
Primera vez en cinco años en que no hago un seguimiento a los Oscar. Pero, sinceramente, ¿para qué?
No es solo cuestión de esta apatía que me ha llevado a dejar abandonado el blog, mezcla tanto de no disponer de tiempo como de no tener ganas ni inspiración para escribir. Los artículos se me acumulan, pero no me apetece ponerme con ellos a regañadientes, obligándome a terminarlos.
Esa es la base. La realidad es que los Oscar no tienen ningún mérito; no, cuando uno que esté lo suficientemente puesto en la actualidad cinematográfica puede predecirlos con una probabilidad del 90%; o puede que incluso más.
Porque vamos a dejarlo claro: los Oscar no premian lo mejor del año; premian lo que unos académicos con una media de edad de 62 años (ojo al dato) consideran que es lo mejor entre lo que las productoras les han vendido durante el último trimestre.
Lo cual es descorazonador, si lo miramos friamente.
Los Oscar no son sino un gran escaparate. Las productoras ponen su capital en películas hechas por y para la temporada de premios que arranca al terminar el verano: a veces surgen sorpresas, películas en las que no confiaban y que, por una especie de milagro, logran el beneplácito crítico y taquillero; otras veces, los fracasos son sonadísimos, y ni el mejor reparto de Hollywood puede salvar un fiasco.
De modo que tenemos a varias productoras que publicitan sus productos (pues no son más que eso) en numerosos festivales. Y ante las reacciones críticas comienzan a filtrar cuáles pueden ser las más jugosas para la gran fiesta final de la Academia, en febrero, y actúan en consecuencia, potenciando las campañas de promoción de las que consiguen buenas impresiones y condenando al ostracismo a las rechazadas.
Y a partir de ahí solo tenemos un gran entretenimiento que a los que estamos pegado a toda novedad cinematográfica nos tiene pegados a la pantalla durante casi seis meses. Los festivales y premios de la crítica se suceden, se postulan quiénes son los favoritos, y las películas se alzan o caen con enorme facilidad. Pisamos terreno resbaladizo y traicionero. Los premios de los críticos de cada ciudad, los festivales de cine independiente, los premios de los sindicatos, los Globos de Oro (auténtica pasarela de la frivolidad), los BAFTA... lo único que crean de cara a los Oscar es una probabilidad. Y los Oscar últimamente se construyen sobre esa probabilidad. ¿Emoción? Ninguna.
A los académicos les llegan con tiempo copias enviadas por las productoras pertinentes con las películas que quieren promocionar de cara a los premios. "For your consideration", las llaman. "Para su consideración". Y a partir de ellas, dichos académicos elaboran la lista de nominadas. Así que decidme, ¿cómo van los Oscar a representar lo mejor del año cuando los ganadores se eligen sobre una lista que los académicos han elaborado sobre las películas que una productora ha escogido (y, no olvidemos, les ha ofrecido con una etiqueta de "tenednos en cuenta") no por motivos de calidad sino de rendimiento publicitario?
Y no olvidemos la edad media de los académicos. 62 años. Se dice pronto. Eso solo nos lleva a conservadurismo puro, a miradas al pasado incomprensibles, a desconocimiento de la industria y los gustos actuales. Se trata de vivir en un Hollywood soñado que se aleja de lo que el público elige. No hace falta que os recuerde que el año pasado La red social fue la favorita de la crítica, pero la Academia eligió a la menos arriesgada El discurso del rey: y ninguna de las dos fue la que consiguió, paradójicamente, el aplauso unánime de la crítica en 2010 (¿alguien ha dicho Toy Story 3?). Un divorcio cada vez más fuerte entre la comodidad y el riesgo. Bien, el riesgo. ¿De verdad hace falta recordar que si una película apela al espíritu nostálgico o clasicista de los académicos se llevará todos los honores, y las productoras potenciarán a la mimada de turno por medio de brutales (y no exagero) campañas de publicidad? Existe el chiste de que si una película reúne los requisitos de "independiente / extranjera / discapacidad / biopic / segunda guerra mundial / potente reparto / buenas intenciones + (elemento que sirva para que la Academia aparente su progresismo)" será la gran triunfadora: bien, hagan repaso de las últimas vencedoras. No hace falta decir más.
Lo verdaderamente arriesgado y novedoso queda fuera de los circuitos de promoción porque las productoras saben que a los académicos no les va a interesar; y los académicos no prestan atención a las pocas películas arriesgadas que pasen al circuito del "For your consideration". Aunque una película soberbia tenga el apoyo crítico, si su productora no apuesta por ella de cara a los Oscar no tiene nada que hacer: este año, Shame, Drive y El topo se han quedado fuera por esa misma razón, pero hace unos tres años lo mismo le pasó a Moon: y de El topo hablan maravillas (y Goldman, uno de los mejores actores vivos, nominado por primera vez por este papel, ojo al dato, se ha ido de vacío a casa), pero Drive me pareció una apuesta diferente e hipnótica con un Ryan Gosling frío y estremecedor, y a Shame no le han valido de nada las alabanzas críticas (las malas lenguas hablan de boicot en la Academia por su temática sexual; en fin...). Podría poner más ejemplos. Pero después toca poner buena cara para aparentar aceptación de lo nuevo: y si toca premiar a una directora, o a un actor negro, o a un guión independiente, pues se premia; pero los premios importantes quedarán para la película "amable" del año.
Este año me alegro por los Oscar a Meryl Streep (un monstruo de la actuación, lo mire por donde lo mire), y sobre todo a Christopher Plummer (que ya era hora). Pero en el resto todo estaba ya repartido desde hacía ya un mes (aunque en Fotografía y Actriz me haya llevado una pequeña sorpresa; sí, aunque Meryl era la favorita, creí que a última hora cambiarían a Viola Davis). Y no es por hacerle el feo a The Artist: ya hablaré de ella, pero es una película muy agradable y que resulta una gozada en los aspectos visual y emocional. El problema está en que la Academia lleva ya mucho tiempo anquilosada en el "agradable" y el "bonito" como sinónimos de "digno de consideración". Y lleva así, ojo, décadas. Que se dice pronto. ¿O hace falta que recuerde que durante la corriente renovadora del cine norteamericano en los 70 se alejó de ella premiando a películas más agradables como Kramer contra Kramer o Rocky frente a Apocalypse Now o Taxi Driver, y que cuando por fin reaccionó y premió a El cazador ya era demasiado tarde y los ingenuos años 80 ya habían llegado?
El tiempo pone a cada película en su lugar, y los Oscar ya sabemos que no indican nada realmente. Pero ahí están. Y otro año más se han convertido en una divertida, aunque insustancial, apuesta por probabilidad. He acertado casi todas, por cierto; no es por echarme flores, pero es que cada año voy mejorando. Señal de que en estos premios todo, aunque no lo parezca, es terriblemente predecible. Aunque, claro está, debo de ser masoquista o algo por el estilo, porque cada año caigo de nuevo en la trampa y me dejo llevar por las apuestas, las quinielas y el desarrollo de los acontecimientos, llenando Twitter y otros medios de premoniciones personales. Luego es verdad que soy consciente de la enorme frivolidad de estos premios. Pero, aun así, ahí estoy, dándolo todo. El mundo está loco.


29 feb 2012 | 02:36 AM
Warren Keffer
Muy bien dicho. Hasta los huevos de la importancia que se le da a semejante chorrada sin objetividad ni intención de tenerla.
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