O "cómo me rendí definitivamente ante Mark Knopfler y Dire Straits".

La primera vez que escuché este temazo (para algo os enlazo la versión en directo del LP Alchemy; es infinitamente mejor que el ya de por sí clásico de estudio) no podía dar crédito a lo que estaba oyendo: disfruté todos y cada uno de sus casi once minutos de puro placer musical, un clímax que me dejó paralizado en la silla mientras que el tema seguía con más y más fuerza, sin darme un segundo de respiro. Y descubrí a uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos, capaz de ponerme los pelos de punta con esos maravillosos punteos que alcanzaban cotas imposibles. Aquello que estaba escuchando no podía ser real, pero por fortuna lo era.

Como solo puede conseguir la música: fascinarme, emocionarme, capturarme durante el tiempo que sea necesario con sonidos que no parecen de este mundo. Maravillarme.

Hoy, esa sensación ya no la puedo repetir. Lo que no quita que siga disfrutando como un enano del fabuloso virtuosismo de Knopfler.