipulador de historias" (de su mente han salido Perdidos y Cloverfield; Abrams es único a la hora de encubrir y enrevesar hasta las historias más simples en beneficio de la publicidad). Esto no tiene que ser un problema, puesto que por muy homenaje que sea, Super 8 sigue siendo una película del 2011 dirigida a un público actual. El problema no está, por tanto, en que tengamos una segunda historia de simple entretenimiento, con acción exagerada a la orden del día: está en que ambas historias no terminan de conectar; y pueden hacerlo (¿por qué no van a conectar una historia de amigos con un alien que aterroriza a un pueblo?), pero Abrams no remata la faena.

Hay momentos muy buenos, muy emotivos con medios muy sencillos: frases, gestos, pequeñas acciones. Todos funcionan. Ahí, Super 8 es una gran película sobre la infancia y la amistad; la diferencia está en que se interpone un bicho, y ahí tenemos una película distinta. La historia tiene potencial para que ambas historias, la del alien y la de los niños, se mezclen, y para que la historia evolucione grancias a ello. Pero Super 8 no termina de conseguirlo, más allá de que ambas historias se unen para ofrecer suspense y espectacularidad. Dicho sin rodeos: el monstruo podría influir más en la evolución de los personajes, más allá de servir para conseguir una película de acción y unas cuantas escenas de acción/suspense espectaculares. Todo está muy bien escrito, eso sí, y todos los detalles están muy bien cuidados y convenientemente explicados: no se trata de que no funcione porque "no lo han explicado", sino porque esos detalles no terminan de cuajar. Es lógico que, por ejempo, Joe vaya a rescatar a Alice y necesitemos que sea un momento de suspense máximo, que también se aprovecha para que otros secundarios por fin encuentren su sitio en la película (el niño de los petardos); o que el padre de Joe vaya en busca de su hijo en cuanto sabe que está en peligro. Pero no es eso a lo que me refiero. Necesito que Abrams me diga "meto al extraterrestre porque le hace falta a la historia, porque hace que la relación del chico con su padre mejore, porque hace que el chico deje que el recuerdo de su madre muerta se vaya, porque hace que lo de los niños rodando el corto avance, porque hace que la relación entre el chico y la chica tenga sentido"; y no que esa sensación de "dos películas distintas" no desaparece.

Y se nota que Abrams quiere que haya cohesión entre las dos historias. Me quedo con un detalle del alienígena que demuestra que Abrams no le ha metido con calzador, sino que ha intentado darle un lugar en la historia principal, aunque luego haya fallado: se recalca la humanidad del bicho con algo tan sencillo como una mirada puramente humana. En el momento en el que Joe intenta convencerle de que no toda la humanidad es mala (momento "moralina alcanzando niveles diabéticos"), el monstruo abre sus párpados, y su gesto cambia mínimamente de ser un bicho aterrador a ser un alienígena con entendimiento cercano al humano. Esa mirada podría decir muchísimo más si yo como espectador hubiese conectado más con el alienígena; no sentir cariño por él (es un alienígena que devora hombres, por favor; no necesitamos un segundo E.T.), pero sí sentirlo como un personaje importante y poder ponerme en su lugar, ya sea para odiarle o compadecerme de él; Super 8, en ese sentido, se queda en un ambiguo punto medio. Precisamente, todo lo que Abrams construye falla justo en el final: hay muy buenas bases antes, ya que la trama del monstruo y los militares sí que comienza a ser fundamental en el rodaje del corto (raíz de la película, al fin y al cabo), en la relación de Joe con su padre y en el "hay algo más" entre Joe y Alice. Pero cuando el final debería ser el culmen de todas esas historias, la catarsis de todos los personajes y, por qué no, un clímax brutal y espectacular, Abrams tira por lo fácil, por la salida rápida, descuidando personajes y situaciones en un desenlace apresurado. Por eso, los minutos finales, que contienen mensajes con un potencial enorme que ponen punto y final a toda la película (el monstruo huyendo de la Tierra, los padres reconciliándose con los hijos, Joe dejando ir al recuerdo de su madre a través de una metáfora tan efectiva como manida como el colgante volando, Joe y Alice dándose de la mano), no emocionan como deberían, podrían haber sido más. Veo las intenciones de Abrams de crear un desenlace coherente con las tramas de la película, una especie de metáfora de que la presencia del monstruo ha servido para conseguir que los personajes evolucionen (una película, en sí, no es más que eso), pero de las intenciones al hecho hay un trecho que Abrams bordea sin conseguir aterrizar en él. Podría haber sido el clímax definitivo, que cerrase todas las tramas y cohesionase toda la película. Pero falla, porque en el tramo final Abrams se ha dejado llevar por algunas de sus manías personales; falla, porque el alienígena, que debería ser el catalizador de todas las tramas hacia su desenlace, no llega a conectar con la audiencia más allá de su papel de "amenaza latente", sin acercamiento emocional.

Aun así, Super 8 es, en definitiva, un sólido y eficaz entretenimiento. Le estoy metiendo mucha más caña de la que debería. Juega con la baza nostálgica para crear una película muy calculada en todos sus aspectos. Le falta para ser verdaderamente memorable, necesita un último empujón; necesita emocionar de verdad. El cine infantil de los 80 es insuperable e inimitable: esto no es más que un calco con el filtro de ahora (es decir, espectacularidad por un tubo, predominando en ocasiones sobre la historia), y no puede compararse con los originales. Pero es un homenaje que no solo funciona con esa condición, sino también como película. No es una película del todo infantil, aviso (el bicho es aterrador para un espectador niño). De modo que os recomiendo Super 8; como declaración de amor a un cine que ya no existe y a los sueños de la infancia de VIVIR historias fantásticas, y como uno de los entretenimientos más sólidos del verano. Además, es un paso adelante en la carrera de J. J. Abrams, al que auguro una evolución muy positiva si consigue dejar atrás su alma de vendedor y se centra más en la de narrador de historias. Super 8, afortunadamente, es un buen siguiente paso. Aunque a Abrams le falten todavía tablas para conseguir emocionar e involucrar por completo a los espectadores. Pero bienhallado sea.

TOTAL:

PD: Tener el Don't bring me down de la ELO en los créditos finales fue toda una gozada. Al igual que incluir el corto al final de la película: ahí está el verdadero espíritu de Super 8, que quedó diluido en el último tramo de película.