¡Soy el único! ¡Soy el dios de la Venida del Reino! ¡DAME EL PREMIO!

Lo malo de la etiqueta "película de culto" es que en ella se agrupa fauna cinematográfica de toda clase: ahí entran películas incomprendidas que han necesitado de mucho tiempo para ser aceptadas, películas que a pesar de que envejecen terriblemente mal siguen estando bien consideradas por la nostalgia de unos cuantos, y películas cutres de Serie B (o menor categoría) que ya sea por su carisma o por lo malas que son se convierten en tema recurrente de cachondeo. Blade Runner entra en la primera categoría, Batman de Tim Burton en la segunda, y Plan 9 del Espacio Exterior o TRON en la tercera.

Si echamos un vistazo a las listas de películas de culto (hay cientos de ellas en la red), vemos cómo la mayoría de las películas que las forman pertenecen a dos décadas muy distintas: los años 50 y los años 80. Y me voy a centrar en los años 80: es la década maldita, de la que muchos reniegan pero a la que otros tantos quieren volver. Es parte de la infancia de muchísima gente, y los recuerdos de la infancia, reconozcámoslo, son muy fuertes, y nos hacen pensar que todo lo que vivimos en ella era insuperable: en una época en la que solo nos dedicamos a pasarlo bien, y en la que (y esto es lo más importante) aún podemos sorprendernos, el cine y la televisión son los medios más fuertes para impactarnos y formar unos recuerdos que no se podrán borrar y que condicionarán todo lo que veamos a continuación.

Y ahí los 80, ahora mismo, tienen muchísima fuerza. Da igual que muchísimos críticos afirmen que fue una década nefasta para el cine o la música, porque lo único que se buscaba era la comercialidad y el riesgo de la década de los 70 había desaparecido. Pero yo reivindico esa década, más que nada, porque aun así hubo talento. Jungla de cristal, Indiana Jones, Rambo, Regreso al futuro, Star Wars y otras muchas sagas tenían como objetivo conseguir una gran taquilla, pero detrás había gente con talento que de verdad quería hacer disfrutar al espectador con un trabajo bien hecho. Ahora mismo, la verdad, se ha perdido esa capacidad de impresionar, y el cine se ha vuelto algo mecánico y frío; pero entonces, bajo toda esa estética hortera y ls música electrónica había optimismo y diversión sin pretensiones, buenas historias y artesanos exprimiendo las posibilidades del cine para conseguir espectáculos palomiteros de calidad. Muchas veces digo que he nacido en la década equivocada, y que me hubiese encantado vivir (más bien sobrevivir) en los 80, el mito de los 80.

Bromas aparte, Los Inmortales entra en ese juego. Película de culto, más relacionada últimamente con subproductos de serie B pero que forma parte de la memoria de muchos a los que marcó de niños y que la han elevado a una categoría privilegiada. La pregunta es: ¿de verdad Los Inmortales es una película que merezca la pena, más allá de sus limitaciones, o estamos ante el enésimo caso de cinta cutre y sobrevalorada quién sabe por qué? ¿Aguanta un visionado hoy en día?

De modo que enfrentarse a esta película sin haberla vivido en su momento es algo muy peliagudo, lo reconozco. Los Inmortales me habría hecho 'flipar' muchísimo hace veinte años, pero ahora las cosas han cambiado, y sus fallos son muy evidentes (algunos también lo eran hasta en 1986).

Fallos como las peleas. Joder. Las peleas. Que podrán ser impactantes, sí, pero es que no aguantan ningún visionado crítico. Qué cosa más mala. Cabriolas, volteretas, florituras exageradas, chispas por todas partes, acero que es capaz de destrozar cualquier cosa, poses de guardia exageradas, golpes increíblemente falsos... Todo muy vistoso, sí... ¡pero también terriblemente cutre! También Russel Mulcahy. Director de la película y máximo responsable. E insuficiente con la cámara en mano. No es por la realización videoclipera, que a eso uno se acostumbra y pega en cierto modo con el ambiente de la película. Es por el montaje apresurado y mediocre, y porque no termina de dar la talla tras la cámara. Demuestra en varias ocasiones que sabe qué quiere contar (esa preciosa escena al son de "Who wants to live forever", o algunas impresionantes transiciones entre épocas), pero en general se deja llevar por efectismos sin venir a cuento (¿pero cuántos planos habrá de la mirada cabreada de Christopher Lambert?). Tampoco ayuda, dicho sea de paso, algunas horteradas en la estética de la película, que tiran por tierra todo rigor: esa excesiva obsesión por meter en la historia todo tipo de culturas y razas, dando como resultado a un espadachín de la corte española de Carlos I vestido con una capa de plumas de pavo real y armado con una katana, por ejemplo. En Los Inmortales cabe todo: a McLeod con gabardina y katana, a Kurgan vestido a la moda punk y empuñando ¡una espada montable!, o a un espadachín acróbata con un sable español. En una maniobra bastante pueril, como la película va de guerreros medievales al son de la música de Queen, pues todo vale, y se flipa demasiado: escenas de éxtasis cuando muere un inmortal, poses exageradas y chulescas, chispas durante las batallas, destrucción masiva (¡si es que no queda ni un decorado en pie!), todas las épocas posibles, paisajes espectaculares, rayos y luces por todas partes, frases rimbombantes... Porque sí. Porque mola.

Pero es que mola, y mucho. Aunque sea algo exagerado. Aunque la historia sea una excusa vaga para meternos un cóctel hipertrofiado de fuegos artificiales y todo tipo de influencias sin sutileza alguna, y encima ligeramente pretencioso (como si fuese la historia épica medieval a través del tiempo definitiva). A pesar de todo ello, Los Inmortales sí que merece ser una película de culto.

Porque tiene una historia de base increíble. Guerreros inmortales que están destinados a luchar entre sí a través de los siglos hasta que solo quede uno. Y no hace falta más. No hay que comerse la cabeza buscando razones, porque no son necesarias. Y la premisa funciona: tiene muchísima fuerza como para crear una historia épica. Porque la película aprovecha muchas de las opciones que abre semejante base: el héroe que descubre su condición de inmortal, el entrenamiento a manos de la figura típica de maestro paternal, el rechazo a lo diferente, la historia de amor a través de los años imposible por culpa de la vejez, el verse destinado a luchar sin poderse oponer, la preparación para una batalla final que llegará inevitablemente, el enemigo que representa todo lo contrario a ti y que es más poderoso que tú...

La premisa de Los Inmortales da para una mitología impresionante. Las posteriores secuelas y series de televisión han acabado hundiéndola, convirtiéndola en material friki marginado o en carnaza de serie B. Pero si nos quedamos con la primera película, el resultado merece mucho. Porque no sabemos quiénes son los inmortales, pero sí que hay fuerzas que los controlan, como si fuese un juego cósmico en el que son simples piezas. Y esa mitología se hace más y más grande, pudiendo abarcar infinidad de épocas y culturas. A fin de cuentas, esa extraña amalgama en la que "todo vale" tiene sentido, y hace más interesante la historia. Una historia típica de héroes contra villanos, pero con un añadido como es el de la inmortalidad que le añade un plus extra, con un potencial enorme que la película sabe aprovechar. Con matices: ese inmortal negro sobra, no es necesario que Kurgan secuestre a la chica cuando la batalla final se va a realizar sí o sí, que no me creo que dos inmortales vayan a ser amigos cuando saben que tienen que darse caza por instinto, que no se aprovechen del todo los espacios sagrados (que actúan como "tierra de nadie"), o que finalmente McLeod consiga poderes nuevos cuando ya no es necesario porque la película ha acabado, o que lo de que haya que detener a Kurgan porque si sobrevive la Tierra vivirá sumida en el caos eterno sea una excusa muy tópica. Pero, fuera de los matices, Los Inmortales sabe qué clase de premisa tiene entre manos, y la aprovecha muy bien. Es un universo que da para muchísimas historias más.

¿Que hay gente que se queja de su poco presupuesto? No es necesario demasiado si hay talento y ganas. Y talento tal vez faltó, pero no la intención. Con recursos cutres, todo hay que decirlo, Mulcahy monta una película que, en lo referente al aspecto, consigue entretener si desconectamos el cerebro y aceptamos todo lo que vemos sin quejarnos demasiado. A todo ayuda, hay que decirlo, la impagable estética de la película. Y sí, reconozco que me dejo llevar por mi gusto hacia los 80. Paso por alto sus fallos estéticos, sí. Pero estamos hablando de cine, de un asunto muy sujeto a los gustos de cada uno. Y a mí, que me encanta toda la estética ochentera, esta película me ha encantado en ese aspecto: en la iluminación azulada, en el vestuario, en los efectos especiales. Y, sobre todo, en dos cosas: en los impresionantes paisajes, que aumentan la épica de la historia aunque sea de una manera algo burda; y en la Banda Sonora de Queen, que es toda una gozada a lo largo de las dos horas de película.

Así que Christopher Lambert puede ser un cara de palo y Russel Mulcahy un inexperto dirigiendo; en la estética habrá envejecido muchísimo; la historia podría haberse aprovechado algo más; y la película podría haberse ahorrado muchas fantasmadas. Pero Los Inmortales, detrás de todos esos fallos, esconde algo que no todos ven, en mi opinión: una entretenidísima película de aventuras, tal vez demasiado grande para lo que se podía conseguir con pocos medios, pero ahí reside su ventaja. Tiene, de fondo, una historia verdaderamente buena. Y al ritmo del Queen más desfasado y cargado de sonidos electrónicos. No engaña a nadie: quien espere ver una película excelente, que busque en otra parte; quien quiera, por el contrario, una buena película de culto que hace honor a su título y con la que poder fliparse durante mucho tiempo, es bienvenido. Sus fallos ahí están: el resto, cuestión de gustos.

 

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